Han pasado pocos días desde que falleció el Papa Emérito Benedicto XVI. El humilde trabajador de la viña del Señor que nos enseñó que “Dios es amor”; el gran intelectual capaz de explicar las cosas importantes para el común de fieles nos ha dejado huérfanos a pesar de estar envejecido y fuera de la actividad pública de la Iglesia.

A Benedicto XVI le debemos muchas cosas, pero especialmente, junto a su testimonio de fe, un gran discernimiento sobre el Concilio y su aplicación, y sobre el diálogo evangelizador que la Iglesia tiene que realizar con el mundo moderno, capaz de razonar con la cultura actual. Fue un hombre valiente que, desde la oración y el trabajo, peleó todas las batallas de la fe y de la civilización, con una insólita profundidad que pone a la fe cristiana en situación de diálogo con las ciencias, con la política, con las religiones. Pensó que la gran cuestión de nuestro mundo no era realizar un tratado de Teología, sino cómo hablar de Dios en una Europa y en un mundo como el nuestro y en una crisis antropológica como la actual. El problema en este momento de la historia es que Dios desaparece del horizonte de los hombres y, con el apagarse de la luz que proviene de Dios, la humanidad se ve afectada por la falta de orientación, cuyos efectos destructivos se ponen cada vez más de manifiesto.

Se ha señalado con insistencia su personalidad serena, sencilla y amable, de una modestia y austeridad insospechada, que hizo más notoria la grandeza de su humanidad y pensamiento. Esto, sin embargo, no fue en detrimento de la claridad de sus propuestas y decisiones, siempre vinculadas a la coherencia con la verdad. Apasionado por conocer a Jesucristo y por darlo a conocer en un lenguaje inteligible, ha sido un maestro competente capaz de denunciar las diversas tendencias hostiles al cristianismo, tales como el laicismo, el materialismo, la posmodernidad, el liberalismo extremo o el ateísmo. Ninguna de estas tendencias, sobre todo el ateísmo, tienen razón de ser ni ahora ni en el futuro. Sin Dios no hay sentido digno y pleno de la vida humana.

Este “Papa profesor” supo, como verdadero intelectual, dar en el centro de la diana: identificar lo esencial y llegar a entenderlo a fondo. Quiso impartir al mundo a lo largo de siete años una grandiosa lección sobre lo esencial de Dios –amor, perdón– y sobre la única persona –humana y a la vez divina– que permite conocerlo: Jesucristo. Sabía explicarlo con palabras sencillas, sin tecnicismos ni complicaciones. Su prioridad fue restablecer la claridad de ideas y la primacía de la fe dentro de la Iglesia, convirtiéndose en el gran predicador del amor de Dios. Con una teología afectiva cercana y profunda nos acercó a Dios con la profundidad y la sencillez de sus exposiciones mostrando cómo la fe cristiana no es una teoría abstracta sobre el mundo o sobre el ser, tampoco un mero reglamento moral, sino encuentro personal en el Espíritu Santo a través de Jesucristo, el Hijo de Dios, el encuentro con una persona, no una figura mitológica, pero tampoco solo un personaje histórico.

Aceptó como prioridad del Sucesor de Pedro la que fue fijada por el Señor en el Cenáculo de manera inequívoca: “Tú… confirma a tus hermanos” (Lc 22,32). El mismo San Pedro lo formuló de modo nuevo en su primera Carta: “Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere” (1 Pe 3,15). Y nos alertó hasta en su testamento final: «¡Seguid firmes en la fe! ¡No os dejéis confundir!».

Su aportación nos guiará mucho tiempo. Quizá lo veamos en los altares y como doctor de la Iglesia.

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