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PALABRA DE DIOS: ESPEJO, FUEGO QUE QUEMA, ESPADA HIRIENTE

(M. Magrassi, Bibbia e preghiera, Milán 1980, pp. 154-157)

La Palabra es un espejo y una espada. En primer lugar, un espejo. ¿En qué sentido? En el sentido obvio de que la Palabra refleja nuestra imagen. Es el instrumento para realizar un diagnóstico despiadado de nuestra vida. Pone al desnudo nuestros pensamientos secretos y nos revela nuestro corazón. Junto al símbolo del espejo está el de la espada, que ratifica el primero. La imagen es de una rara eficacia. La Palabra debe herir: debe abrir una llaga, o sea, poner en crisis situaciones falsas, provocar un cambio de opinión, suscitar una metanoia. Una lectura en que la Palabra roce la epidermis del alma sin ni siquiera hacer un rasguño al pensamiento, al corazón, a la vida, es una lectura que se resuelve en un formalismo. Es una Palabra que procede de los abismos de la vida divina y quiere aferrar nuestra vida, llegando a las raíces profundas del ser: a la “médula”.

Los profetas han dicho esto mismo haciendo gala de un gran realismo: “Hijo del hombre, come este libro”. Esta manducación es el acto con el que queda sellada la vocación de Ezequiel (Ez 2). También Jeremías siente la Palabra “como un fuego devorador, encerrado en mis huesos” (Jr 20, 9); y allí se muestra como lava explosiva de volcán que se abre con una fuerza viva una vía de salida: “intentaba sofocarlo y no podía”. Una Palabra sufrida íntimamente, que va a traspasar el corazón de los otros, después de haber traspasado el mío: “Hablaré, sí, hablaré… para que la espada de la Palabra de Dios por medio de mí llegue a traspasar también el corazón del prójimo. Hablaré, pero oiré que la Palabra de Dios se dirige también contra mí”: son palabras de Gregorio Magno (Homilías sobre Ezequiel XI, 1, 5). De estas palabras se hace eco una novela moderna, en la que un sacerdote se dirige a un hermano en el sacerdocio de este modo: “La Palabra de Dios es un hierro al rojo vivo, y tú, que debes enseñarla a los otros, ¿quieres cogerla con las tenazas por miedo a que te queme? ¿No la cogerás más bien con las dos manos? (…). Quiero que cuando el Señor saque de mi interior en cualquier ocasión una palabra útil para las almas, pueda sentirla por el mal que me hace dentro” (G. Bernanos, Diario de un cura rural).

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