Protagonistas de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor

PasionCristo10Napoleón Bonaparte, -de indiscutible inteligencia y de un orgullo descomunal- , cuando estaba exiliado en la Isla de Santa Elena pudo reflexionar, y comparaba su situación con el avance del cristianismo. Declaró entonces: “¿Quién podría conquistar la tierra con un ejército fiel, entregado completamente a sus empresas? ¿Quién podría tener un ejército de soldados sin paga, sin sed de gloria, dispuesto únicamente a renunciar a todo? Y, por añadidura ¡amenazados de martirio! Yo,digo que no hay un mortal que pueda arrogarse el poder y el culto de  Dios, excepto Jesus, que ha dicho: Yo soy Dios”.  Jean Guitton, el filósofo francés, dirá mucho tiempo después: “¡ Si Jesus no es Dios, Dios no existe!”.

Este Dios encarnado, crucificado, resucitado, se nos acerca esta semana en las celebraciones de la Semana Santa y nos deja asimilar su misterio si entramos por la puerta de la Pasión, para comprender un amor infinito que puede salvarnos. La pasión y muerte de Jesús nos manifiestan el misterio de Dios que nunca conoceríamos sin Jesucristo.

Un rabino europeo, amigo de cristianos, cuando veía un crucifijo en alguna de sus casas donde era invitado siempre decía: “Pero ¿cómo podéis creer en un condenado?”. Se comprende, porque así lo pensaban también en el nacimiento de la Iglesia, en la antigua Roma, como puede verse en un grafito del Pedagogium que representa a un cristiano arrodillado rezando ante un crucificado. A su lado la leyenda afirma: ” Alexamenos adora a su Dios”. Solo que, -queridos amigos-, dicho crucificado lleva puesta la cabeza de un asno. Así veían los paganos la fe de los cristianos. Por todo esto San Pablo exclama: “Mientras los judíos buscan signos y los griegos sabiduría, nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y necedad para los paganos, pero para los llamados, predicamos a Cristo, que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la sabiduría de Dios es mas sabia que los sabios y la debilidad de Dios es mas fuerte que los hombres” (1Cor 1, 22-25).  Salgamos nosotros al encuentro de esta sabiduría divina y de su poder,  el poder del amor de Dios.

¿Cómo se puede hacer esto? Pues, sencillamente, participando ahora de la celebración de los misterios en esta Semana Santa. Decía Soren Kierkegaard, el filósofo existencialista del s. XIX que” mientras quede un creyente en la tierra quedara un contemporáneo de Jesucristo, igual que los que vivieron junto a el, porque esta contemporaneidad es precisamente la misma fe”. En efecto, celebrar la pasión, muerte y resurrección de Cristo no solo nos retrotrae al recuerdo de aquello que pasó. Al contrario nos hace protagonistas. Por la sacramentalidad de la Iglesia y el realismo del memorial eucarístico experimentamos sus efectos, su perdón, su salvación.

Debemos, no obstante mirar a la cruz, como dijo Jesús a aquellos peregrinos que pidieron al apóstol Felipe que querían ver al Señor: “Si el grano de trigo cae en tierra y muere entonces da mucho fruto” (Jn 12, 23). Les estaba diciendo que quienes quieran encontrar a Cristo deben mirar a la cruz para conocer su gesto de amor total, de un amor sin reservas, excelente, mejor dicho, divino… y así conocerán el poder de Dios, un amor infinito y potente que da la vida eterna cuando de su costado brota sangre y agua, bautismo y Eucaristía.

Acerquémonos a él estos días: que nuestra frialdad no nos encierre como a Judas en nuestro pecado sino que las lágrimas nos laven la cara del alma, como a San Pedro y, con arrepentimiento, podamos resucitar. Hagamos como San Francisco de Asís que, orando en una ocasión ante su crucifijo, le pedía: “Señor mío, concédeme al menos dos gracias antes de morir: que llegue a sentir tu dolor en la pasión, y también, que en algún momento de mi vida sienta en mi corazón, en la medida de lo posible, algo de tu excesivo amor.

Sí, estaría muy bien si Dios nos concediese la gracia de vivir los sentimientos de Cristo quien, ” después de haber amado a los suyos que estaban en el mundo los amo hasta el extremo”  (Jn 13,1). Sí, al Señor le interesan los corazones. Pues, queridos amigos, pongámonos en camino y que este amor nos adentre tanto en el que experimentemos su triunfo el día de la Resurrección.

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