MI MENSAJE POR EL MES DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

La Iglesia Católica dedica el mes de junio al Sagrado Corazón de Jesús, para que los fieles veneren, honren e imiten más intensamente al Señor, que tanto nos ama. Es un mes donde se quiere demostrar cuánto podemos amar a Jesús a través de las obras, correspondiendo a su gran amor.  El Día del Sagrado Corazón de Jesús, que celebramos el viernes 11 de junio, es la fiesta religiosa que celebra el corazón de Jesucristo como símbolo de su entrega, amor y piedad hacia la humanidad, una fiesta especial para honrar a su Corazón y para pedirle perdón y reparar de algún modo los ultrajes por él recibidos.

La devoción al Corazón de Jesús ha existido desde los inicios de la Iglesia. San Agustín, siguiendo a los salmos, exhortaba a regresar al corazón, para encontrarle. “La revolución del Corazón abierto es el contenido mismo del misterio pascual. El corazón salva en cuanto se dona, se derrocha. Así, en el Corazón de Jesús nos es dado el centro del cristianismo. En Él todo ha sido dicho, la novedad verdadera y realmente revolucionaria que sucede en el Nuevo Testamento. Ese corazón llama, habla a nuestro corazón. Nos invita a salir del intento vano de autoconservación y a encontrar la plenitud del amor en el amar junto con Él, en el donarnos a Él y con Él, pues únicamente la plenitud del amor es eternidad y conservación del mundo” (CF. Benedicto XVI, Miremos al Traspasado). La piedad cristiana incluye, además, los sentidos, integrados unitariamente desde el corazón –que incluye los sentimientos, la sensibilidad, etc. cuyo centro también es el corazón—. Por tanto, la piedad centrada en el corazón corresponde a la imagen del Dios cristiano, un Dios que tiene corazón, que nos ha mostrado que todo esto, es la expresión y la explicación del misterio del amor de Dios con el hombre.

Adoramos el Corazón de Cristo porque es el corazón del Verbo encarnado, del Hijo de Dios hecho hombre. Jesús tiene un Corazón que ama sin medida. Y tanto nos ama, que sufre cuando su inmenso amor no es correspondido. Esto significa que debemos vivir este mes demostrando a Jesús con nuestras obras que lo amamos, que correspondemos al gran amor que Él nos tiene y que nos ha demostrado entregándose a la muerte por nosotros, quedándose en la Eucaristía y enseñándonos el camino a la vida eterna. Todos los días podemos acercarnos a Jesús o alejarnos de Él; de nosotros depende, ya que Él siempre nos está esperando y amando. Que no sufra más con nuestros pecados, porque el pecado nos aleja de Jesús y esto lo entristece porque Él quiere que todos lleguemos al Cielo con Él.

Renovemos alegremente nuestra consagración personal o de nuestra familia, pidiéndole que sea siempre nuestro guía y protector, el centro de nuestros afectos, y que nos ayude a cumplir con nuestros deberes y trabajos, participando de nuestras aflicciones y angustias. Le podemos ofrecer nuestra cruz de cada día con el deseo de que la misericordia, el perdón y la fraternidad estén siempre presentes en nuestra vida. Siempre debemos expresarle nuestra confianza: Para que nuestro amor compense de algún modo la frialdad, indiferencia y falta de amor de quienes no le conocen o rechazan.

Podemos decir con San Juan que «nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» para subrayar que en el origen de la vida cristiana está el encuentro con una Persona. Desde aquí comprendemos bien toda la espiritualidad cristiana. Vivamos pues, para experimentar el amor de Dios y testimoniar el amor experimentado, convirtiéndonos en instrumentos en las manos de Cristo: sólo así podemos ser heraldos creíbles de su amor, renovando en todo momento esta apertura a la voluntad de Dios, porque «el amor nunca se da por «concluido» y completado» (Cf. encíclica «Deus caritas est», 17). 

Sigue siendo Cristo el que salva, el Cordero que se ofrece en sacrificio por amor a nosotros, que nos comunica la omnipotencia de Dios Padre, y que nos trae la felicidad al intuir la grandeza de su mensaje. Sigue siendo su amor quien nos invita a entregarnos a los demás, a socorrer a los necesitados, a transformar el mundo según su infinita misericordia. Invoquemos al Señor con todas nuestras fuerzas: “Sagrado Corazón de Jesús: ¡Confío en ti!

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