¡Dejémonos estremecer por la ternura de Dios que se hace Niño!

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Celebrando la Navidad con los amigos del CIE de Tarifa

Os deseo a todos, en esta Navidad, el gozo y la paz que deja Dios a su paso por nuestras vidas. La fiesta que celebramos – con la alegría de los encuentros familiares, los regalos, los cantos, las celebraciones litúrgicas con su misterio y belleza -, es, toda ella, el rastro de Dios que viene a nosotros haciéndose hombre. Así es porque Jesús se hace hombre para divinizarnos y la Navidad bien vivida nos facilita acoger a Cristo para llegar a ser nosotros mismos otros cristos hasta que podamos decir, como San Pablo, “ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mi”.

Y esto, ¿cómo se consigue? Comencemos, lo primero, por contemplar a Jesús en el pesebre, humilde entre animales, a la intemperie, primorosamente recogido en el regazo de María su Madre, amparado por el justo San José. Te aconsejo por tanto meditar la Palabra de Dios, participar activamente en la liturgia de esta fiesta: El Verbo de Dios se ha hecho hombre y es Palabra que nos habla, Buena Noticia, Evangelio de Dios. Todo nos lleva al calor de la ternura de Dios. Y su ternura nos mueve a la ternura.

Si el mismo Dios Eterno e Infinito, Inabarcable, se presenta ante nosotros desvalido y se deja acurrucar y mecer por nosotros, no podemos dejar de afectarnos por este estremecimiento maternal, por esta simpatía hacia cada uno. Nadie le puede ya temer; si se ha dejado acunar y coger en brazos, si le podemos besar ¡Cuánta ternura! ¿Cómo no tener compasión si el Hijo de Dios, que se compadece de nosotros, nos busca para perdonarnos, y seduce nuestros afectos que se vuelcan con Él? Aquí se presenta y se revela el mismo Dios. La ternura misma con la que nos llena Jesús ha de transformar nuestro corazón y hacernos más capaces de amar, de mostrar misericordia y piedad con todos.

¡Atención a los mendigos! Hay muchos pordioseros del sentido de la existencia que ya no saben celebrar la Navidad, y ni siquiera celebran la vida. Ni el consumo ni las ideologías han conseguido saciar la herida profunda de su corazón sediento. De este vacío surge a veces una nostalgia, un clamor, una mirada diferente. Algunos no soportan que se viva la Navidad porque no celebran nada, ni esperan a nadie, y sin embargo -y precisamente por esto-, su corazón insaciable está más y más abierto. Ellos son también indigentes, y aún con más ansiedad que otros. Que nuestra misericordia agudice nuestro oído para saber oír su grito, descubrirles cuando buscan a tientas y mostrarles el amor de Dios que se hace pequeño y viene en su busca. Que en todo les mostremos a Cristo amando y sufriendo a su lado, con ese diálogo que es signo de amor y que muestra al menesteroso que alguien escucha su petición. Con Él en el corazón aprendemos a escuchar, a perdonar, a amar.

¡Anunciemos al Señor que viene y llena el mundo de la luz de su amor! La fiesta que celebramos estos días nos lleva al corazón del Dios que nos abraza cuando nosotros le acogemos en su pequeñez, en su fragilidad. Porque en Jesús vemos su inexplicable fragilidad, pero si Dios se hace débil y necesitado, comprendemos que nuestra pequeñez es el camino de la salvación. Nuestra debilidad es ya el lugar de la fuerza de Dios. Los pastores, los pobres, los humildes quedan llenos de su luz, dejan sus pobres dones, pero han quedado enriquecidos por Dios. Que podamos cantar con ellos y con los ángeles: “¡Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres, amados por Dios!” ¡Feliz Navidad!

(Saluda Publicado en Diario Área para la felicitación de la Navidad)

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