Evangelio diario

Sábado, IV semana de Cuaresma, 28 de marzo de 2020

Jn 7, 40-53

De San Francisco de Sales, Tratado del amor de Dios

Se vació de sí mismo para llenar con su divinidad, nuestra humanidad

«¿Acaso va a venir de Galilea el Cristo» (Jn 7,41)

«Jesús enseñaba en el Templo. De la muchedumbre, algunos que habían escuchado sus palabras decían: verdaderamente éste es el Profeta. Pero otros replicaban: ¿acaso el Mesías puede venir de Galilea?» Jn 7, 40-41 ¿Qué le faltó por hacer a este divino Amante en materia de amor?

Nos amó con un amor de complacencia, porque «sus delicias eran estar con los hijos de los hombres», y atraer al hombre hacia Sí, hasta hacer al hombre Dios.

Se unió a nosotros por una unión incomprensible, por la cual se adhirió y se estrechó con nuestra naturaleza tan fuertemente, indisolublemente, infinitamente, que nada ha habido más estrechamente junto y enlazado a la humanidad como lo está ahora la Santísima Divinidad en la Persona del Hijo de Dios. Se incrustó del todo en nosotros y por así decir, fundió su grandeza para poderla reducir a la forma y figura de nuestra pequeñez.

De ahí que se le llame fuente de agua viva y rocío del cielo, como si Él hubiera tenido un éxtasis, no sólo como dice San Dionisio, por el exceso de su amor, que le sacó en cierta manera fuera de sí al extender su Providencia sobre todas las cosas; sino también porque como dice San Pablo, se despojó de su grandeza, de su gloria, dejó el trono de su incomprensible Majestad y hay que expresarlo así, «se anonadó a Sí mismo» para llenar con su divinidad, nuestra humanidad, para colmarnos de su Bondad, para elevarnos a su dignidad y para darnos el llegar a ser hijos de Dios.

De San Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo, Libro II, capítulo 22, nn. 5-6

«Este es de verdad el profeta» (Jn 7,40)

El que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad.Porque le podría responder Dios de esta manera, diciendo: “Si te tengo ya habladas todas las cosas en mi Palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo yo ahora responder o revelar que sea más que eso? Pon los ojos sólo en él, porque en él te lo tengo todo dicho y revelado, y hallarás en él aún más de lo que pides y deseas. Porque tú pides locuciones y revelaciones en parte, y si pones en él los ojos, lo hallarás en todo; porque él es toda mi locución y respuesta y es toda mi visión y toda mi revelación. Lo cual os he ya hablado, respondido, manifestado y revelado, dándoosle por hermano, compañero y maestro, precio y premio. Porque desde aquel día que bajé con mi Espíritu sobre él en el monte Tabor, diciendo (Mt. 17, 5): Este es mi amado Hijo, en que me he complacido, a él oíd; ya alcé yo la mano de todas esas maneras de enseñanzas y respuestas y se la di a él. Oídle a él,porque yo no tengo más fe que revelar, ni más cosas que manifestar. Que, si antes hablaba, era prometiendo a Cristo; y si me preguntaban, eran las (preguntas) encaminadas a la petición y esperanza de Cristo, en que habían de hallar todo bien, como ahora lo da a entender toda la doctrina de los evangelistas y apóstoles. Mas ahora, el que me preguntase de aquella manera y quisiese que yo le hablase o algo le revelase, era en alguna manera pedirme otra vez a Cristo, y pedirme más fe, y ser falto en ella, que ya está dada en Cristo. Y así, haría mucho agravio a mi amado Hijo, porque no sólo en aquello le faltaría en la fe, mas le obligaba otra vez a encarnar y pasar por la vida y muerte primera. No hallarás qué pedirme ni qué desear de revelaciones o visiones de mi parte. Míralo tú bien, que ahí lo hallarás ya hecho y dado todo eso, y mucho más, en él.

Si quisieres que te respondiese yo alguna palabra de consuelo, mira a mi Hijo, sujeto a mí y sujetado por mi amor, y afligido, y verás cuántas te responde. Si quisieres que te declare yo algunas cosas ocultas o casos, pon solos los ojos en él, y hallarás ocultísimos misterios y sabiduría, y maravillas de Dios, que están encerradas en él, según mi Apóstol (Col. 2, 3) dice: En el cual Hijo de Dios están escondidos todos los tesoros de sabiduría y ciencia de Dios. Los cuales tesoros de sabiduría serán para ti muy más altos y sabrosos y provechosos que las cosas que tú querías saber. Que por eso se gloriaba el mismo Apóstol (1 Cor. 2, 2), diciendo: Que no había él dado a entender que sabía otra cosa, sino a Jesucristo, y a éste crucificado. Y si también quisieses otras visiones y revelaciones divinas o corporales, mírale a él también humanado, y hallarás en eso más que piensas; porque también dice el Apóstol (Col. 2, 9): In ipso habitat omnis plenitudo divinitatis corporaliter; que quiere decir: En Cristo mora corporalmente toda plenitud de divinidad”.

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