Se nos presenta ahora, en estos meses estivales, un tiempo libre con nuevas oportunidades que no debemos dejar pasar, un tiempo para educar y expresar mejor nuestra libertad. Vacación no debe significar relajación, porque todo puede ser bueno para crecer en humanidad, y aún mejor si se trata de nuestra identidad cristiana o de nuestro posible testimonio de fe.

Después de tanto confinamiento como hemos vivido es importante descansar, dormir, comer, pasear, hacer ejercicio físico, jugar, porque lo agradece el cuerpo y el alma, y lo quiere Dios. Precisamente las vacaciones nos ofrecen más posibilidades aún de cuidarnos y de cuidar de los demás, de fortalecer las relaciones de afecto y amistad, la vida de familia y la relación más serena con Dios. El mejor descanso va unido al encuentro entre personas que nos proporciona seguridad y paz, y que activa el servicio. Y a la contemplación, unida muchas veces a la lectura, al paseo, a la excursión, y, ¡cómo no!, al silencio y la oración, dejando que el habitante de nuestro templo interior sea Dios, y no el propio ego. Hay que escuchar a Dios, porque nos jugamos la vida en la medida en que permanecemos fieles a Él y a su Palabra. En suma, se nos presenta la ocasión de ser más profundos, más íntegros y sinceros, manifestando nuestra esperanza, contagiando el gozo que viene de Dios, siendo agradecidos con tantos gestos de bondad como encontramos.

En este sentido a pocos debemos más que a nuestros abuelos, de los que recibimos tantos mimos y atenciones, que son un tesoro en la familia. El Papa Francisco, que acaba de instituir el día de los abuelos, ha dicho que “el Espíritu Santo sigue suscitando hoy pensamientos y palabras de sabiduría en los ancianos… Nos recuerdan que la vejez es un don y que los abuelos son el eslabón entre generaciones, para transmitir a los jóvenes la experiencia de la vida y la fe”.

Es posible, sin duda, transitar por este mundo secularizado haciendo el bien, y disponer de un corazón abierto para que entre Dios en nuestra vida. La fe cristiana tiene un fuerte poder salvador, una fuerza civilizadora capaz de potenciar la renovación espiritual de la sociedad en la medida que intenta ser coherente con la verdad que ha encontrado en el Señor. Ver a Jesús —que fue siempre fiel a su misión— nos dispone mejor a estar siempre abiertos a la obra que Dios quiere realizar en nuestra vida. Tu misión no ha terminado. Nuestra vida debe reflejar la propuesta de una vida vivida como servicio, que gusta del bien, que aspira siempre a crecer sin instalarse en el narcisismo egoísta que provoca la división y el enfrentamiento. Busquemos este verano lo que nos hace más buenos, más auténticos, lo que realmente vale la pena, sin desgastarnos en bobadas ni en victimismos; apartemos lo que nos hace daño o esclaviza, para invertir en lo que da fruto. Hemos de bajarnos a veces de esos tiovivos que nos alienan, que nos marean sin llevarnos a nuestro destino, esos modos de vida en los que damos vueltas y vueltas, pero que nos impiden avanzar.

La libertad que nos proporciona Cristo resucitado va unida a la responsabilidad, y también nos ayuda a aceptar circunstancias adversas, o lo que no nos gusta de nosotros, o de los demás. Es la Verdad lo que nos hace libres (cf. Jn 8, 31-32), una Verdad, por cierto, que hay que buscar y que se alcanza tras un seguimiento constante y apasionado del Señor. Él nos enseña a respetar, a comprender, a confiar, y a ayudar, pero también a dar gracias a Dios por la vida y la creación, por todas las pequeñas cosas que nos hacen disfrutar cada día y sonreír. Vivir dando gracias es llevar la eucaristía a la vida, ser agradecidos y aprender a bendecir. La celebración es, pues, esencial a la vida cristiana, y estrecha nuestros lazos. Celebrar la liturgia nos enseña a valorar más lo que tenemos, a gozar y a ofrecer, a recibir y a dar, abrazando toda la vida y a todo el mundo en la comunión que vivimos con Dios. El mejor descanso, la paz y la felicidad nos llega más cuando intentamos con humildad ser buenos y mejorar como personas.

Ojalá podamos, durante estos meses, disfrutar y descansar, creciendo en humanidad y en fraternidad, sin olvidar nunca a los que pasan necesidad, porque el prójimo está siempre a nuestro lado. Dejemos tiempo al diálogo, a cultivar la amistad, a descansar activamente, con imaginación, y que el verano sea un tiempo para crecer, cuidándonos para cuidar a los demás.

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