¿Cómo estoy dispuesto a entrar en la Navidad?


“Qué tengo yo que mi amistad procuras. 
Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de nieve
pasas las noches del invierno obscuras.
¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras, pues no te abrí!”.

Son los versos del famoso poeta español, Lope de Vega, describiendo el asombro por tanto amor de Dios, en contraste con la frialdad de nuestro corazón. ¿Como estoy dispuesto a entrar en la Navidad? Dios ha querido hacerse hombre para ver si era capaz de conmovernos el corazón y así poder entrar en nuestra vida. Cristo toca el corazón de todos los hombres para que seamos capaces de abrirle, de escucharle, de amarle. Pero Cristo sólo entra cuando nosotros se lo permitimos. Se trata de algo tan sencillo como abrir una puerta, pero tan comprometedor como dejar que entre el que está llamando, que es, nada menos, que el mismo Dios. Tan sencillo como decir: “te amo”, pero tan comprometedor como decirlo de corazón. Es tan simple como encender un fuego pero tan grave como dejar que arda.

En el Adviento se trata de quitar lo que pueda disputarle al Señor la posesión de nuestra persona; se trata de romper cualquier caparazón que nos cierre, que impida que actúe el Señor en nuestra alma. Que se ablande con la lluvia de la gracia. Intensifiquemos estos días la penitencia sacramental, la oración, la eucaristía y las buenas obras ofrecidas, que colaboran con su presencia activa, y veremos que alguien nace, porque ya viene, ya está cerca, y con Él nuestra liberación. 

Ayudar a Cáritas sigue siendo “crucial para muchas familias de nuestra Diócesis”

A todos los fieles diocesanos, sobre la urgente ayuda a los desfavorecidos a través de Cáritas

Querida comunidad diocesana:

Estamos en camino hacia la Navidad. Todos nosotros somos peregrinos en este tiempo de Adviento. El Adviento y la gran fiesta de la Navidad son un momento propicio para abrirnos más al sentido de las bienaventuranzas, que nos asemejan a Jesús, y para vivir la caridad personal y comunitaria.

La Virgen María, nuestro modelo y maestra, nos enseña el sendero que debemos recorrer. María no se reserva nada para darnos a Jesús. Entregada sin límites no le importa arriesgar. Jesús, fuente de toda caridad, está en ella y, si Isabel la necesita, ella acude a su llamada por los caminos de Galilea (Lc 1, 39-45).Ella nos anima a que salgamos de nuestras seguridades y, habitados por Jesús,vayamos al encuentro del otro y pongamos nuestros talentos y nuestros bienes al servicio de los demás.

Para acoger a Jesús, el Señor, que nace en Belén y quiere habitar entre nosotros, también nosotros hemos de abandonar todo aquello que nos estorba y cuanto endurece nuestro corazón: egoísmo, rencores, apego a lo cómodo, tibieza a la hora de amar al prójimo. Si Jesús está en nosotros, no seremos insensibles a la necesidad delos hermanos. Cuando Jesús llena nuestra vida, su amor nos lleva a ayudar a los demás. “La caridad de Cristo nos apremia” (2 Cor 5, 14) a vivir para Él y con Él al servicio de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. 

Quiero invitaros a vivir en este Adviento y Navidad la comunicación cristiana de bienes de modo muy concreto: ayudando a CÁRITAS DIOCESANA DE CÁDIZ. En este tiempo de celebraciones navideñas en que nos sentimos especialmente llamados a la solidaridad y nos abrimos a la generosidad familiar y social haciendo donaciones a instituciones sociales que ayudan a personas necesitadas, recordemos especialmente a Cáritas y su labor eficaz, para compartir lo que tenemos con los que pasan por situaciones de pobreza y exclusión.

Es sabido que la labor que hace Cáritas es posible a través de su voluntariado generoso, y gracias a las aportaciones de las comunidades parroquiales y de las donaciones privadas, así como de la contribución ciudadana señalada en la declaración anual de la renta, de la financiación de diferentes administraciones públicas y de la Conferencia Episcopal. El esfuerzo económico conjunto, en el que todo suma,se ha traducido durante los años de crisis en un apoyo social que ha sido crucial para muchas familias de nuestra Diócesis y para personas en soledad que han perdido todo. No obstante, en estos últimos años han decaído los ingresos y está en riesgo su copiosa labor de promoción humana, que va más allá de una atención meramente asistencial. Una cierta mejoría económica nos ha distraído de la realidad de los pobres y de la gravedad de los que aún pasan necesidad. Es necesario, por tanto, que apoyemos a Cáritas Diocesana para que podamos seguir acogiendo a los más necesitados, ofreciéndoles las oportunidades de futuro que les abran horizontes de esperanza.

