Evangelio del día

Lunes, Semana XV del Tiempo Ordinario, 13 de julio de 2020

Mt 10, 34- 11, 1

34 No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz, sino espada. 35 He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; 36 los enemigos de cada uno serán los de su propia casa. 37 El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; 38 y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. 39 El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. 40 El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; 41 el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.
42 El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».
1 Cuando Jesús acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.

DEL OBISPO:

¿No convenía que Cristo sufriera para entrar en su gloria?”, dirá Jesús más tarde a los discípulos de Emaús. Nuestra salvación pasa por participar en la Cruz de Cristo. Solamente a su luz conocemos nuestros pecados y el regalo de la salvación. Se nos ofrece hacerla nuestra en las pruebas más duras abandonándonos al designio de Dios: “Si el grano de trigo no muere, queda solo, pero, si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24). Vencer el mal con la fuerza del amor de Cristo es el combate espiritual que el cristiano debe hacer a lo largo de su vida, la lucha contra las pasiones y las tentaciones. Y la lucha por entregarnos haciendo siempre su voluntad, con generosidad total.  Por esto San Agustín pedía: “Dame lo que tu me mandes, y mándame lo que tu quieras” (Confesiones, Libro X, XXIX).

Cf. Mons Zornoza. Mirad el árbol de la Cruz

San Ambrosio de Milán. Sobre los Salmos

«El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 10,39)

Como hay muchas clases de persecución, así también hay muchas clases de martirio. Cada día eres testigo de Cristo.

Te tienta el espíritu de fornicación, pero, movido por el temor del futuro juicio de Cristo, conservas incontaminada la castidad de la mente y del cuerpo: eres mártir de Cristo. Te tienta el espíritu de avaricia y te impele a apoderarte de los bienes del más débil o a violar los derechos de una viuda indefensa, mas, por la contemplación de los preceptos celestiales, juzgas preferible dar ayuda que inferir injuria: eres testigo de Cristo. Tales son los testigos que quiere Cristo, según está escrito: Defended al huérfano, proteged a la viuda; entonces, venid, y litigaremos —dice el Señor—. Te tienta el espíritu de soberbia, pero, viendo al pobre y al desvalido, te compadeces de ellos, prefiriendo la humildad a la arrogancia: eres testigo de Cristo. Has dado el testimonio no sólo de tus palabras, sino de tus obras, que es lo que más cuenta.

¿Cuál es el testigo más fidedigno sino el que confiesa a Jesucristo venido en carne, y guarda los preceptos evangélicos. Porque el que escucha pero no pone por obra niega a Cristo; aunque lo confiese de palabra, lo niega con sus obras. Muchos serán los que dirán: Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre, y en tu nombre echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros? Y a éstos les responderá el Señor en aquel día: Alejaos de mi; malvados. El verdadero testigo es el que con sus obras sale fiador de los preceptos del Señor Jesús.

¡Cuántos son los que practican cada día este martirio oculto y confiesan al Señor Jesús! También el Apóstol sabe de este martirio y de este testimonio fiel de Cristo, pues dice: Si de algo podemos preciarnos es del testimonio de nuestra conciencia. ¡Cuántos hay que niegan por dentro lo que confiesan por fuera! No os fiéis —dice la Escritura— de cualquier espíritu, sino que por sus frutos conoceréis de cuáles debéis fiaros. Por tanto, en las persecuciones interiores, sé fiel y valeroso, para que seas aprobado en aquellas persecuciones exteriores. También en las persecuciones interiores hay reyes y gobernantes, jueces terribles por su poder. Tienes un ejemplo de ello en la tentación que sufrió el Señor.

Y en otro lugar leemos: Que el pecado no siga dominando vuestro cuerpo mortal. Ya ves, oh hombre, cuáles son los reyes y gobernantes de pecado ante los cuales has de comparecer, si dejas que la culpa reine en ti. Cuantos sean los pecados y vicios, tantos son los reyes ante los cuales somos llevados y comparecemos. También estos reyes tienen establecido su tribunal en la mente de muchos. Pero el que confiesa a Cristo hace, al momento, que aquel rey se convierta en cautivo y lo arroja del trono de su mente. En efecto, ¿cómo podrá permanecer el tribunal del demonio en aquel en quien se levanta el tribunal de Cristo?

“Eres libre, porque la huella divina te indica el verdadero camino para tu libertad, lejos de los espejismos engañosos.”

“¡Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres!” (Flp 4,4)