El Papa Francisco nos entregaFratelli Tutti, una encíclica social que es una llamada oportunísima a la sociedad para fraguar una fraternidad abierta y la propuesta de una forma de vida que consiste en amar. El amor no tiene fronteras, es capaz de superar toda distancia para amar al otro como hermano, aunque esté lejos. El Santo Padre, animado por las declaraciones de fraternidad de su pontificado y las llamadas que hizo en Abu Dabi y Rabat, convoca a todos los hombres religiosos y a los de buena voluntad al amor benevolente y samaritano. Desde la riqueza del Evangelio de Jesucristo, con una mirada “católica” –universal— tiende la mano al mundo entero. Nos convoca a dialogar y trabajar como auténticos mediadores de paz, como hizo anteriormente en Laudato si.

Inspirándose en San Francisco de Asís, el Papa invita al mundo a reaccionar con un nuevo sueño de fraternidad y amistad social, insistiendo vivamente en su dimensión universal, concretando con actualidad el valor del amor fraterno. Mientras las sombras del mundo actual hunden a la humanidad en confusión, soledad y vacío, hemos de reconocer y amar a cada persona con un amor sin fronteras que va su encuentro y es capaz de superar toda distancia, la tentación de disputas, imposiciones y sometimientos, y cualquier forma de eliminar o de ignorar a otros. Una vez que la pandemia del COVID-19 deja al descubierto nuestras falsas seguridades y pone de manifiesto nuestra fragmentación e incapacidad de actuar conjuntamente, el Santo Padre anhela que podamos unirnos en un deseo mundial de hermandad reconociendo la dignidad de cada persona humana.

Desvanecidos los sueños de una Europa unida y de la integración latinoamericana, cuando surgen nacionalismos cerrados, crece el egoísmo y la pérdida de sentido social, se va imponiendo una cultura que unifica al mundo en cierto sentido, pero divide a las personas y a las naciones, y les reduce a consumidores y espectadores. La sociedad globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos, y estamos más solos que nunca. La conciencia histórica se hunde en las sombras, la libertad humana pretende construir todo desde cero, se nos induce al individualismo y a consumir ilimitadamente. Nos acechan nuevas formas de colonización cultural que enajenan las tradiciones hasta arrebatarles el alma, su fisonomía espiritual y su consistencia moral, y se manipulan y vacían de contenido los grandes valores, como la democracia, libertad, justicia y unidad. La política se convierte entonces en ​marketing que exaspera y polariza la sociedad negando el derecho a existir y opinar, sembrando los pueblos de desesperanza y desconfianza. En este mundo sombrío y cerrado prevalece la cultura del descarte que desecha a quienes son considerados inútiles o improductivos.

Francisco denuncia la desigualdad de derechos y las terribles formas de esclavitud que siguen vigentes, los conflictos y miedos que nos hacen vivir una “tercera guerra mundial en etapas”, sin horizontes que nos congreguen. Con el deterioro de la ética y el debilitamiento de los valores espirituales y del sentido de responsabilidad, crece la sensación de frustración, soledad y desesperación. En las tragedias de los migrantes se manifiesta claramente una penosa ausencia de humanidad.

Dios, sin embargo, sigue derramando en el mundo semillas de bien que son motivo de confianza. El Papa nos llama por ello a la esperanza, pero recordándonos que el bien, el amor, la justicia y la solidaridad no se alcanzan de una vez para siempre, sino que deben conquistarse cada día. Hemos de ser ciudadanos de cada país y del mundo entero haciéndonos prójimo de todos, especialmente de los que más sufren. Meditando la parábola del buen samaritano, cuya luz permea toda la encíclica, denuncia nuestras posibles actitudes y nos orienta a crear una cultura en la que cuidemos unos de otros, porque tenemos un mismo Creador y Jesús nos invita al amor que nos hermana a todos con un nuevo vínculo social. Nadie se salva solo, únicamente es posible salvarse juntos.

La igualdad de los hombres como hijos de Dios es la fuente de la irrenunciable dignidad de todo ser humano. No es posible, pues, ignorar a los heridos ni la fragilidad de los vulnerables. Todo ser humano es valioso y tiene el derecho a vivir con dignidad y a desarrollarse íntegramente. La “amistad social” –un amor que se extiende más allá de las fronteras— es la condición necesaria para esta apertura universal. Solidaridad es también luchar contra las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, de tierra y de vivienda, la negación de derechos sociales y laborales. Nadie debe quedar excluido. El desarrollo tiene que asegurar los derechos humanos, personales y sociales, económicos y políticos, incluidos los derechos de las naciones y los pueblos.

Un capítulo entero está dedicado a los políticos y a la buena política, pretendiendo rehabilitarla como una de las formas más preciosas de la caridad que busca el bien común, si se vive con ternura, con un amor concreto y cercano, y diálogo social. El Papa afirma que solo tendremos paz duradera si vivimos una ética global de solidaridad y cooperación al servicio de la familia humana. Solamente una cultura social y política que incorpore la acogida y la gratuidad tiene futuro. Se han de buscar, pues, caminos de reencuentro y una reconciliación que supere los conflictos y todo tipo de violencia, incluida, sobre todo, la guerra. Francisco reclama también la libertad religiosa donde hay persecución por vivir la fe, y la unidad dentro de la misma Iglesia para vivir en comunión.

El Papa Francisco marca con esta encíclica un nuevo hito en la Doctrina Social de la Iglesia reclamando un orden social y político cuya alma sea la caridad social. Ante los heridos por las sombras de un mundo cerrado que yacen al lado del camino nos pide hacer nuestro y promover el deseo mundial de fraternidad que parte de reconocer que somos ​Fratelli Tutti, hermanas y hermanos todos. ¿Seremos capaces de reaccionar?

«Fratelli Tutti», la nueva encíclica del Papa Francisco

#EvangelioDelDía comentado

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