Tened presente a Cáritas y apoyad su misión. Os ruego que, cuando decidáis donar en esta Navidad, penséis en Cáritas Diocesana de Cádiz, que nos ofrece varias posibilidades de colaboración:

– La aportación puntual–sin duda una ayuda valiosa—, y,aún mejor, colaborar con una suscripción permanente, lo que permite a Cáritas alcanzar mejor los objetivos de sus diversos programas (apoyo a la familia, empleo, personas sin hogar…).

– Participar con vuestras familias en el Recital Benéfico de Villancicos populares, que tendrá lugar el próximo sábado 15 de diciembre en el Colegio de las Esclavas de Cádiz. (Existe también la posibilidad de contribuir con la obra social de Cáritas –si no se puede asistir— aportando un donativo a través de la “Fila 0”).

– Dedicar algún tiempo a cualquier voluntariado de los distintos proyectos que Cáritas desarrolla dentro de nuestra Diócesis. Darse a los demás, especialmente a los pobres, es una de las grandes experiencias a las que nos llama Jesús. El lema de Cáritas “tu compromiso mejora el mundo” se hace verdadero gracias a la vocación de servicio de su voluntariado. Día a día, los voluntarios de Cáritas acogen al prójimo compartiendo su dura realidad de pobreza y marginación, algo que llena el corazón y ayuda a dar testimonio de una nueva humanidad.

Volvamos nuestros ojos a Jesús para contemplarle en Adviento y Navidad. Es el regalo mayor que podríamos recibir de Dios. Cuando Jesús entra en nuestras vidas, crece la fraternidad, somos más solidarios y mejora la sociedad. Con el lema: “vive sencillamente para que otros sencillamente puedan vivir”, Cáritas nos asegura que está al alcance de nuestras manos la posibilidad de ayudar a los demás.

Agradezco de antemano vuestra sensibilidad caritativa y social, tantas veces ejemplarmente demostrada. Os pido que no dejéis de rezar para que el Espíritu siga impulsando y sosteniendo nuestra misión común de caridad.

Que la celebración del Nacimiento de Jesús os ilumine con su luz, os bendiga y habite vuestros corazones. Con mi afecto y gratitud.

“Lejos de nosotros los vanos temores, las angustias, las tristezas”

Mi alocución en la Fiesta de la Inmaculada

Al poco de comenzar el Adviento sale a nuestro encuentro la fiesta de la Inmaculada. Sin duda nos orienta a celebrar la venida al mundo del Hijo de Dios, pues María, la Virgen, preside todo el movimiento espiritual de la espera en la Iglesia. María es inseparable del niño que dio a luz,Jesús, en quien el Dios vivo se ha manifestado plenamente. Desde el Concilio de Éfeso (431) María es llamada “Madre de Dios“.  Pero la fiesta de la Inmaculada Concepción de María nos sitúa ante el triunfo de la gracia de Dios,que entra en el mundo con la Encarnación del Hijo de Dios. María, desde el momento en que fue concebida por sus padres, por gracia y los privilegios únicos que Dios le concedió, fue preservada de toda mancha del pecado original. Para acoger el Hijo de Dios, María no podía tener en su corazón un rastro de duda o de rechazo. Dios necesitaba que el don de su amor encontrase una fe perfectamente pura, un alma sin pecado. Sólo la gracia –el don gratuito de Dios— podía prepararla y María es la llena de gracia. Fruto anticipado del perdón ofrecido por Jesús en la cruz, María (que fue concebida normalmente por la unión de su padre y su madre) es Inmaculada, pura de todo pecado y preservada de esta separación con Dios que marca al hombre desde el principio de su existencia, el pecado original. 

La fiesta ya se celebraba en todo el Imperio Español desde 1644. La Iglesia de España destacó durante siglos en su defensa de este dogma, que no fue declarado como tal por la Santa Sede hasta el 8 de diciembre de 1858. El Papa Pío IX promulgó un documento llamado “Ineffabilis Deus” en el que estableció dogmáticamente–es decir, como dogma de fe—, que el alma de María, en el momento en que fue creada e infundida, estaba adornada con la gracia santificante. María tiene un lugar muy especial dentro de la Iglesia por ser la Madre de Jesús. Sólo a Ella Dios le concedió el privilegio de haber sido preservada del pecado original, como un regalo especial para la mujer que sería la Madre de Jesús y madre nuestra. En efecto, la Virgen María fue “dotada por Dios con dones a la medida de su misión tan importante” (Lumen Gentium). El ángel Gabriel pudo saludar a María como “llena de gracia” porque ella estaba totalmente llena de la Gracia de Dios. Dios la bendijo con toda clase de bendiciones espirituales, más que a ninguna otra persona creada. Ella es “redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo” (LG, n. 53). Así, pues, el alma de María fue preservada de toda mancha de pecado original, desde el momento de su concepción. María siempre estuvo llena de Dios para poder cumplir con la misión que Dios tenía para Ella.

