Evangelio del día

Jueves, III Semana de Pascua, 22 de abril de 2021

Juan  6, 44-51

44 Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré en el último día. 45 Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. 46 No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre. 47 En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna.
48 Yo soy el pan de la vida. 49 Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; 50 este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. 51 Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».

DEL OBISPO:

¿Cómo no pensar hoy en el hambre que padece la sociedad? ¿No ha quedado al descubierto su miedo a la muerte, la pandemia de la soledad, la necesidad de respuestas, la falta de confianza en quien pueda sostener la existencia? En la Eucaristía nos responde el Señor porque Jesucristo es el único que puede dar respuesta a los grandes problemas de nuestro mundo, a la soledad y la angustia de tantos hermanos nuestros que han perdido la experiencia de Dios –pues ha desaparecido del horizonte de su vida diaria— que han olvidado a Dios. En el eclipse de Dios de la sociedad contemporánea o arrastrados por una cierta apostasía silenciosa –con abundancia de bienes o con carencia de ellos—muchos han regresado a la hambruna espiritual de la vida egoísta y desvinculada de afectos duraderos, al narcisismo y la autocomplacencia, al vacío de sentido y al hambre del corazón insatisfecho. No descansemos hasta que se reencuentren con Cristo y participen ellos también de la mesa cálida y familiar de la Iglesia. Con Jesús desaparece el miedo, el temor a los peligros del desierto y la angustia de las noches oscuras. El Señor prepara a los fieles, por medio de la fe, para vivir confiados, amados, con sentido, con alegría. Invitemos a todos a vivir la fe en esta mesa donde, alimentados por Dios, descansa el corazón y recobramos el sentido, la fraternidad y la paz. Este pan nos abre el camino a la plenitud, a la justicia, la libertad y la paz.

Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis, 70.

El Señor Jesús, que por nosotros se ha hecho alimento de verdad y de amor, hablando del don de su vida nos asegura que «quien coma de este pan vivirá para siempre» (Jn 6,51). Pero esta «vida eterna» se inicia en nosotros ya en este tiempo por el cambio que el don eucarístico realiza en nosotros: «El que me come vivirá por mí» (Jn 6,57). Estas palabras de Jesús nos permiten comprender cómo el misterio «creído» y «celebrado» contiene en sí un dinamismo que lo convierte en principio de vida nueva en nosotros y forma de la existencia cristiana. En efecto, comulgando el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo se nos hace partícipes de la vida divina de un modo cada vez más adulto y consciente. Análogamente a lo que san Agustín dice en las Confesiones sobre el Logos eterno, alimento del alma, poniendo de relieve su carácter paradójico, el santo Doctor imagina que se le dice: «Soy el manjar de los grandes: crece, y me comerás, sin que por eso me transforme en ti, como el alimento de tu carne; sino que tú te transformarás en mí». En efecto, no es el alimento eucarístico el que se transforma en nosotros, sino que somos nosotros los que gracias a él acabamos por ser cambiados misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a él; «nos atrae hacia sí».

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