En su Pascua, el Señor ha cumplido todas sus promesas. Definitivamente es el Enmanuel, el Dios-con-nosotros que quiere quedarse para siempre con nosotros en la Eucaristía, como pan que da la vida: “El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne” (Jn 6,51…); “si no coméis la carne y bebéis la sangre de este Hombre, no tenéis vida en vosotros” (6,53). “Quien como mi carne y bebe mi sangre habita en mi y yo en Él” (6,56). Es decir, la Iglesia vive de la eucaristía, y nosotros también. Guardemos con fidelidad esta Cena que hace presente a Cristo y nos alimenta, nos hace discípulos fieles, en la humildad y en el amor del que ha dado la vida por nosotros.

Cristo vive para siempre y está realmente presente con toda su persona y su vida, con todo su misterio y con todo su amor redentor, en el pan y en el vino de la Eucaristía. No podemos ocultar ni silenciar al que es el Hijo de Dios venido en carne, luz, camino, verdad, vida, reconciliación, paz, salvación para todos, alivio y descanso para quien acude a Él. Celebrar la presencia real del Cuerpo de Cristo en la Eucaristía nos debe hacer testigos coherentes para mostrarlo también en nuestra sociedad, en nuestras relaciones, criterios y trabajos. Sin la Eucaristía el apostolado y la evangelización nos son posibles, o acaban manifestándose como cargas insoportables, algo infructuoso, pues nadie da de lo que no tiene.

Es maravilloso experimentar cómo la participación asidua en la Eucaristía nos hace, con el paso del tiempo, capaces de amar, y por tanto de ser más felices. El principal motivo de nuestra infelicidad es no saber amar, y no saber amar nos lleva también a comunicar mentira, división y amargura… Nos incapacita para llevar al Señor a los demás. La Eucaristía es la fuente de auténtica caridad, no entendida como dar de lo que sobra, sino como amar al modo de Cristo: hasta el extremo. La caridad es más que el amor filantrópico, es un hábito sobrenatural que el Espíritu Santo va generando en nosotros y nos hace sentir como Cristo, amar como Cristo, actuar como Cristo. Por ello la fuente de la caridad es la comunión eucarística. En la Eucaristía recibimos por así decir el mismo Corazón de Cristo y su capacidad de amar. Y esto es lo que más necesitamos: tener la capacidad para amar por encima incluso de nuestros límites meramente naturales.

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