El 1 de noviembre se celebra a todos los santos, es el Día de Todos los Santos, día en el que se recuerda a los santos, conocidos y desconocidos. Nos hace reflexionar sobre el doble horizonte de la humanidad, que es la “tierra” y el “cielo”, la historia, nuestra vida y la plenitud de la vida de Dios a la que estamos llamados. “Jesucristo es quien ha introducido en el género humano esta dinámica nueva, un movimiento que la conduce hacia Dios y al mismo tiempo hacia la unidad, hacia la paz en sentido profundo. Ser cristianos, formar parte de la Iglesia, significa abrirse a esta comunión, como una semilla que se abre en la tierra, muriendo, y germina hacia lo alto, hacia el cielo” (Benedicto XVI, 01.11.2012). Los santos y santas a quienes hoy también celebramos vivieron intensamente esta dinámica.

Los nombres que tenemos suelen ser de algún santo o santa, que son nuestros patronos, por ejemplo San Carlos, Santa Teresa, Santa Cecilia, San Pedro, San Juan, San Alberto, etc. En su fiesta los cristianos celebramos el día de nuestro santo. Así recordamos que todos estamos llamados a ser santos, que Dios nos quiere santos, y para eso nos dio el don de la Fe, y que, a partir de nuestro bautismo, esa es nuestra vocación, porque nuestra meta es ser santos, pero para eso hace falta querer serlo con decisión. Conocer sus vidas es decisivo para anhelar imitarles viendo su grandeza y plenitud de vida, su amor atractivo y su entusiasmo por seguir al Señor, pero muchos son casi desconocidos y, por eso los recordamos hoy. A los que ya están en el cielo se les venera porque vivieron su bautismo, hasta el punto de querer seguir a Jesús, actuar como Él, hacer el bien como Él, amar como Él. Podríamos decir que ser santo es sencillamente ser amigo de Jesús, pero de verdad. Viendo lo que ellos hicieron para ser amigos de Dios nosotros los podemos imitar. Son modelo y estímulo para nosotros, pero, además, también son intercesores ante Dios en el cielo, a quienes les podemos pedir ayuda.

Los santos no son personas diferentes de nosotros. Los hay de todas las edades, razas, condiciones, estados de vida, etc. Muchos de ellos llevaron una mala vida hasta que se encontraron con Jesús y cambiaron al seguirle, y fueron con El muy felices e hicieron felices a los demás. La literatura fantástica nos hace creer que para destacar hay que tener poder, incluso super-poderes (como los super-héroes de los comics) que nos hagan sobre-humanos, sin embargo no pensamos que el más grande de todos los poderes es el don de la fe con el que los santos han movido montañas, como prometió Jesús en el evangelio, transformando la realidad del mundo y de las personas con su amor y entrega hasta dar la vida como Jesús. Los apóstoles, mártires y santos todos esperan nuestro triunfo, están atentos a nuestra lucha, no nos olvidan. Especialmente la Virgen María. La fiesta de Todos los Santos, es también una llamada apremiante a que vivamos todos nuestra vocación a la santidad según nuestro propio estado de vida, de consagración y de servicio. La santidad es el destino de todos, no es patrimonio de algunos pocos privilegiados.

Al día siguiente -el 2 de noviembre– la Conmemoración de los Fieles Difuntos, hace que el mes de noviembre sea para muchos el mes de las ánimas, tiempo propicio para rezar por los difuntos y para reflexionar sobre la llamada doctrina de la Iglesia de los “Novísimos” o Escatología, que contempla el dogma cristiano de la resurrección de los muertos y la respuesta al sentido de la vida y de la muerte. Su objetivo es orar por los fieles que ya no siguen en la vida terrenal. Es bueno que como cristianos oremos por nuestros difuntos.

La muerte es sin duda alguna la realidad más dolorosa y misteriosa de la condición humana. Dios, al encarnarse en Jesucristo, no sólo ha asumido la muerte como etapa necesaria de la existencia humana, sino que la ha transcendido, la ha vencido. Por tanto, no vivimos para morir, sino que la muerte es la puerta de la vida eterna, que es el clamor más profundo del hombre de todas las épocas, porque lleva en lo más profundo de su corazón el anhelo de la inmortalidad.

Las vidas de los santos y su presencia tan viva entre nosotros, a pesar de haber fallecido, corroboran este dogma central del cristianismo que es la resurrección de la carne y la vida del mundo futuro, a imagen de Jesucristo, muerto y resucitado. Porque seguir a Cristo lleva a la vida, a la vida eterna, y da sentido al presente, a cada instante que pasa, pues lo llena de amor, de esperanza.

Oremos, pues a los santos, y pidamos por los difuntos. Viendo la caducidad de la vida y el paso del tiempo, deseemos ser santos para gozar eternamente con Cristo en el cielo.

«Nuestro Objetivo debe ser el Infinito, no el finitoBeato Carlo Acutis

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