Evangelio del día

Jueves, VI Semana de Pascua, 6 de mayo de 2021

Juan 15, 9-11

9 Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. 10 Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. 11 Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.

DEL OBISPO:

Jesús nos habla fundamentalmente de dependencia para dar frutos, y de perseverancia. Vinculados fuertemente con Cristo, asentados en Él, profundizamos en la virtud de la fe, esperanza y caridad: “sin mi no podéis hacer nada”. ¿Cómo podemos permanecer unidos a Cristo? Por el amor a Él y por la vida de gracia santificante: evitando el pecado, frecuentando los sacramentos, intensificando nuestra vida de oración, procurando cumplir la santísima voluntad de Dios en cada jornada y practicando el precepto de la caridad. La mejor respuesta, sobre todo, nos la ofrece el ejemplo programático de la primera comunidad cristiana. La realización de la vida cristiana queda comprometida en la presentación de la comunidad que hace el Libro de los Hechos de los Apóstoles. Los primeros cristianos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones. La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Esto es: vida común, vida evangélica, enseñanza de los Apóstoles, partir el pan, compartir la vida y los bienes, atención a los necesitados. Si queremos vivir unidos a Cristo y obtener los frutos de vida eterna hemos de volver siempre a los fundamentos de la fe. Recordemos que con el testimonio de los apóstoles nacieron las primeras comunidades cristianas, que rápidamente se fueron extendiendo por todo el Imperio Romano. Su forma de vivir y de amarse atrajeron a muchos y las distintas persecuciones que sufrieron no pudieron evitarlo. Una alegría, fruto del vínculo con Cristo Resucitado, traspasó todos los límites y voluntades contrarias.

Santa Teresa de Calcuta

«Dios ama al que da con alegría», dice San Pablo (2 Cor 9,7) El mejor medio para manifestar nuestro agradecimiento a Dios y a los demás, es aceptarlo todo con alegría. Un corazón alegre es el resultado lógico de un corazón ardiente en amor. Los pobres se sentían atraídos por Jesús porque en Él habitaba algo mayor que Él, irradiaba esta fuerza a través de sus ojos, sus manos, por todo su cuerpo. Todo su ser manifestaba la entrega de sí mismo a Dios y a los hombres.

¡Que nada nos pueda preocupar de tal modo que nos llene de tristeza y de desánimo, que nos quite el gozo de la resurrección! La alegría no es una simple cuestión de temperamento cuando se trata de servir a Dios y a las almas; exige siempre un esfuerzo. Esto es una razón más para intentar adquirirla y hacerla crecer en nuestros corazones. Incluso, si tenemos poco para compartir, siempre nos quedará la alegría que nace de un corazón enamorado de Dios. Por todas partes del mundo, la gente está sedienta y hambrienta del amor de Dios. Nosotros respondemos a esta necesidad cuando sembramos la alegría. Es una de las mejores fortalezas contra la tentación. Jesús puede tomar plena posesión de un alma que se abandona en Él con alegría.


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