La ciudad de Belén ha encendido ya el árbol de Navidad, y el Vaticano también. Mientras, en nuestras calles, siguen los trabajos, la lucha por la vida, la convivencia, un gran deseo de superar las dificultades, y la sombra oscura de tantas crisis. Las luces y los adornos de la Navidad nos animan a preparar una celebración que reconforte nuestros afectos y nos llene de alegría. Si nos paramos a pensar, todo nos invita a considerar el tiempo de Adviento como una peregrinación del alma, un camino interior del corazón en el que viajamos, durante unas pocas semanas, desde la Anunciación, ocurrida en Nazaret, hasta el Nacimiento de Jesús en Belén.

El Adviento es una temporada corta, pero cubre una larga distancia, tanto en nuestra liturgia como espiritualmente, pues podemos hacer ese camino del alma que va desde Nazaret hasta Belén, un camino hacia el infinito, hacia la eternidad. El Adviento es el camino de la vida espiritual que tiene un principio, pero no un fin.

Los primeros cristianos hablaron de la venida de Jesús con gran alegría, describiéndola como una nueva creación, como una estrella brillante de la mañana que se elevaba en sus corazones. Y recordaban las palabras de Jesús: “Ahora yo voy a hacer nuevas todas las cosas”.

Cada Adviento es un tiempo para despertar nuestro corazón del sueño de los hábitos perezosos y salir de la indiferencia con respecto a nuestra vida espiritual. Es un tiempo de remover barricadas y obstáculos, de enderezar los caminos de nuestro corazón –como dijeron los profetas— y que nos conduzcan de manera más directa a Dios.

Ciertamente debemos asegurarnos de que nuestros corazones estén puestos en Jesús, en su voluntad, en su plan para nuestras vidas. Debemos estar seguros de que amamos lo que Él ama. Podemos saber quiénes somos según lo que amamos, de acuerdo a lo que elegimos hacer cada día, y las prioridades a las que dedicamos nuestro tiempo. Hace falta mirar a nuestro alrededor con sensibilidad cristiana para encontrar a los que sufren y a los necesitados de bienes, de trabajo, de calor humano, de acogida, de ayuda, de compasión. Podemos intentar cada día hacer más obras buenas para los demás, viviendo así como Jesús lo hizo, con caridad, misericordia y perdón.

Pero con Jesús la posibilidad de volver a comenzar siempre existe ¡Siempre! Él nos espera y no se cansa nunca de nosotros. Cuando nos exige algo es para hacernos crecer en su amor. El único mandato es el de amar. Se puede sufrir por amor, pero también se puede gozar y descansar por amor.

Este tiempo de Adviento es ocasión idónea para reavivar la esperanza. No una esperanza humana, fundada en las propias capacidades, sino la esperanza teologal por la cual se pone toda la confianza solo en Dios, que es omnipotente, sabio e ilimitadamente bueno. Es tiempo de reconocer la propia nada, la total y gozosa dependencia de Dios. Esa experiencia nos permitirá reconocer sus maravillas y llegar a alabarle en espíritu y en verdad. Pero es tiempo también para ensanchar el corazón con su misma caridad, servir a los demás con generosidad y compartir nuestros bienes con los necesitados. La alegría de preparar desde ahora los alimentos para los pobres, el gozo de tantas personas generosas trabajando por hacer la vida más feliz a los demás, la acogida de los emigrantes y refugiados, los voluntarios de Cáritas en acción, los miles y miles de esfuerzos por compartir, encienden también muchas luces en los corazones con un brillo que va más allá de nuestras calles, porque su luz llega hasta el Cielo.

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