La Semana Santa no es para el luto, sino para celebrar el amor de Dios que llega a su máxima expresión

CONFIRMACION13 (4) Aquel a quien contemplamos en la Cruz es Dios en persona. Hasta que no se reconozca y no se tome en serio el dogma de fe fundamental de los cristianos -el primero definido dogmáticamente en el Concilio de Nicea- de que Jesucristo es el Hijo de Dios, es Dios mismo, de la misma sustancia que el Padre, el dolor humano quedará sin respuesta. Cristo reina en la Cruz, Cristo es exaltado, Cristo triunfa del pecado y del diablo.

La Semana Santa no es de luto, sino que se celebra el amor de Dios por el hombre, amor que llega a su más alta expresión: “Dios no perdonó a su Propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros” (Rom 8,32).

Jesús nos da la máxima prueba de amor: Contemplar cómo el Hijo Unigénito de Dios, consubstancial al Padre, eterno como el Padre, habiéndose encarnado, muere por nosotros, pues en verdad:  “nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por sus amigos” (Juan 15, 13).

“El castigo que nos devuelve la paz, cayó sobre él, y por sus llagas hemos sido curados. Todos errábamos como ovejas sin pastor y Él cargo con el pecado de todos nosotros” (Is 53,5). Es decir, que Cristo ha pagado por mis pecados.

La Pasión, impresionante, no solo nos permite conocer la historia. Hoy se hace presente y nos permite orar, meditar, agradecer, descubrir y vivir el secreto divino de Jesús, que murió a causa nuestra, en lugar nuestro y por nosotros.

El sufrimiento no puede ser absurdo si Cristo, que es Dios, decidió experimentarlo. La pregunta de Job tiene ya respuesta. ¿Cómo hace un buen médico para demostrar al paciente que el fármaco no contiene veneno? ¡Bebe de ello antes que él, delante de él! Así ha hecho Dios con los hombres. Él bebió el cáliz amargo de la Pasión. No puede estar por tanto envenenado el dolor humano, no puede ser sólo negatividad, pérdida, absurdo, si Dios mismo ha decidido saborearlo.

La Cruz no es el “no” de Dios al mundo, sino su “sí” de amor. Por la Cruz, el mal ha sido “eliminado, vencido”. Los mártires son quienes “bebieron el cáliz” después de Jesús. No podemos pasar en silencio su testimonio, el de quienes querían vivir y morir por Cristo. Pues en el fondo del cáliz debe haber una perla, y esta perla es la resurrección, la Vida de Dios en nuestras vidas ¡Adoremos la cruz, amemos a Cristo!

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