Evangelio del día

Viernes, Semana XXV del Tiempo Ordinario, 23 de septiembre de 2022

Lc 9, 18-22

8 Una vez que Jesús estaba orando solo, lo acompañaban sus discípulos y les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?». 19 Ellos contestaron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros dicen que ha resucitado uno de los antiguos profetas». 20 Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Pedro respondió: «El Mesías de Dios».
21 Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie, 22 porque decía: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día».

Del Obispo

«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día». Como veis, nosotros, a pesar tener la cruz como signo que llevamos incluso encima, en nuestro cuello, nuestro Rosario, en el bolsillo, teniendo las claves de la vida cristiana y conociendo al Señor, nos sigue costando aceptar la cruz, nos rebelamos, no sabemos ser dóciles, hay algo dentro de nosotros que se resiste. La Cruz es la piedra de tropiezo donde se estrellan los hombres, antes que el evangelio: ¿Cómo creer en este Dios que permite el sufrimiento? Jesús no ha querido dar respuestas filosóficas sobre el valor del sacrificio. Sencillamente siendo Dios, porque siendo Dios se puede entender el valor de nuestro sacrificio unido al suyo, Jesús acepta la Cruz para llegar a la Resurrección. Desde ese momento es compañero de camino nuestro que va por delante de nosotros enseñándonos a vivir, a sufrir, a morir, pero sobre todo a resucitar. Nos enseña, como tantas veces repetirá San Pablo, la centralidad del conocimiento de Cristo, que es, más que teoría, relación e identificación con su pasión, muerte y Resurrección para ser capaces de dar nosotros mismos la propia vida. Nuestra trayectoria en la vida ha de ser escucharle hasta empaparnos de sus sentimientos para vivir con Él, sufrir con Él, resucitar con Él y dar la vida con Él. Como siempre, un texto para meditar, en el día que recordamos al Padre Pío…..

San Pío de Pieltrecina (Del oficio de Lecturas de su Memoria).

Mediante asiduos golpes de cincel salutífero y cuidadoso despojo, el divino Artífice busca preparar piedras para construir un edificio eterno, como nuestra madre, la santa Iglesia Católica, llena de ternura, canta en el himno del oficio de la dedicación de una iglesia. Y así es en verdad.

Toda alma destinada a la gloria eterna puede ser considerada una piedra constituida para levantar un edificio eterno. Al constructor que busca erigir una edificación le conviene ante todo pulir lo mejor posible las piedras que va a utilizar en la construcción. Lo consigue con el martillo y el cincel. Del mismo modo el Padre celeste actúa con las almas elegidas que, desde toda la eternidad, con suma sabiduría y providencia, han sido destinadas para la erección de un edificio eterno. El alma, si quiere reinar con Cristo en la gloria eterna, ha de ser pulida con golpes de martillo y cincel, que el Artífice divino usa para preparar las piedras, es decir, las almas elegidas. ¿Cuáles son estos golpes de martillo y cincel? Hermana mía, las oscuridades, los miedos, las tentaciones, las tristezas del espíritu y los miedos espirituales, que tienen un cierto olor a enfermedad, y las molestias del cuerpo.

Dad gracias a la infinita piedad del Padre eterno que, de esta manera, conduce vuestra alma a la salvación. ¿Por qué no gloriarse de estas circunstancias benévolas del mejor de todos los padres? Abrid el corazón al médico celeste de las almas y, llenos de confianza, entregaos a sus santísimos brazos: como a los elegidos, os conduce a seguir de cerca a Jesús en el monte Calvario. Con alegría y emoción observo cómo actúa la gracia en vosotros.

No olvidéis que el Señor ha dispuesto todas las cosas que arrastran vuestras almas. No tengáis miedo a precipitaros en el mal o en la afrenta de Dios. Que os baste saber que en toda vuestra vida nunca habéis ofendido al Señor que, por el contrario, ha sido honrado más y más.

Si este benevolentísimo Esposo de vuestra alma se oculta, lo hace no porque quiera vengarse de vuestra maldad, tal como pensáis, sino porque pone a prueba todavía más vuestra fidelidad y constancia y, además, os cura de algunas enfermedades que no son consideradas tales por los ojos carnales, es decir, aquellas enfermedades y culpas de las que ni siquiera el justo está inmune. En efecto, dice la Escritura: «Siete veces cae el justo».

Creedme que, si no os viera tan afligidos, me alegraría menos, porque entendería que el Señor os quiere dar menos piedras preciosas… Expulsad, como tentaciones, las dudas que os asaltan… Expulsad también las dudas que afectan a vuestra forma de vida, es decir, que no escucháis los llamamientos divinos y que os resistís a las dulces invitaciones del Esposo. Todas esas cosas no proceden del buen espíritu sino del malo. Se trata de diabólicas artes que intentan apartaros de la perfección o, al menos, entorpecer el camino hacia ella. ¡No abatáis el ánimo!

Cuando Jesús se manifieste, dadle gracias; si se oculta, dadle gracias: todas las cosas son delicadezas de su amor. Os deseo que entreguéis el espíritu con Jesús en la cruz: «Todo está cumplido».

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Palabras por el fallecimiento de D. Antonio Ceballos Atienza, Obispo Emérito.