Tenemos la impresión de estar ya en un tiempo vacacional, cuando aún no nos hemos desprendido de la pandemia, sus miedos y contagios, su incertidumbre. Parece que volvemos a la anhelada “normalidad”, pero con la profunda huella que nos ha dejado todo este tiempo y sus circunstancias. Esto está bien mientras nos quede la conciencia de nuestra vulnerabilidad, y la convicción del valor de las relaciones humanas para no abandonar a nadie ni dispararnos por la senda del individualismo egoísta. El Papa Francisco nos recordaba, en la plaza de San Pedro vacía, el 25 de marzo, que “nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados”. Pero allí mismo marcaba la ruta de la esperanza a un mundo en tinieblas y herido.

Podemos decir que la verdad es el alimento del alma y que nada estará perdido mientras estemos buscando. Por todo ello tenemos que ponernos en relación entre nosotros en el contexto del mundo en el que vivimos porque el problema más grande que acecha nuestra fe es el modo en el que vivimos nuestra vida cristiana delante de los desafíos culturales y contemporáneos. Necesitamos abrirnos a la acción de Dios de modo que nuestro modo de vivir –también en verano— muestre la bondad y el acierto del evangelio y de la amistad con Jesús.

En la encíclica Fratelli tutti, Francisco ha trazado para la humanidad herida la ruta de la caridad vivida hasta las últimas consecuencias. Todos somos hermanos. Poco importa lo que haces, lo que importa es cuánto amas. El ejemplo del buen samaritano –un hombre de buena voluntad— amplía el campo desde la identidad cristiana, con visión de padre, para el mundo entero. Debemos, pues, hacernos caritativos, misericordiosos, hermanos por ser hijos de un Padre común. La pandemia nos ha mostrado la peligrosidad de otras epidemias y de otros virus, como el del individualismo, la droga y la soledad, pero nos ha abierto los ojos a los que sufren, a las situaciones de dolor, a tantas relaciones que no pasarían el test de la fraternidad. Cuando solo estamos centrados en nuestras necesidades y nos molesta quien sufre, es porque hemos enfermado de egoísmo.

Aprovechemos estos meses para rescatar la fraternidad que toca tierra, que aterriza, que relativiza los bienes y las comodidades porque se fija en los demás, porque considera al otro –en la familia, en el trabajo, en el ocio, en el trato con todas las personas—. La benevolencia, es decir, querer el bien del otro, y la solidaridad nos ponen al servicio de las personas.

Cuando nos ponemos al servicio de los demás y nos hacemos cargo de la fragilidad, la compasión es el lugar de encuentro entre nosotros y Dios. Así estaremos abiertos a la obra que el Señor quiere hacer en nuestra vida. También los aparentes fracasos y el sufrimiento –es decir, la Cruz— nos hacen participar de la obra redentora de Cristo. A través del diálogo podemos adentrarnos en la cultura del encuentro que es capaz de ver en el otro a un hermano, y nos aparta de la violencia y la agresividad.

Valoremos, pues, lo importante de la vida y aprovechemos la oportunidad para crecer en esperanza, en creatividad, en la alegría de la verdadera fiesta que vivimos cuando, llenos del Espíritu, estamos atentos a los que nos rodean con pequeños gestos y proponemos, con intensidad humana, nuestra experiencia de Dios.

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