MI ARTÍCULO DE HOY JUEVES SANTO PARA EL DIARIO DE CÁDIZ

Aunque en la adversidad volvemos rápidamente a Dios pidiendo clemencia, alguno se preguntará si tiene sentido vivir la Semana Santa cuando estamos invadidos de sufrimiento y muerte en la tremenda crisis que padecemos. Recuerdo en este sentido unos versos donde el escritor francés autor de El Principito, Antoine de Saint-Exupéry,  hace una gran sugerencia. Dice: a los hombres de hoy “nada les falta / excepto el nudo de oro / que mantiene juntas todas las cosas. / Y, así, falta todo”. Ese “nudo de oro” que sostiene y da sentido a todo es, sin duda, el amor de Dios que nos ha entregado a su Hijo Jesucristo para restablecer la comunión con el Padre, abriendo nuestra vida a la eternidad. Hay un horizonte superior donde descubrimos que todo tiene sentido, hasta el grito del que sufre cuando se queja a Dios: “Señor, apiádate de mi, dame fuerza, pues estoy abatido; estoy cansado de llorar, cada noche lleno mi cama de lágrimas” (Sal 6).En la muerte y resurrección del Señor se guarda la clave de nuestra existencia.

Jesús esperaba fervientemente aquel momento –y nos sigue esperando hoy— para una celebración de bodas donde se desposaría con nosotros para siempre. “Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer” (Lc 22,15). Lava los pies a los discípulos como esclavo nuestro que se entrega por amor, y deja patente el amor “excesivo” que Dios nos tiene, que ha de ser acogido con humildad para dejarle actuar a su manera, aceptar su voluntad y, siguiendo su ejemplo, entregarse a los demás: “Si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13, 14). A continuación, Jesús da gracias y bendice a Dios, pero su acción divina posee un dinamismo transformador que hace de su vida una ofrenda a Dios y convierte su Pasión en oración, comprometiendo al discípulo con el mandamiento cardinal que fundamenta toda filantropía cristiana: “Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado”.

Al entrar en la Pasión del Señor adoramos su Cruz, una cumbre desde donde se ve la inmensidad del mundo redimido. “¿No convenía que Cristo sufriera para entrar en su gloria?”, dirá Jesús más tarde a los discípulos de Emaús. Nuestra salvación pasa por participar en la Cruz de Cristo. A su luz conocemos nuestros pecados y el regalo de la salvación que nos permite pasar las pruebas más duras abandonándonos al designio de Dios: “Si el grano de trigo no muere, queda solo, pero, si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24). La Cruz no es un espectáculo para mirar desde afuera. Vencer el mal con la fuerza del amor de Cristo, pasar por la puerta estrecha por donde Cristo nos ha precedido, forma parte del combate espiritual que el cristiano ha de librar a lo largo de su vida, la lucha contra las pasiones y las tentaciones, y la batalla por vivir haciendo siempre su voluntad. Cristo es mucho más que un pionero, es la cabeza de su cuerpo que es la Iglesia que nos ofrece ante todo la salvación, fruto de la Cruz, antes de pedirnos tomar parte en ella.

Un famoso marxista llegó a señalar: “En Jesús no fue clavado en la cruz un fanático inofensivo, sino que aconteció el advenimiento de un hombre que invierte los valores del mundo presente” (E. Bloch, El ateísmo en el cristianismo, 1968). En efecto, pero, también hay que decir que en la Cruz encontramos el epicentro de la revelación de Dios, del Dios que es Amor, que toma nuestra naturaleza y muere amando. Por ello adoramos al Señor y suplicamos que nos conceda amar como el nos ama, abrazados a la Cruz, fuente de vida y misericordia. El nos perdona los pecados y hace de nosotros hombres nuevos, capaces de ofrecer nuestra existencia en el altar de la vida. Dios se ha inclinado sobre el dolor humano y sobre el mal: Jesús, que pasó por el mundo haciendo el bien asumió el límite humano en este gran “escándalo” que es la Cruz haciendo suyo el dolor de cada persona, la mortalidad, el abandono, la angustia, la traición y la trágica crucifixión, hasta convertirse en un cadáver manipulable y destinado a la tumba. Pero en todo momento estaba presente, aunque oculto, el Hijo de Dios, la divinidad. Solidario con nosotros ha inyectado en nuestra vida la semilla de la resurrección, el principio de la redención y la vida. Si antes de morir dijo Jesús “todo se ha cumplido”, ahora hemos de añadir: ¡Sí! ¡Aquí comienza la vida! ¡y la gloria! Mirar al crucificado induce a transformar el dolor en donación y la debilidad en fuerza que renueva la creación y la historia. “Te basta mi gracia, ya que la fuerza se manifiesta en la debilidad” (2 Cor 12,9).

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