HOMILÍA EN EL DOMINGO DE RESURRECCIÓN

(…). La resurrección de Cristo no es fruto de una especulación ni de una experiencia mística subjetiva. Es un acontecimiento que sobrepasa ciertamente la historia, pero que sucede en un momento preciso de la historia dejando en ella una huella indeleble. La luz que deslumbró a los guardias encargados de vigilar el sepulcro de Jesús ha atravesado el tiempo y el espacio. Es una luz diferente, divina, que ha roto las tinieblas de la muerte y ha traído al mundo el esplendor de Dios, el esplendor de la Verdad y del Bien. Así como en primavera los rayos del sol hacen brotar y las yemas en las ramas de los árboles, así también la irradiación que surge de la resurrección de Cristo da fuerza y significado a toda esperanza humana, a toda expectativa, deseo o proyecto de bien. Por tanto, hemos de confesar que todo el universo se alegra hoy, al estar incluido en la primavera de la humanidad, de la que se hace intérprete del callado canto de alabanza de la creación. El aleluya pascual, que resuena en la Iglesia peregrina en el mundo, expresa la canto silencioso y exultante del universo y, sobre todo, el anhelo de toda alma humana sinceramente abierta a Dios, más aún, agradecida por su infinita bondad, belleza y verdad. (…)

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