MI MENSAJE EN LA FIESTA DE LA DIVINA MISERICORDIA

¡Feliz Pascua! Este primer domingo después de la Resurrección de Cristo se llama domingo «in Albis«. En este día, antiguamente, los neófitos de la Vigilia pascual se ponían de nuevo su vestido blanco. Así se significaba que por el bautismo recibido su nueva vida cristiana debía estar “iluminada”, llena de la luz del bien y la verdad de Dios, transmitiendo al mundo su bondad.

El Papa San Juan Pablo II instituyó en el año 2000 la fiesta de la Divina Misericordia que celebramos este segundo domingo de Pascua. La Misericordia divina resume y sintetiza el misterio de la Redención, la salvación de Cristo, pero presentando la fuerza del poder del amor de Dios que supera todos los males y se opone a la tiniebla del mundo. “La misericordia es el vestido de luz que el Señor nos ha dado en el bautismo. No debemos dejar que esta luz se apague; al contrario, debe aumentar en nosotros cada día para llevar al mundo la buena nueva de Dios” (Benedicto XVI, Homilía 17 abril 2007). Ser cristianos supone que seamos hombres y mujeres de la misericordia de Dios.  ¡La divina misericordia! Este es el don pascual que la Iglesia recibe de Cristo resucitado y que ofrece a la humanidad.

En la proclamación de la misericordia divina se ha visto la unidad interna del mensaje y doctrina de San Juan Pablo II, pero también las intenciones fundamentales del Papa Francisco –quien enseguida propuso el Año de la Misericordia—, e incluso el magisterio de Benedicto XVI centrado en el amor. No es extraño, pues el prodigio de la Divina Misericordia nos lleva al corazón mismo de la vida cristiana y al mensaje que nuestro mundo, tan herido y conflictivo, necesita acoger si quiere que cambie radicalmente el destino de la humanidad.

El Papa Francisco nos ha recordado: «La misericordia cambia el mundo, hace al mundo menos frío y más justo. El rostro de Dios es el rostro de la misericordia, que siempre tiene paciencia. […] Dios nunca se cansa de perdonarnos. El problema es que nosotros nos cansamos de pedirle perdón. ¡No nos cansemos nunca! Él es el padre amoroso que siempre perdona, que tiene misericordia con todos nosotros«.

La Iglesia anuncia hoy a todos los hombres la alegría pascual en la que resuena la victoria del amor sobre el temor del hombre: sobre el temor de las conciencias humanas, nacido del pecado; sobre el temor de toda la existencia, nacido de la «muerte de Dios» en el hombre, en la cual se abren las perspectivas de una múltiple «muerte del hombre». Hemos de dar gracias al Señor por su amor, que es más fuerte que la muerte y que el pecado. Ese amor se revela y se realiza como misericordia en nuestra existencia diaria, e impulsa a todo hombre a tener, a su vez, «misericordia» y amar a Dios y amar al próximo, e incluso a los «enemigos», siguiendo el ejemplo de Jesús. Se nos pide que tengamos plena confianza en la Misericordia de Dios, que es más fuerte que nuestra debilidad, y que seamos siempre misericordiosos con el prójimo a través de nuestras palabras, acciones y oraciones. Dios quiere que nos acerquemos a Él arrepentidos de nuestros pecados y pidiéndole que derrame su Misericordia sobre nosotros y sobre el mundo entero. También quiere que por medio de nosotros se derrame sobre los demás.

 Jesús nos dijo: “Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5,7). ¡Feliz Pascua!

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