MI MENSAJE POR LA JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR EL CUIDADO DE LA CREACIÓN.

El día 1 de septiembre hemos celebrado la Jornada Mundial de Oración por el cuidado de la Creación. En las vacaciones estivales seguramente hemos disfrutado más de la naturaleza y hemos dado gracias a Dios por la Creación. Pero, por otra parte, nos alarma la sequía, los fenómenos medioambientales, y la destrucción de las guerras. Cuánto más los ataques a la vida humana, como en el aborto y en la guerra. Percibimos que vivimos un momento especial en la vida de las naciones y en la vida de la Iglesia. “Escucha la voz de la creación” es el tema y la invitación de este año en este período ecuménico que comienza el 1 de septiembre con la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación y termina el 4 de octubre con la fiesta de san Francisco. «Es un momento especial –explica el Santo Padre— para que todos los cristianos recemos y cuidemos juntos nuestra casa común» y «una oportunidad para cultivar nuestra ‘conversión ecológica’», algo que fue alentado ya por San Juan Pablo II como respuesta a la “catástrofe ecológica” anunciada por San Pablo VI ya en 1970, en su discurso con motivo del 25º aniversario de la FAO.

Este año vivimos en un contexto de conflicto bélico de gran repercusión en la vida de Europa y especialmente en Ucrania. Es el momento oportuno para renovar nuestra fe y nuestra oración, pues se ha puesto en cuestión la paz internacional y se están provocando graves daños a la naturaleza y a toda la humanidad. La guerra en Europa está mostrando la profunda conexión que existe entre la seguridad energética, el riesgo de un conflicto armado y el peligro de destrucción de toda forma de vida, que ya diagnosticó hace casi 60 años San Juan XXIII. Incluso vuelve de nuevo la amenaza de la “cuestión nuclear” que parecía superada.

La Carta encíclica Pacem in terris de San Juan XXIII hacía ya una llamada a “todos los hombres de buena voluntad” a no sembrar el miedo en la humanidad y a no destruir la vida, una llamada que, desgraciadamente, sigue siendo actual en nuestro tiempo, marcado por la guerra y la degradación medioambiental: “Los pueblos viven bajo un perpetuo temor, como si les estuviera amenazando una tempestad que en cualquier momento puede desencadenarse con ímpetu horrible. No les falta razón, porque las armas son un hecho”. Desde entonces ha seguido creciendo la preocupación por la cuestión medioambiental y las voces de los científicos que alertan de la importancia del cuidado de la naturaleza y del profundo vínculo entre ese cuidado, la salud humana y la paz.

Constatamos, además, que estas crisis inducen procesos de empobrecimiento, especialmente en las personas más vulnerables y con menos recursos, como ya hemos visto en los problemas para los transportistas, para los pequeños negocios, y en la alta inflación a la que se llama “el impuesto de los pobres”. De hecho, la crisis alimentaria supone una presión fuerte para la alimentación de los más pobres, pues la escasez fomenta la elevación de precios, lo que se une a la presión del coste de la energía. Todo ello incide en las condiciones de vida digna de los más vulnerables.

Ante tantos males compartidos se hace patente que es el momentum del bien común, que no es suma de bienes particulares, sino el concurso de todos sobre lo que a todos concierne y por todos debe ser promovido. Tanto el papa Francisco, como la doctrina social de la Iglesia nos muestran la necesidad de vincular el cuidado de la Creación y el fortalecimiento de la fraternidad en cuestiones que son esenciales para la vida de las familias y su supervivencia en bastantes ocasiones. En este tiempo de la creación pedimos al Creador que nos conceda la paz y nos ayude a vivir la fraternidad entre los pueblos. Que nos comprometamos como cristianos en esta Jornada Mundial de Oración a pedir y actuar en favor de la paz, que es mucho más que la ausencia de guerra. Comprendiendo nuestro mundo creado en profunda relación, fundados en una antropología cristiana de la dignidad humana, base de los derechos y deberes fundamentales sin los cuales no hay bien común, pidamos la paz de las personas, que tiene tanto que ver con el cuidado de la naturaleza y con el bien común. Recemos, pues, y cuidemos unos de otros y de la creación, esa casa común que Dios nos ha dado para compartir.

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