Con esto hay que entender que Dios nos regala también a cada uno de nosotros las gracias necesarias y suficientes para cumplir con la misión que nos ha encomendado y así seguir el camino al Cielo, fieles a su Santa Iglesia. Es muy importante para nosotros –que sí nacimos con la mancha del pecado original—, recibir el Bautismo y vivir en gracia de Dios. Al bautizarnos, recibimos la gracia santificante que borra de nuestra alma el pecado original. Además, nos hacemos hijos de Dios y miembros de la Iglesia. Al recibir este sacramento, podemos recibir los demás. Para conservar limpia de pecado nuestra alma podemos acudir al Sacramento de la Confesión y de la Eucaristía, donde encontramos a Dios vivo. Quienes intentan ser fieles a Dios deben vivir limpiamente su vida, lejos del pecado, con una mirada limpia sobre la vida y las personas, aunque a veces sean criticados y despreciados.

En la Fiesta de la Inmaculada tenemos la ocasión de alabar a Dios por el don de María, Madre de Dios y nuestra madre. La toda llena de Gracia, esa es María nuestra Madre, y  Madre de la Iglesia. Ella es un misterio de amor insondable, inabarcable e inagotable. Es un día de fiesta en el cielo pero también de toda la Iglesia militante, nosotros, que pedimos aquí su ayuda para vivir lejos del pecado y llenos de la gracia de Dios. Nunca será bastante lo que se diga de María. Si amamos a María, su privilegio debe penetrar en nuestro corazón y abundar la alegría del amor. Este privilegio ha de llenarnos de gozo y la confianza debe dilatar nuestro corazón. Lejos de nosotros los vanos temores, las angustias, las tristezas; vivamos en nosotros y pidamos la alegría que, olvidada de sí misma, se goza espiritualmente en el amor de Dios.

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El más necesitado es la “tierra sagrada” que Dios nos regala

Ayer, en la parroquia de la Inmaculada Concepción de la Línea, tuve la oportunidad de compartir  la Oración Misionera que se realiza a través de toda la Diócesis en preparación del Mes Misionero Extraordinario convocado por el Papa Francisco para Octubre de 2019. El misionero es el mejor ejemplo del cristiano que deja de mirarse a sí mismo, y vence los propios egoísmos y miedos, porque se fía del Señor que, como a Abraham, le ha prometido darle “otra tierra”: la “tierra sagrada” del otro como hermano; la “tierra sagrada” del que sufre necesidad y en el que Cristo pobre se manifiesta misteriosamente. La salida de los misioneros y misioneras nace de la interiorización e implica, además de esa confianza absoluta en Dios, un trabajo propio de preparación espiritual y cultural. Y no solo una vez: las que hagan falta, como vemos en tantos misioneros que han tenido que abandonar un territorio, después de mucho esfuerzo por inculturarse y ser uno más entre su pueblo, para ir a otra región donde su presencia se hace más necesaria. El misionero “sale de su tierra” porque el Evangelio “sale de su corazón”, queriendo llegar a tantos pueblos que no han oído hablar de Cristo. Sin olvidar que, cuando se habla de la labor misionera, no hay contraposición entre evangelización y ayuda en los diversos campos de promoción de la persona, porque, como expresó el beato Pablo VI, “la actividad misionera anuncia el Evangelio y abre el camino al desarrollo humano” (Mensaje DOMUND 1970).

Que el testimonio de los misioneros nos haga evangelizadores, dispuestos a salir al encuentro de todos para ofrecerles la experiencia del amor cristiano y anunciarles la Buena Noticia del Evangelio.

La Iglesia, a imagen de la Encarnación, signo de contradicción.

