Evangelio del día

Lunes, Semana III de Tiempo Ordinario, 24 de enero de 2022

Mc 3, 22-30

22 Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: «Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios». 23 Él los invitó a acercarse y les hablaba en parábolas: «¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? 24 Un reino dividido internamente no puede subsistir; 25 una familia dividida no puede subsistir. 26 Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. 27 Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa. 28 En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; 29 pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre». 30 Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.

Del Obispo

Jesús nos habla de su propia misión: Él vence a Satanás, al «hombre forzudo» de la parábola, haciéndose con su «ajuar», que son los hijos de Dios esclavizados por el poder del mal. Sin confiamos en Él, estaremos con Él, a través de la vida de oración, y en nuestra debilidad, podemos esperarlo todo de Él. «Si Dios está con nosotros, ¿Quién estará contra nosotros?» (Rm 8, 31). Celebramos la memoria de San Francisco de Sales, que en este texto nos habla de la esperanza en medio de nuestra debilidad.

San Francisco de Sales

No hace falta que entremos en dudas sobre si estamos en estado de confiarnos a Dios cuando sentimos dificultades para guardarnos del pecado, ni cuando nos entra la desconfianza o el miedo de no poder resistir en las ocasiones y tentaciones. ¡Oh no! porque la desconfianza en nuestras propias fuerzas no es falta de resolución, sino un reconocimiento de nuestra miseria.

Es mejor sentimiento el de desconfiar de poder resistir las tentaciones que el de estar seguro y sentirse fuerte, siempre que no se espere nada de las propias fuerzas sino de la gracia de Dios; tan es así, que muchos, entre grandes consolaciones, se prometían hacer maravillas por Dios, al llegar la ocasión fallaron.

Y muchos que han desconfiado mucho de sus fuerzas y han sentido gran temor de no resistir la tentación, han hecho maravillas, porque el sentimiento de su debilidad les empujó a buscar la ayuda y el auxilio de Dios, a velar, orar y humillarse para no caer en tentación.

Tengo que añadir que aunque no sintamos fuerza ni valor alguno para resistir la tentación si ahora se nos presentara, siempre que esperemos en que si llegase, Dios nos ayudaría y nosotros recurriríamos a Él, no debemos entristecernos ya que no es necesario sentir siempre fuerza y valor; nos basta con esperar y desear tenerlo a su debido tiempo.

Tampoco es necesario sentir señal alguna de que se tendrá ese valor; basta con esperar que Dios nos ayudará.

Así que, puesto que deseáis ser todo de Dios, ¿por qué temer vuestra debilidad, en la cual está claro que no debéis ni podéis apoyaros?

¿Es que no esperáis en Dios? Y quien espera en Él, ¿va a ser confundido? No, no lo será jamás.

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