Al comenzar un año nuevo tendemos espontáneamente a hacer balance. No perdamos de vista que nuestro tiempo es breve, pero parte muy importante de la herencia recibida de Dios, quizá nuestro mayor tesoro.

Debemos gracias a Dios por todos los beneficios recibidos durante el año. Los motivos de agradecimiento son siempre inmensos, en lo humano y en lo sobrenatural. Son incontables los cuidados de Dios para con nosotros, los méritos alcanzados al ofrecer nuestro trabajo o nuestro dolor por los demás, las numerosas ayudas que de otros hemos recibido, así como las mociones del Espíritu Santo, las gracias recibidas en el sacramento de la penitencia y en la comunión eucarística.

Si miramos cada uno de los días del año también tenemos motivos para pedir perdón al Señor, haciendo actos de contrición y de desagravio. Cada día hemos de pedir perdón, porque cada día perdemos oportunidades de mejorar, de ayudar a los demás y ofendemos a Dios en muchas cosas. Pedir perdón por todo esto, por nuestros errores y pecados cometidos en este año que termina, es también un modo de volver a empezar. Y dar gracias –como antes decía— por los muchos beneficios recibidos.

Ante un año que comienza lo lógico y sensato a es hacer nuevos propósitos, puesto que somos peregrinos de la vida, como la Iglesia nos recuerda. Ella misma está presente en el mundo y, sin embargo, es peregrina. Se dirige hacia su Señor peregrinando “entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios” –como dijo San Agustín—. Nuestra vida es también un camino lleno de tribulaciones y de consuelos de Dios. Tenemos una vida en el tiempo, en la cual nos encontramos ahora, y otra más allá del tiempo, en la eternidad, hacia la cual se dirige nuestra peregrinación. El tiempo de cada uno es una parte importante de la herencia recibida de Dios; es la distancia que nos separa de ese momento en el que nos presentaremos ante nuestro Señor con las manos llenas o vacías. Sólo ahora, aquí, en esta vida, podemos enriquecernos para la otra. En realidad, cada día nuestro es un tiempo que Dios nos regala para llenarlo de amor a Él, de caridad con quienes nos rodean, de trabajo bien hecho, de ejercitar las virtudes, de obras agradables a los ojos de Dios. Ahora es el momento de reunir el tesoro que no envejece. Este es, para cada uno, el tiempo propicio, éste es el día de la salvación.

El tiempo del que cada uno de nosotros dispone es corto, pero suficiente para decirle a Dios que le amamos y para dejar terminada la obra que el Señor nos haya encargado a cada uno. Ya lo advertía San Pablo: “Andad con prudencia, no como necios, sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, pues pronto viene la noche, cuando ya nadie puede trabajar” (Ef 5,15-16). Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar. No es justo, por tanto, que lo malgastemos, ni que tiremos ese tesoro irresponsablemente por la ventana: no podemos desbaratar esta etapa del mundo que Dios confía a cada uno.

Cualquier año puede ser el mejor año si aprovechamos las gracias que Dios nos tiene reservadas y que pueden convertir en bien la mayor de las desgracias. Para este año que comienza Dios nos ha preparado todas las ayudas que necesitamos para que sea un buen año. No desperdiciemos ni un solo día.

Os deseo a todos un buen año: “¡feliz año nuevo!”. Que podamos ver nuestras manos llenas del trabajo ofrecido a Dios, apostolado, incontables muestras de caridad con quienes nos rodean, encuentros amistosos llenos de alegría y comprensión.  Que, con el Señor a nuestro lado, podamos convertir las derrotas en victorias, recomenzando de nuevo. La Virgen, Madre de Dios, a quien honra la Iglesia al comenzar el año, nos concederá la gracia de vivir bien este año que comienza.

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