Mi alocución sobre el Adviento que comienza

El Adviento es el tiempo en que la Iglesia celebra gozosa y confiada el misterio de las paradojas de Dios. En el misterio de la Encarnación del Verbo celebramos la paradoja de Dios hecho hombre. La liturgia no cesa de alabar el misterio por el cual el Dios Eterno se hace temporal, el Dios del cielo se hace terrenal, el Dios Inmortal se hace mortal, el Dios Impasible se hace pasible, el que no cabe en el cielo, se encierra en el seno de una virgen, el que contiene todo en su mano se deja tomar por las manos de una joven, el Pastor se ha hecho Cordero (Canto del Akathistos 18). ¿Y que decir de la vulnerabilidad de Dios, es decir, que Dios se ha hecho vulnerable al amor del hombre, se ha dejado tocar por el hombre y se ha acercado a él para darle a conocer hasta qué punto le ama, y para dejarse amar por él? A imagen del misterio de la Encarnación, también la Iglesia se presenta como un signo de contradicción para los hombres de nuestro tiempo.

Frente al realismo contumaz de los que piensan que todo seguirá igual, que nada puede cambiar, que el hombre seguirá siendo el mismo y que no vale la pena seguir intentando nada nuevo, la Iglesia vive el tiempo de Adviento como un acto de confianza en que todo puede cambiar. No cree la Iglesia que el hombre pueda mudar por sí mismo, pero vive en la certeza de que, abriéndose a la gracia de Cristo, el Redentor del hombre, puede modificar el curso de las cosas. La Iglesia vive en el optimismo de la Encarnación y aguarda con esperanza la llegada de su Señor. Mientras tanto mira con ilusión el devenir de la historia, en la que encuentra las huellas de Cristo. La espera de Adviento se convierte en una fuerza renovadora capaz de engendrar una realidad nueva, animando a creer que el presente puede ser distinto. El que vive en la esperanza se sitúa de un modo nuevo ante la realidad y está haciendo ya que ésta cambie. El Antiguo Testamento se hace diáfano, y el Nuevo Testamento, deslumbrante. El Adviento tiene fuerza creadora.

Frente al pesimismo de los que consideran que la evolución del hombre retrocede y que mañana será peor, la Iglesia afirma con rotundidad que mañana será mejor. Este mañana será mejor le brota a la Iglesia desde sus entrañas, no como un triste suspiro de resignación, sino como un grito de confiada esperanza, porque en cada cristiano hay algo de niño ingenuo que espera, como cantaba Pegy en sus poemas, aun en medio de sus dolores y desastres. Sí, lo mejor está por llegar.

Frente a los que creen que es inútil esperar porque piensan que la esperanza cristiana consiste en aguardar resignados con los brazos cruzados e inermes, la Iglesia vive el Adviento como un tiempo de paciente fortaleza.  Frente a quienes se muestran reacios a aceptar los milagros de cada día, pues para ellos son imposibles, la Iglesia vive el tiempo de Adviento como el tiempo en el que es posible soñar, ya que todo es posible para Dios. Después que Dios ha hecho madre a una joven virgen, ¿qué otros milagros no podemos esperar? «Sé realista, pide lo imposible», decía en los años 60 y 70 el repetido slogan de las jóvenes generaciones hippies y anarquistas. Ellos lo pronunciaban con ira, como expresión de sus reivindicaciones contra un mundo que les resultaba inaceptable. Pero el tiempo ha puesto al descubierto la inconsistencia de tantas de aquellas demandas y el engaño de sus utopías. Si alguien tiene derecho a pronunciar como suyo este slogan, ése es sin duda un cristiano. Podemos tener la osadía de pedir lo imposible con la certeza de que Dios tiene poder para hacerlo posible.

Frente a los que consideran que la Iglesia engaña haciéndonos poner la mirada en el cielo esperando la llegada de Cristo para mañana, ella, sin embargo, vive el tiempo de Adviento como una reivindicación realista del momento presente. A los que creen que la Iglesia vive alienada o desentendida de la realidad presente por esperar la realidad futura, ella les contesta con su actitud de Adviento. No vive en actitud pietista o pasiva. Como dice un teólogo actual, «el esperante cristiano es el operante en la dirección de lo esperado» (J. L. Ruiz de la Peña). La esperanza se convierte en aguijón, en resorte dentro del alma para que uno pueda llegar a obtener lo que espera. Frente a quienes defienden a ultranza que perdonar es un signo de debilidad, de rebajarse en la propia estima personal o colectiva, la Iglesia vive este tiempo un momento privilegiado para la reconciliación y el perdón, como la expresión del amor más fuerte. Con su actitud sorprendente –y a veces mal comprendida—, la Iglesia no quiere dar a entender que la ofensa, la violencia o el desprecio a la vida hayan de considerarse pecados de pequeña importancia, pero sabe que la herida del odio sólo se sana y cicatriza mediante el perdón. La Iglesia proclama que Cristo ha venido al hombre para enseñarle la fuerza invencible la reconciliación, que el perdón es más fuerte que la venganza, que el amor es más fuerte que la muerte.

