MI HOMILÍA EN LA MISA FUNERAL POR BENEDICTO XVI EN LA CATEDRAL DE CÁDIZ

Queridos hermanos sacerdotes, consagrados, movimientos y asociaciones, cofradías, Pueblo Santo de Dios:

El último día del pasado año murió Benedicto XVI que ya ha recibido cristiana sepultura entre los Papas que le precedieron. Hemos orado por él llorando su pérdida como padre y pastor. Hoy, en esta Catedral, la Iglesia que peregrina en Cádiz celebra estas exequias encomendando al Señor su eterno descanso y dando gracias por el regalo tan grande que ha sido su doctrina, magisterio, pastoreo y su testimonio de “humilde trabajador de la viña del Señor” –como el mismo se definió, como verdadero “cooperador de la verdad” –lema que marcó el propósito de su entrega como pastor—. Agradezco vuestra presencia aquí, unidos en el Señor, que manifiesta la comunión de la Iglesia, vuestra firme eclesialidad y adhesión a la Sede de Pedro.

El pontificado del Papa Benedicto XVI comenzó citando a su predecesor en la Sede de Pedro, como queriendo prolongar un mensaje compartido por ambos para esta sociedad de cultura posmoderna: “No tengáis miedo, abrid las puertas a Cristo”. Esta invitación convencida fue ahondada, extendiéndose en su copioso magisterio que giró siempre en torno al Amor de Dios que nos sostiene, que nos asegura la comunión con el Eterno, que nos conforta en la vida y da razones para vivir, librando a los hombres de sus miedos, miserias y maldades. Esa Caridad, que ha sido el faro que ha iluminado su vida y ha centrado su magisterio, es también el fuego del Amor divino que le confortó, lo llevó a una humildad ejemplar y a esa mansedumbre amable, característica de su persona, que tantos han alabado estos días, pero también a la coherencia con la Verdad –que es la única explicación de su renuncia final al gobierno de la Iglesia— y a una paciente fortaleza para no desfallecer ante la embestida del mal, de esos “lobos” que desde el inicio sabía que habían de aparecer. Porque ser pastor –como él mismo dijo y Francisco recordó en sus exequias— «quiere decir amar, y amar quiere decir también estar dispuestos a sufrir. Amar significa dar el verdadero bien a las ovejas, el alimento de la verdad de Dios, de la Palabra de Dios; el alimento de su presencia». Ahondando en lo profundo de su persona sabemos, sobre todo, que su ministerio fue el «servicio en una persona que no vive y actúa para sí misma, sino para Cristo y, por tanto, para todos», y que la autenticidad de su vida y predicación fue siempre fruto de un camino interior de búsqueda personal “del rostro del Señor” (Sal 27,8) en una inquebrantable fidelidad (…)…

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