Evangelio del día

Lunes, Semana XXXIV de Tiempo Ordinario, 23 de noviembre 2020

Lc 21, 1-4

1 Alzando los ojos, vio a unos ricos que echaban donativos en el tesoro del templo; 2 vio también una viuda pobre que echaba dos monedillas, 3 y dijo: «En verdad os digo que esa pobre viuda ha echado más que todos, 4 porque todos esos han contribuido a los donativos con lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».

DEL OBISPO:

La viuda echó de limosna todo lo que tenía para vivir. La generosidad del pobre se convierte en un ejemplo de amor confianza en Dios para nosotros. Perder la vida por Dios, llegando a dar hasta lo que a uno le falta, trae más plenitud que cualquier riqueza, materia o inmaterial. La única medicina para el desconcierto, el desasosiego, el desánimo o el desencanto que muchas veces hiere y llena de miseria al corazón humano es Jesucristo. Cristo Jesús es la esperanza de toda persona porque da la vida eterna, en Él está la plena felicidad y se colma toda esperanza. Él es la palabra de vida venida al mundo para que los hombres tengamos vida en abundancia. Jesucristo, el Hijo de María, nos ha traído todo el infinito amor de Dios, que “hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, liberta a los cautivos, abre los ojos al ciego, endereza a los que ya se doblan, ama a los justos, sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados” (Sal 145).

San Francisco de Sales. Tratado del Amor de Dios

Así como en el tesoro del Templo apreciaron las dos monedas de la pobre viuda y, en efecto, moneda a moneda es como van aumentando los tesoros y aumentando su valor, así las menores obras buenas, incluso hechas con desgana y no según toda la fuerza que da la caridad de cada uno, tampoco dejan de ser agradables a Dios y de tener su valor ante Él.

Pues si bien de por sí mismas no pueden hacer aumentar el amor precedente, pues tienen menos vigor que él, la Providencia divina, por su bondad, tiene en cuenta y valora todo, y las recompensa enseguida por un crecimiento de la caridad, ya en el presente, y por un aumento de gloria en el cielo para el futuro.

El corazón enamorado ha de tratar de hacer sus obras con todo fervor y mucho interés, a fin de aumentar así su caridad, pero si sus obras son pequeñas tampoco perderá la recompensa, pues también le agradan a Dios y por ellas también Dios le amará cada vez un poco más, al que las hace.

Así es el amor que Dios tiene a nuestras almas y el deseo que tiene de que crezcamos en el amor que nosotros le debemos; su divina suavidad nos convierte todo en bien, todo lo transforma en ventaja para nosotros; dispone que todas nuestras tareas sean en provecho nuestro, por pequeñas y humildes que sean.

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