Nuestro destino es gozar de Dios

holywins_santateresa_ceuta_1_26_10_17 (1)Acabamos de celebrar, muchos con puente incluido, la Festividad de Todos los Santos y la Conmemoración de Todos los Difuntos. Una de las manifestaciones más bellas ha sido la celebración de “holywins“, la santidad vence, en la que, en distintas parroquias, los niños han podido disfrazarse de santos, pasarlo en grande mientras miraban a la eternidad. El camino de la vida es un éxodo, porque vamos a la tierra prometida, a la patria prometida, a nuestro destino que es el gozar de Dios. Y es maravilloso pensar que Jesús, siendo Dios eterno, ha asumido nuestro tiempo, nuestra historia, se ha hecho hombre para nacer y morir, ha entrado en el mundo para caminar en el camino de la vida, en este éxodo en el que también tiene que llegar a la meta, morir, para resucitar y abrirnos las puertas del cielo. Jesús, Dios, en su camino, ha querido coincidir con el nuestro.

En realidad todos los hombres, todas las vidas, el camino de la vida de las personas es siempre un camino de necesidad, de pobreza, de indigencia, en unos momentos más que en otros, en el que estamos necesitados, y radicalmente necesitados, porque a veces necesitamos cosas materiales, cosas pequeñas que alguien nos puede conseguir, pero hay como un vacío, una necesidad íntima, que está en el fondo del corazón, en la vida de todos los hombres, que pide lo que llamamos “la salvación”.

El hombre de hoy, por su cultura, –que es nuestra cultura—, por su manera de actuar y de pensar, no cree que necesite ser salvado por nadie. De hecho, la misma palabra salvación para algunos resulta casi ofensiva: “a mí ¿por qué me tiene que salvar nadie?”. La verdad es que siempre es una postura marcada por la ideología, y por ciertos presupuestos culturales –lógicamente ateos, agnósticos—, porque luego la verdad es que,  cuando nos acercamos a las personas, todos necesitamos ser salvados de tantas cosas, ser ayudados en tantas cosas. A veces en las cosas más elementales del corazón. Cuantas veces observamos la paradoja de una sociedad que ensalza todo lo social, donde parece que tenemos una sensibilidad especial por lo comunitario y, sin embargo, es el tiempo de la soledad de las personas, donde los hijos se emancipan precipitadamente de sus padres, donde hay tantas familias rotas, donde los mayores se quedan solos, donde el individualismo y el interés siempre emergen. Necesitamos algo tan elemental como un poco de compañía, cariño y amor, pero mucho más aún, sentido y vida. Porque la vida se pasa, y en nuestra felicidad nos contentamos con ciertas gotas y migajas de bien, de amor, de justicia, de paz, pero nuestro corazón clama por una paz total y verdadera, por una felicidad y justicia verdaderas, ¡y por vida!, vivir para siempre, y hacerlo con una plenitud que sea capaz de llenar nuestro corazón. Y esto solo lo puede dar Dios.

Cuando de verdad brota de nuestro interior clamar a Dios, nuestra oración, nuestra oración constante, el Señor la atiende siempre, porque le tocamos en su punto débil, en ese corazón amante y misericordioso que se quiere acercar a nosotros. Entremos en intimidad con Dios que viene a nuestro encuentro.

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