Evangelio del día

Miércoles, Semana XXV de Tiempo Ordinario, 23 septiembre 2020

Lc 9,1-6

1 Habiendo convocado Jesús a los Doce, les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades. 2 Luego los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos, 3 diciéndoles: «No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco tengáis dos túnicas cada uno. 4 Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. 5 Y si algunos no os reciben, al salir de aquel pueblo sacudíos el polvo de vuestros pies, como testimonio contra ellos». 6 Se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes.

DEL OBISPO:

“En toda circunstancia intensifiquemos nuestra relación con Dios para que se fortalezca nuestra fe y se manifieste en el testimonio de la caridad. La oración nos da fortaleza, nos hace intercesores preocupados por los demás, más responsables. Pero nos une a la fuente de la Vida que nos llena de esperanza para transmitirla como canales para llegar a todos.” De CARTA PASTORAL 2020-2021: Tiempo de gracia y misericordia

Papa Francisco. “Evangelii Gaudium” n. 181-183.

«Jesús les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades» (Lc 9,2).

El mandato [de Cristo] es: «Id por todo el mundo, anunciad la Buena Noticia a toda la creación» (Mc 16,15), porque «toda la creación espera ansiosamente esta revelación de los hijos de Dios» (Rm 8,19). Toda la creación quiere decir también todos los aspectos de la vida humana […]. Las enseñanzas de la Iglesia sobre situaciones contingentes están sujetas a mayores o nuevos desarrollos y pueden ser objeto de discusión, pero no podemos evitar ser concretos […]. Los Pastores, acogiendo los aportes de las distintas ciencias, tienen derecho a emitir opiniones sobre todo aquello que afecte a la vida de las personas, ya que la tarea evangelizadora implica y exige una promoción integral de cada ser humano.

Ya no se puede decir que la religión debe recluirse en el ámbito privado y que está sólo para preparar las almas para el cielo. Sabemos que Dios quiere la felicidad de sus hijos también en esta tierra, aunque estén llamados a la plenitud eterna, porque Él creó todas las cosas «para que las disfrutemos» (1 Tm 6,17), para que todos puedan disfrutarlas. De ahí que la conversión cristiana exija revisar «especialmente todo lo que pertenece al orden social y a la obtención del bien común» (S. Juan Pablo II).

Por consiguiente, nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos. ¿Quién pretendería encerrar en un templo y acallar el mensaje de san Francisco de Asís y de la beata Teresa de Calcuta? Ellos no podrían aceptarlo. Una auténtica fe —que nunca es cómoda e individualista— siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra.

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MI CARTA PASTORAL 2020-2021: Tiempo de gracia y misericordia

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