MI MENSAJE PARA EL COMIENZO DE TIEMPO DE ADVIENTO

Comienza este domingo el tiempo de Adviento, que nos prepara para celebrar la Navidad. La gente se pregunta, con el frenesí con el que vivimos la pandemia, si “habrá Navidad” este año, pero, por desgracia, no se refieren más que al comercio y a los encuentros de familiares y amigos. También esto es importante para quien vive con alegría el nacimiento de Cristo, pero, lo realmente transcendental es prepararse para recibir al Señor. Yo diría que lo viviremos mejor que otras veces, obligados a recuperar lo esencial.

Se dice que en este tiempo nos fallan las esperanzas humanas, desde la salud a la economía ¿No es ahora cuando nos reconocemos más necesitados de la salvación de Dios? ¿No es este el mejor momento para recuperar el mayor regalo, la venida del Señor, cuando las circunstancias nos desprenden de todo lo demás?

La esperanza cristiana lo llena todo en este tiempo. Nada tan necesario como la esperanza en la situación de pandemia, y durante toda la vida. El Adviento, con el que la Iglesia prepara la Navidad, es tiempo de espera confiada, y nos habla de su presencia y cercanía. Ante la experiencia de Dios, que se hace hombre asumiendo nuestra carne –que permite que nuestros ojos se asombren al ver su rostro y que nuestra mirada se encuentre con la suya—, debemos recuperar la sorpresa de reconocer al Señor entre nosotros. Este es, posiblemente, el cometido más alto del Adviento, por lo que nos pide estar vigilantes, mirar atentamente. Conocer al Enmanuel, a Dios-con-nosotros, nos regala el maravilloso hecho de descubrir a Dios en nuestra propia vida. Vivamos la experiencia fascinante de Dios, que se hace carne por amor a nosotros, para que encontremos en Él la maravilla de vivir.

Necesitamos, sin embargo, recuperar el asombro de ser cristianos, otra mirada y ojos nuevos para un nuevo encuentro con Jesús. No podemos renunciar a ser testigos de un amor que nos salva, menos aún en la situación histórica en que vivimos. ¿Hay algo más poderoso para sostener la vida de los hombres? Pero nuestra cultura ha construido demasiados ídolos, multitud de falsos profetas que enturbian nuestra capacidad de captar la presencia de Dios en el mundo. Nos falta adquirir una mirada limpia, no tanto de “especialistas” ni eruditos; debemos recuperar la sencillez de los niños, quienes con mirada limpia se acercan a Dios. “Si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino de los cielos”, dice el Señor. Ellos, ciertamente, perciben las mejores emociones, las sorpresas de la vida.

La esperanza es el ancla que sujeta la vida en el oleaje. Un mundo sin esperanza se muere. No podemos aceptar un universo sin el anhelo de Dios. Concentremos nuestras energías para construir una sociedad mejor, para afrontar los retos y ofrecer caminos de liberación, de encuentro, de consuelo, de trascendencia, de alegría compartida y contagiosa. La esperanza nos vincula unos a otros, nos hace rebeldes ante el mal y dóciles a la voluntad de Dios, relativiza los males con visión sobrenatural y los convierte en bienes, en peldaños que nos acercan a Dios. La aportación de los cristianos es crucial e indispensable para nuestra sociedad. “Salvar la Navidad” –como leemos en algunos titulares— no consistirá precisamente en recuperar el comercio pretendido de estos meses. La Navidad es para que nos salvemos nosotros; ella no necesita ser salvada, como no sea de nuestra superficialidad. Para quien tiene fe se trata de dejar sencillamente que sea Jesús quien le salve. Hemos de vivir con intensidad la fe y recibir una vez más al Señor celebrando ese misterio que nos salva.

No olvides el Calendario de Adviento que marca durante las semanas previas el clima de espera en tensión celebrativa. La oración en familia, especialmente en la comida de los domingos, prendiendo el cirio que corresponde a cada uno de los cuatro domingos. Escucha la Palabra de Dios y déjate llevar por ella. Te sorprenderá que está cerca, que ha venido a nosotros y sigue viniendo continuamente para mostrarnos su amor. Quizá vivamos una Navidad atípica, menos bulliciosa y más frágil, pero puede que, cuando llegue, veamos los antiguos milagros. Como los pastores adoraremos al Niño de rodillas, quizá más humildes, y le ofreceremos nuestra pobreza y el nos dará su paz: ¡cómo no disponernos para celebrar que el Hijo de Dios, Jesús, nos ama, nos busca y acompaña en el camino de la vida para darnos la suya para siempre! Vivamos pues el Adviento con intensidad.

Una respuesta a “¿Salvar la Navidad?

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