El Jueves Santo nos convoca en torno a la mesa de la Ultima Cena, en el cenáculo. Jesús tuvo grandes deseos de esta celebración:“Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer” (Lc 22,15). Su amor es un amor que espera, que siempre nos espera. Esperaba aquel momento como una celebración de bodas donde se desposaría con nosotros para siempre. ¡Qué contraste con nosotros! ¿tenemos nosotros ese deseo de encuentro con el? ¿anhelamos ser uno con el, esa unión que nos regala la eucaristía? La comunión eucarística exige la fe, y ésta requiere el amor, pues de lo contrario estaría muerta.

Pero Jesús, antes de cenar, nos sorprende y lava los pies a los discípulos. Es el Siervo de Dios —hecho esclavo nuestro— que se entrega por amor hasta un extremo inconmensurable y deja patente el amor “excesivo” que Dios nos tiene. Pedro, sin embargo, se resiste a dejarse lavar, piensa que no lo necesita, quiere un Dios según sus esquemas. También nosotros debemos acogerlo con humildad dejándole actuar a su manera. Necesitamos convertirnos para aceptar su voluntad y, siguiendo su ejemplo, entregarnos a los demás: “Si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn 13,14).

Finalmente Jesús da gracias, y bendice a Dios. Su vida queda transformada en ofrenda a Dios y  transforma su Pasión en oración. Su acción de gracias (que en griego se llama “eucaristía”) posee de este modo una fuerza transformadora que nos da a nosotros para que seamos transformados nosotros y el mundo. La Eucaristía apunta al hombre nuevo, al mundo nuevo, y crea una nueva unión entre nosotros. “El pan que partimos ¿no nos une a todos en el cuerpo de Cristo? El pan es uno y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo porque comemos todos del mismo pan“, dirá San Pablo (1Cor 10,16s). La Iglesia nace con la Eucaristía. La celebramos siempre juntos porque es sacramento de unidad y laboratorio de nueva humanidad.

La Eucaristía es el misterio de la intima la cercanía y comunión de cada uno con el Señor. Allí nos dejó el mandamiento máximo, principal, cardinal, que Jesús quiso que comprometiera moral y espiritualmente la discípulo (Mt 22, 34-40): “Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado. Nadie tiene un amor más grande que este: dar la vida por los amigos” (Jn 15,12-13). “Nada es más dulce que el amor”, escribía San Ambrosio, pero es costoso. Lo expone bien el célebre himno de San Pablo en su Carta a los Corintios (1Cor 13), tan importante que funda toda filantropía cristiana y toda comunión. Ahora bien, el Señor con su gracia ensancha nuestro pobre afecto para que quepa en nuestro corazón el mundo entero, y nos hace solidarios con los pobres y necesitados, compasivos y misericordiosos con todos.

Leyendo el evangelio se ve la cercanía de Cristo y su amor por cada uno. Su compasión se expresaba en acogida, comprensión, curación, perdón. Jesús hizo suyo el dolor de cada persona que encontraba en su camino, porque vino a salvar a todos. Hoy nos sigue invitando a formar parte de su alianza de amor, “la nueva alianza sellada con su sangre” (Lc 22,20) e invita a todos a compartir la misma “copa (de bodas) preparada por el Padre” (Jn 18,11). “Bebed todos de ella, porque ésta el mi sangre, la sangre de la alianza que se derrama por todos para el perdón de los pecados” (Mt 26, 27s).

En la Ultima Cena, que anticipa la Pasión, la donación de Cristo hace posible que cada creyente afronte el sufrimiento como participación en la “copa de bodas” de Cristo Esposo. Al participar de la eucaristía vivimos de la misma vida de Cristo (Jn 6,56-57). Jesús derramó su sangre, dio su vida en sacrificio, para podernos comunicar el “agua viva” de la gracia,que es la vida nueva en el Espíritu.

Jesús quiere vivir unido a cada persona que le recibe y lo adora, asumiendo el gozo y el dolor de cada uno como parte de su misma existencia. El sigue vivo, y presente siempre entre nosotros, amándonos y enseñándonos a amar como el, hasta dar la vida.  ¿Como no amar a quien nos ha amado tanto? Señor: suscita en nosotros el deseo de unirnos siempre a ti en la Eucaristía.

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