El Adviento es precioso para el cristiano y a los ojos de Dios, es un privilegio, un acto admirable de condescendencia divina. Cuando parece que a todos, tan frenéticamente ocupados, nos falta tiempo, Dios tiene tiempo para nosotros, nos da su tiempo. Sí, ha entrado en la historia con su palabra y sus obras de salvación para abrirla a la eternidad, para convertirla en historia de alianza. “Ahora es tiempo de gracia, ahora es tiempo de salvación”.

Indómitos para no someternos a ningún poder que no sea el de Dios

En la Escuela de Evangelizadores del pasado sábado 24 de noviembre

El hombre, para cumplir el deseo profundo de su corazón, no debe dejarse engañar por el egoísmo disfrazado en el cual vivimos. Sólo así podrá amar y experimentar la grandeza de su existencia, la hermosura de la vida y sus posibilidades. Nuestra cultura está marcada por el relativismo, que es la falta de verdad, de referencia objetiva fuera de uno mismo; un subjetivismo atroz que nos impide ver el sentido de las cosas, la dirección de la propia vida, el sentido del bien y del mal generando, por tanto, confusión en el obrar. Es un subjetivismo unido a un concepto de libertad omnímoda: no hay nada más fuera de sí que el hombre tenga que obedecer, y menos la ley de Dios, como si ésta fuera contra su propia dignidad. Es la ley del deseo convertida en imperio, y cuántas veces en leyes que quieren regir sociedades, y, efectivamente, así nos va.

Sólo Dios nos abre al máximo potencial de nuestras posibilidades. Sabemos que es nuestro Rey y Señor, que está por encima de nosotros, que es el único Absoluto, pero su trono es la Cruz. Al contrario de lo que predica el ateísmo moderno, Cristo no subyuga a los hombres, ni los esclaviza, ni les impide la libertad. Es justamente todo lo contrario. Él se abaja en el Pesebre y la Cruz para elevarnos, comunicándonos su capacidad de reinar: el gobierno de uno mismo, de las cosas y del mundo. Para esto necesitamos la fuerza de Dios, que primero se nos da en el perdón de los pecados, la redención, que fortalece nuestro corazón y nuestra voluntad  para responder a nuestra vocación al amor, para ser libres para amar. La vida es una llamada, nos ha sido dada para amar, y si no, queda siempre insatisfecha.

El Señor no nos quiere esclavos, sino que nos hace “un reino de sacerdotes, que reinan sobre la tierra” (Ap 5,10). Por su amor nos quiere hacer entrar en ese gobierno de nosotros mismos para dar el culto que Dios quiere, que nos hace realmente felices porque nos llena de la gracia y el amor con que el Señor nos corresponde, nos guía y nos sostiene en la vida. Pero además, nos hace útiles para el mundo y para la sociedad, indómitos, para no someternos a cualquier otro poder que nos sea el de Dios, sobre todo cuando ese poder quiere manipular las conciencias, los corazones y la vida de los hombres.La vocación del cristiano tiene siempre este rasgo de regir las cosas, que nos comunica Cristo Rey: la capacidad del gobierno de las cosas. Por eso es muy importante, dando gloria a Cristo, darle gracias por nuestra vida, porque hemos escuchado su llamada, somos cristianos discípulos del Señor. Pero esa vocación va unida siempre a una misión, cosa que olvidamos con bastante frecuencia. ¿Cuál es mi puesto en el mundo? ¿Qué esperas Señor de mí vida?, ¿de qué forma, en mi casa, en mi trabajo, en mi ambiente, en la sociedad, dentro de la capacidad mayor o menor que pueda tener – que siempre es mucha más de lo que pensamos- puedo entregarme?, ¿de qué manera tengo que servir transformando el mal en bien, venciendo al mal con el bien, no entrando en la dinámica del mal sino en la de la verdad, la justicia, el amor y la paz? Y de esa manera es posible que Cristo el Señor sea en nosotros luz del mundo y sal de la tierra, que seamos fermentos de una sociedad nueva, de ser, en palabras de San Juan Pablo II, “civilización del amor” contrapuesta a la”cultura de la muerte”. 

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MI MENSAJE POR LA SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO

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Celebración de Cristo Rey, 75 Aniversario Hermandad de la Paz en la parroquia de San José de Cádiz

Hemos celebrado la Solemnidad de Cristo Rey. Jesucristo anuncia la Verdad, la luz que ilumina el camino hacia el Reino de Dios. “Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.”(Jn 18, 37). Sigue leyendo