Hoy Cristo asciende al cielo, y nos recuerda que su Resurrección y la nuestra van juntas, que no se pueden separar. Dios se ha hecho hombre precisamente para que nosotros podamos vivir esas realidades eternas, que son las realidades de Dios, algo que en el mundo no existe, si no fuera porque Dios lo da; algo que nosotros no podemos fabricar. Resuenan en nosotros las palabras de San Pablo: porque Cristo ha resucitado, busquemos las cosas de arriba (Col 3,2), y que el Señor os conceda gusto, sabiduría interior, sentido espiritual para comprender las cosas (cf Ef 1,17). No nos quedemos en una mundanidad que prescinde de Dios.

Cristo Resucitado se despide de los Apóstoles y sus discípulos: se despide para no despedirse; dice que se va, pero que se queda. Efectivamente Jesús se queda, ha venido a estar con nosotros; mejor dicho, somos nosotros los que nos vamos con Él, somos nosotros los que somos arrastrados para irnos con Él –ya en esta vida, sin esperar a la muerte, sin esperar al Cielo–, porque Él transforma nuestra vida humana en vida divina. Y lo que era un afecto de personas que tienen la cualidad y la capacidad de amar, porque Dios se la ha dado, porque hemos sido creados a su imagen y semejanza, queda elevado a la Caridad de Dios.

Nosotros distinguimos entre las plantas que tienen vida, vida natural, vida vegetal; y los animales, vida animal; y las personas decimos que tienen vida intelectual, tienen algo distinto, pero no somos Dios. Hasta que Dios nos da una vida sobrenatural, que es algo más que la inteligencia, y que es algo más que esa vida física con la que funcionan nuestras arterias y nuestro corazón. Nos da la vida de Dios.

Nosotros, viendo a Cristo que está sentado a la derecha del Padre, sabemos, en primer lugar, que vive e intercede por nosotros. En segundo lugar, que ha triunfado, que está victorioso y que nosotros no somos unos derrotados en la vida. Somos los seguidores del mejor Capitán, del mejor Rey, del mejor Señor, que ya ha triunfado. Aunque ha vencido la guerra, aquí nosotros seguimos en otra batalla, hasta que recibamos el premio de la victoria total en el Cielo. En esta vida siempre hay lucha, siempre hay controversia, siempre hay oposición, no digo de la gente –que también puede haberla, y persecución incluso–, sino en nuestro mismo interior, en vencer precisamente la mundanidad, la tentación, por ser de Cristo.

Hoy queremos ser de Cristo que ha ascendido al cielo. Le alabamos glorioso. Vivamos nosotros su victoria sobre el pecado, vivamos esa victoria que es la vida de Fe, ofreciendo la Esperanza que el mundo necesita: unos porque viven con desesperación; y otros porque viven en presunción, pensando que no necesitan a Dios para nada. De la mano de la Caridad, porque la vida de Dios, el Espíritu Santo que se nos da, nos enseña a ser como Cristo, a vivir como Él, a pensar como Él; y a vivir amando como Él, con un amor muy por encima de nuestros límite.

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