Evangelio del día

Viernes, Semana XXV de Tiempo Ordinario, 24 de Septiembre de 2021

Lucas  9, 18-22

18 Una vez que Jesús estaba orando solo, lo acompañaban sus discípulos y les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?». 19 Ellos contestaron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros dicen que ha resucitado uno de los antiguos profetas». 20 Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro respondió: «El Mesías de Dios». 21 Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie, 22 porque decía: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día».

DEL OBISPO:

Jesús muestra que la fuerza de Dios y su máximo poder, su ser Rey, Mesías, se manifiesta en el trono de la Cruz, que sabemos que es gloriosa. Nos hallamos frente al problema del mal, piedra de tropiezo. Jesús no se dedica a hacer filosofía sobre el sentido del dolor, sino que asume la muerte y la cruz, y nos da la clave para darnos cuenta de que efectivamente la vida humana ha quedado transformada por Dios cuando nosotros la vivimos con Él.

Benedicto XVI. Sacramentum Caritatis, 77: Jesucristo es una persona, no una convicción abstracta.

«Para vosotros ¿quién soy yo?» (Lc 9,20).

Hay que reconocer que uno de los efectos más graves de la secularización [de la sociedad] consiste en tener la fe cristiana relegada, al margen de la existencia, como si fuera inútil por lo que se refiere al desarrollo concreto de la vida de los hombres. El fracaso de la manera de vivir “como si Dios no existiera” está ahora a la vista de todos. Hoy es necesario redescubrir que Jesucristo no es una simple convicción privada o una doctrina abstracta, sino una persona real, cuya inserción en la historia es capaz de renovar la vida de todos.

Por esto la eucaristía, como fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia, se debe traducir en espiritualidad, en vida “según el Espíritu” (Rm 8,4; Gal 5,16.25). Y es significativo que san Pablo, en el pasaje de la carta a los Romanos en la que invita a vivir un nuevo culto espiritual, recuerde, al mismo tiempo, la necesidad de un cambio en la manera de vivir y de pensar: “No os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto” (12,2). De esta manera, el apóstol de los gentiles subraya la relación entre el verdadero culto espiritual (Rm 12,1) y la necesidad de una nueva manera de percibir la existencia y de conducirse en la vida. Renovar su manera de pensar es parte integrante de la forma eucarística de la vida cristiana “para que ya no seamos niños sacudidos por las olas y llevados al retortero de todo viento de doctrina” (Ef 4,14).

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