PALABRAS EN LA ORACIÓN POR LOS MIGRANTES FALLECIDOS. PLAYA DEL CARMEN DE BARBATE, A 21 DE OCTUBRE DE 2021

Os dejo estas palabras, que nos pueden ayudar a tomar conciencia como Iglesia Diocesana y misionera, tras la vigilia de oración celebrada por los migrantes fallecidos frente a las cosas de Barbate. También hemos orado por nosotros como cristianos. Es necesario dar una respuesta de fe. La inmigración se nos presenta hoy como un «signo de los tiempos». El Señor resucitado espera de la Iglesia la acogida integradora que reclama siempre la Palabra de Dios. Oramos por el mundo, por los gobiernos de las naciones, los países afectados, en un llamamiento a gestionar las políticas y recursos necesarios, que eviten que sucesos como este se vuelvan a repetir….

«Nos hemos reunido a rezar, como cristianos creyentes que somos. También oran a Dios Todopoderoso los musulmanes que han querido participar con nosotros esta tarde.

Ante la muerte de más de veinte inmigrantes que se dirigían a las costas de la provincia de Cádiz en una patera, sentimos profundo dolor e impotencia, rebeldía interior y una honda preocupación. Se nos hiela el corazón ante cada rescate y, sobre todo, ante tantas muertes, a las que no nos acostumbramos por frecuentes que sean. Pocos han sobrevivido. Una vez más sentimos vergüenza cuando padecemos estos gravísimos dramas humanos de la inmigración ocurridos en las costas del litoral gaditano, a treinta millas de esta costa. Elevamos la mirada y corazón a Dios pidiendo su ayuda y buscando respuestas, al tiempo que denunciamos con nuestra presencia y palabra la muerte de todas estas personas inocentes y las causas que las originan.

Estamos aquí para orar por ellos: que el Señor Todopoderoso los acoja en su seno.

A veces, nos toca enterrar a los muertos con la mayor dignidad posible, con misericordia evangélica. Otras veces, el mar se los traga y sólo la mirada de Dios desde el cielo les acompaña y nuestras plegarias. Oremos también por sus familias, cada una con su dolor, a las que queremos expresar nuestra solidaridad.

Pero también oremos por nosotros y por el mundo, por los gobiernos de las naciones, de todos los países afectados en estos graves sucesos, generados por una inmigración que vive una situación muy desesperada, para que se aborden las políticas y los medios necesarios para evitar que se repitan estos dramas y tragedias.

Oremos por toda la sociedad, para que tome conciencia de la situación del mundo en el que vivimos, del desafío de las migraciones sin mirar para otro lado, porque la culpa de los fallecidos en las dos orillas del Estrecho parece que siempre la tienen los muertos. Que acabe para siempre la “globalización de la indiferencia”. Que aprendamos a acoger, proteger, promover e integrar para vivir la «cultura del encuentro» y cambiar la mentalidad, para hacer «una mejor política, política puesta al servicio del verdadero bien común» (Fratelli Tutti, n. 154).

La familia humana necesita: salir de su parcela de comodidad egoísta, reducida por intereses políticos o económicos, para caminar como humanidad en la que vivamos como hermanos, compartiendo la misma dignidad que Dios nos da. Hacen falta políticas y legislaciones que favorezcan a quienes llegan y que potencien la ayuda necesaria para el desarrollo de los países de origen (FT, n. 132). De ahí la importancia del Pacto Global por las Migraciones y la iniciativa de políticas internacionales que garanticen estos derechos desde el «nosotros» inclusivo y amplio, “que se base plenamente en una ética apoyada en los derechos humanos, en el horizonte de fraternidad universal y en el derecho internacional”.

Ante el desafío de las migraciones es necesario, sobre todo, dar una respuesta de fe, pues se nos presentan hoy como un «signo de los tiempos» donde habla Dios. El mundo tiene sentido sólo porque ha sido creado por Dios, con infinito amor. Y nos ha mostrado la dignidad del hombre. Cuando vivimos la fe este Dios genera en la Iglesia y en la sociedad formas de vida capaces de transformar la sociedad. Como cristianos, debemos ser modelos de una nueva forma de vida: una vida de amor, compasión y cuidado de los demás. Hemos de trabajar por la dignidad y la igualdad, para construir una sociedad en la que sea más fácil para las personas amar y ser amadas. Por nuestro amor, por la forma en que servimos a nuestro prójimo, por la manera en la que cuidamos unos de otros, especialmente de los débiles y vulnerables, podemos cambiar el mundo. 

No podemos olvidar las palabras del Señor que se identifica con los que lloran y llama bienaventurados a los que sufren, a los que son perseguidos, o pasan hambre y sed. Dios quiera que, en su misericordia, oigamos al final de la vida: “Ven, bendito de mi Padre”, y no “apártate, maldito, porque no me acogiste, mi me ayudaste, mi me auxiliaste” … cuando fui forastero, o pasé hambre y sed, o fui perseguido. Porque daremos cuenta de nuestra vida ante Dios y por el amor seremos juzgados.

El Señor resucitado espera de nosotros la acogida integradora que reclama siempre la Palabra de Dios y que seamos capaces de manifestarles el amor del Señor por ellos. Son un reto para la Iglesia en su universalidad y para hacer un mundo más inclusivo. Hemos de promover y construir comunidades acogedoras, y defender la dignidad de toda vida humana, trabajando al servicio de la justicia y el bien común.

Hermanos, amigos:  Recemos también por aquellos que intentan abrirse paso en nuestra sociedad, para que encuentren caminos de integración y condiciones para un futuro de trabajo, dignidad y paz; y para que se ensanche nuestro corazón y nuestra vida hasta dar cabida a todos los que sufren, dando así testimonio del amor de Cristo por todos, porque «todos somos responsables de la vida de quienes nos rodean» (Francisco, JMMR 2013).

Que este paso fronterizo en las aguas que separan las dos orillas deje de ser un espacio de dolor, sufrimiento, dramas y muertes, y se convierta en un lugar de encuentro, amistad e intercambio entre los pueblos de los dos continentes.»

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