Dulce clamor

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MI ARTÍCULO PUBLICADO EN EL DIARIO DE CÁDIZ EL 25 DE DICIEMBRE

La Navidad tiene, sin lugar a duda, una magia especial que nos envuelve y cautiva. Aunque es peligroso denominar algo “mágico” cuando el sentimentalismo New Age envolvente hace estragos y provoca tanta confusión, a pesar de todo, es fácil intuir que la fantasía superficial de las escenas nevadas y los calcetines colgados en las chimeneas que nos pintan es muy diferente al asombro maravilloso del que se trata en nuestra celebración. Piensan algunos que la Navidad mercantil ha eclipsado a Cristo, pero por mucho que se esconda el hecho debajo de los gorros de Papá Noel, en el espejismo de las propagandas comerciales, en atracones consumistas o en el aglutinamiento de las gente en las calles y tiendas –que puede provocar lo que algunos han llamado “Santaclaustrofobia”– la mirada se nos va hacia un nacimiento, a la Natividad de un discreto niño, y el corazón se dirige inevitablemente a la “gloria de Dios en las alturas”, a lo más alto, partiendo inexplicablemente de lo más pequeño, de la criaturita que promete “paz en la tierra a los hombres que ama el Señor”. Un contraste que solo los ángeles, en principio, pueden cantar, hasta que consiguen que lo lleguemos a corear para, finalmente, exultar todos de júbilo.

“Verbum caro factum est”. La esencia de la Navidad es Jesucristo, el Verbo de Dios hecho hombre, este hombre maravilloso del que decía C.S. Lewis que, diciendo lo que dijo, nos obliga a escoger: “o bien era un lunático o un loco, o bien Jesús era y es el Hijo de Dios; por extraño, terrible o improbable que pueda parecer, tengo que aceptar la idea de que el era y es Dios.” F. Dostoyesvski afirmó que “no sólo no hay nadie como el, sino que nunca podrá existir alguien como el”. Este hombre absolutamente fuera de lo ordinario, que realiza signos indecibles y pronuncia palabras imperecederas, que sabe amar como ningún otro y revela cual es el amor que nos salva, se convierte en imagen y señal de Dios en el mundo, pues es el Logos divino que se ha hecho hombre y ha morado entre nosotros. El “Sentido” que se ha hecho carne no es simplemente una idea general inscrita en el mundo: es una “palabra” dirigida a nosotros. El satisface verdaderamente nuestra hambre de sentido y de significado de la vida, y responde a las preguntas que todo el mundo se hace, pues “el hombre no puede vivir sin un significado”, como dijo Albert Camus, entre otros muchos buscadores de todos los tiempos. El hombre, interrogador perenne y buscador impenitente, por medio del niño del pesebre, encuentra la respuesta de Dios que le ilumina la oscuridad de la existencia, disipa las tinieblas del mundo y le abre el camino hacia el futuro. En la oscuridad de la noche de Belén se encendió, realmente, una gran luz que apela más bien a nuestro corazón y a nuestra decisión libre de aceptar su amor.

El Verbo es, por definición, elocuencia. El infante habla ya, sin decir palabra, y todo es desde ahora elocuente con El. La Navidad nos está diciendo: “¡Dios está ahí!”. Y Dios, al expresarse, nos comunica: “Yo te amo”, y cambia su nombre por “Enmanuel”, “Dios con nosotros”. Su gloria, desde entonces, no será en un cielo sin nosotros, sino de nosotros con el. El satisface nuestra hambre de vida después de la muerte puesto que en el encontramos vida eterna y la relación que comenzamos ahora con Dios sobrevive a la muerte y perdura en la eternidad.

La liturgia que celebra el nacimiento tiene, por eso, tintes de nupcialidad. “El Rey que viene del Padre sale como Dios esposo de su cámara nupcial” (Antifona de las I Vísperas). El Dios con nosotros, por decirlo así, se ha “casado” con nuestra humanidad, ha asumido nuestra condición escogiendo ser en todo como nosotros, menos en el pecado. El coro de pobres que somos nosotros comprendemos que es imposible adorar a Dios sin aceptar esta profunda solidaridad. El rostro del Señor, que se hace presente de una manera nueva, pobre entre los pobres,  refleja locuazmente para siempre la cara de los necesitados y hace que nos sintamos identificados con ellos sin retórica ni ficción. El Hijo de María se parece tanto a nosotros porque también es mortal, sin embargo, quien se ha dignado compartir la condición humana nos da a compartir la vida divina, pues así ha restablecido nuestra dignidad. No hay mayor caridad.  Es fácil verla fluir desde entonces en la caricia familiar, en los regalos compartidos, en la costosa amistad, en la ternura regalada, en el servicio extraordinario que normaliza el amor excesivo por los demás, en el constante ofrendar y compartir, en la ayuda heroica y desapercibida.

“Navidad: he aquí el paraíso”, predicaba San Antonio de Padua. Dios mismo, el Paraíso,  esta ya aquí, llamando a los que estamos sumergidos en el pecado, haciéndonos pasar de lo finito a lo infinito en la humanidad de Jesús, que es nuestra felicidad. “La Palabra de Dios se hizo carne y a cuantos le recibieron les da poder para ser hijos de Dios” (cf. Juan 1,14). Decía la Madre Teresa de Calcuta que “desde este momento, ya aquí en la tierra podemos estar en el paraíso pues ser felices con Dios significa amar como él, ayudar como él, dar como el, servir como él”. Sí, Dios habita en quien ama así y en su alma vive la alegría, porque el cielo está en los santos y en los justos. El cielo no pertenece a la geografía del espacio, sino a la geografía del corazón, y, desde que el corazón de Dios ha descendido a un establo está en la humildad de Dios; si salimos al encuentro de la humildad, entonces tocamos el cielo.  Por el contrario, quien hace de la felicidad un ídolo equivoca el camino y difícilmente la podrá encontrar, aunque, lamentablemente, esta es la propuesta de las culturas que ponen la felicidad individual en lugar de Dios, y promueven la búsqueda del placer a toda costa, la fuga por las drogas y el refugio de paraísos artificiales, del todo ilusorios.

Dice Marcel Proust que “el espíritu tiene sus paisajes para cuya contemplación sólo se le da un tiempo”. La Navidad, en efecto, es el tiempo que necesita nuestro espíritu para trascender lo material y llegar a tocar ese afecto que todo corazón busca. “Lo navideño”, al menos, ha cambiado ya el paisaje exterior con músicas, decoraciones, encuentros y felicitaciones (aunque tenga siempre detractores que lo quieran impedir y paganizar), pero el auténtico paisaje interior, el más profundo y determinante, se hace presente en el corazón que contempla el Evangelio y queda transformado. Los villancicos y cada Belén recuerdan poderosamente en el hogar o en la calle, que la “Buena nueva” que alegra el mundo y lo renueva es el mismo Dios Eterno que se ha hecho hombre. Jesús, el Niño Dios que ha nacido, es el evangelio, y algo hay que hacer no perderlo.  Así lo canta Alonso de Ledesma: “Alma dormida, despierta / y escucha el dulce clamor, / porque esta noche el Amor / te ha echado un Niño a la puerta”. ¿Le dejaremos entrar?

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