Jesús –el Hijo de Dios—se hizo hombre, vino al mundo, porque nació de una madre, la Bienaventurada Virgen María. Cuando preparamos la Navidad cada año nuestra mirada necesariamente se encuentra con la Virgen María, con su modo de esperar y preparar su venida. Y siempre nos hace bien observarla para aprender también nosotros a recibirle. Ella nos conduce a contemplar el Misterio de la Encarnación. Ella, la elegida para traer al Verbo, es quien vive el primer Adviento, la espera del Salvador, y nos enseña hoy a abrir de par en par nuestro corazón al Señor.

La Virgen Inmaculada, cuya fiesta celebraremos próximamente, es el personaje eminente del Adviento. La Madre Inmaculada resplandece tanto que aparece como el centro del Misterio preparado e iniciado, de modo que celebraremos la solemnidad de la Inmaculada Concepción como “preparación radical a la venida del Salvador y feliz principio de la Iglesia sin mancha ni arruga (Marialis Cultus, 3).

La encarnación es la revelación de Dios hecho hombre en el seno de María Santísima por obra del Espíritu Santo. Viene al mundo a través de Ella, preparada con una gracia única y absolutamente singular para que fuese su Madre, asociada por excelencia en la obra de redención. Dios intervino en la humanidad a través de la mediación materna de María, y a través de Ella viene el Redentor al mundo. Ella es quien lo trae y lo presenta. Por eso no podemos fijar la mirada en la Encarnación del Verbo sin contemplar necesariamente a la Virgen Santísima.

Cuando María dijo: «Hágase en mí según Su Palabra«, dio su consentimiento no solo a recibir al Niño, sino que se entregó a todo lo que conllevaba el ser la Madre del Salvador. Esta aprobación de María pone de relieve la calidad excepcional de su acto de fe. Nos muestra una fe que, ante todo, es conversión, es decir, entrar en el horizonte de Dios, en la mente de Dios, en sus proyectos, en los pensamientos de Dios y de sus obras.

María creyó con prontitud y con constancia, sin dudar ni un instante. De ella tenemos que aprender a decir: “Hágase en mí según su voluntad”. Dice San Ireneo: “Creyendo y obedeciendo se hizo causa de salvación para sí misma y para todo el género humano”. Por eso no nos cansamos de repetir: «Bendita tú entre las mujeres«. «Dichosa tú, María, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá«. 

María es la “llena de Gracia”, la “bendita entre las mujeres”, la “Virgen”, la “Esposa del Espíritu Santo”, la “sierva del Señor”. Es la mujer nueva, la nueva Eva que restablece el designio de Dios por la obediencia de la fe en el misterio de la Salvación. Es la Hija de Sión, la que representa el Antiguo y el Nuevo Israel. Es la Virgen del Fiat, la Virgen fecunda. Como Madre del Verbo Encarnado, como humanidad cómplice de Dios, hizo posible su entrada definitiva en el mundo y en la historia del hombre. Ella mantiene en nosotros el recuerdo de la primera venida de su Hijo y la tensión de su vuelta al final de los tiempos.

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