Juan el Bautista había recibido la misión de preparar al pueblo de Israel para la llegada del Mesías. Y esta misión, para Juan, era su vida. Su total dedicación estaba en cumplir esta misión Por eso no importaba de qué se vestía o cómo se alimentaba. Tenía una misión que cumplir y eso era su obsesión, porque lo tomaba en serio. Sabía que en recibir al enviado de Dios el mundo se jugaba la vida.

Eso vale también de algún modo para nosotros, aunque muchos ya le conocemos. Sin embargo, se pone a prueba a diario nuestra fe, y a veces nos falta fuerza y convicción para vivirla en medio del mundo. Por todo ello, la mejor preparación para vivir la Navidad es descubrir la profundidad de la esperanza cristiana, que va siembre unida al conocimiento de Dios, a descubrir a Jesús que con su vida terrena y su predicación nos reveló el rostro de Dios. El es el unigénito de Dios, su propio Hijo. El fundamento de la esperanza es Dios mismo que “tanto amó al mundo que le dio a su Hijo unigénito”, dice San Juan (3,16), para que tengamos vida en abundancia (cf. Jn 10,10). Quien conoce al Señor se da cuenta de que su fe no es algo iluso ni incierto, sino que está edificado sobre la roca, que es Cristo.

San Pablo recuerda a los cristianos que antes de abrazar la fe estaban “sin esperanza y sin Dios en el mundo” (Ef 2,12). Hoy podríamos decir lo mismo del nihilismo y del ateísmo contemporáneo, que lleva a pensar que no hay nada ni antes ni después de la muerte. Nihilismo es “nada”, y vivir sin “nada”, sin más allá, privados de la riqueza de lo eterno y del Eterno. Nada hay, por tanto, de extraño es querer desvirtuar la Navidad para dejarla en “nada”, “casi nada”, o, sencillamente, en lo mejor de la experiencia de afecto humano, que se entiende mejor.

Descubramos, pues, la fuerza de la esperanza. El Señor nos da la posibilidad de acogerle y conocerle cuando llama a nuestra puerta de modo humilde y discreto, buscando acogida, pidiendo posada. Sale a “buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,10). Y se manifiesta en su Palabra y en los sacramentos. Nos sorprende pensar que, aunque parece que nosotros esperamos a Dios, es El mismo quien no deja de esperarnos a nosotros para que volvamos a El. Nos precede en el amor y en la espera. No deja de confiar en nosotros, por incomprensible que parezca, porque sabe que ha inscrito en nuestro corazón un deseo imborrable de vida eterna y bienaventuranza, que solo El puede saciar.

Recordemos, pues, los ámbitos en los que nos será más fácil hallarle: en el corazón de los humildes y pequeños, en los que buscan el bien en la familia, en el trabajo, en la escuela; en los amigos buenos. Nada tan próximo a Dios como vivir la caridad, porque sintonizamos con El y con sus obras, con su venida y su deseo de salvación. Viene el Dios del amor. No olvidemos a los pobres, a los necesitados de bienes o de amor, de compañía y de consuelo y consejo. Compartir nuestras cosas con los indigentes nos convierte en don, y nos hace compartir la misma experiencia de Dios.

Ahora es el momento de pensar en la Virgen María que espera el nacimiento del Señor con ilusión, pero, sobre todo, con fe y obediencia al deseo de Dios, hasta convertirse en “morada” del Señor, en su “templo” en el mundo, en la “puerta” por la que entró en la tierra. Todos, en definitiva, tenemos que responder como ella si estamos dispuestos a prestar a Dios nuestra carne, nuestro tiempo, nuestra vida misma. De este modo sigue entrando en la historia humana a través de nosotros. Si lo permitimos quedamos involucrados y permitimos que nos transmita su misma vida, que es su mayor don, librándonos de la muerte y del mal que nos hace infelices. Así nos santifica. Así viene Dios. El es “el que viene” para estar con nosotros. Viene nuestro Dios y nuestro Rey. Lo más importante ahora es estar pendientes de este encuentro. “Que El, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo se conserven sin mancha hasta la venida de nuestro señor Jesucristo” (1Tes 5,23).

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