MI HOMILÍA EL DOMINGO DE RESURRECCIÓN, 4 DE ABRIL DE 2021.

¡Aleluya! ¡Cristo ha resucitado! “¡Este es el día en que actuó el Señor!” (Sal 117). El salmo que hemos cantado gozosamente expresa la explosión de alegría de toda la Iglesia, que proclama para el mundo el gozo de la resurrección del Señor. ¡Ha resucitado, esta vivo, ha vencido a la muerte!

Queridos hermanos, sacerdotes, seminaristas, pueblo santo de Dios; queridos hermanos cofrades, consejo local, director del secretariado; queridos fieles que seguís la celebración por la televisión a través de Onda Cádiz:

Celebramos gozosos la fiesta de la luz, de la alegría, de la esperanza, porque –como dice la Secuencia de la misa de hoy— “lucharon vida y muerte / en singular batalla / Y, muerto es que es la Vida, / triunfante se levanta”.

A partir de ahora, con la resurrección de Jesucristo, todo adquiere sentido. Cada pascua es una nueva primavera en la que florecen las gracias propias de vivir injertados en Cristo, rebrota la vida nueva que vence el pecado, confiesa la fe, pasa de la tiniebla a la luz, del mundo al evangelio. Es el regalo del resucitado que hace nuevas todas las cosas y renueva el mundo, pues hace una nueva creación.

Los testigos de la resurrección nos dejan los relatos que encontramos en los evangelios, como el que hemos escuchado, del sepulcro vacío y los encuentros con el resucitado. El evangelio de San Juan conserva aún la frescura del primer asombro, la sorpresa, el dolor. María Magdalena no puede pensar más que se trata de un robo, y así va a contarlo a los apóstoles, a Pedro y Juan, que precipitadamente van al sepulcro a comprobarlo. Pero allí –nos dice— Juan “vio y creyó”, y entonces comprendió las Escrituras. Todo se ilumina con la experiencia real vivida y todo cobra sentido. Ellos no pensaban en la resurrección, aunque Jesús la hubiese anunciado, pues su interpretación, en aquella mentalidad judía, se refería a otra cosa. Fue la experiencia de Cristo resucitado la que les hizo comprender e interpretar todo lo que había sido anunciado sobre Jesús. Se pone de manifiesto que nuestra fe no sigue el relato de un mito, sino que se basa en la historia, en la que Dios ha entrado haciéndose hombre y viviendo en el tiempo, para redimir al hombre histórico, aquí y ahora.

Se comprende por tanto el primer anuncio de la fe, tal como Pedro lo relata en casa de Cornelio (cf. Hch 10, 34a. 37-43), haciendo un somero resumen de la historia de Jesús, y dando su testimonio sobre Él. Desde su experiencia vivida puede dar a conocer sus efectos y consecuencias para nosotros: “Dios lo ha hecho juez de vivos y muertos”, está lleno de poder, y los que creen en Él reciben el perdón de los pecados. Este mismo anuncio es el que sigue repitiendo la Iglesia en todo el mundo, basado en la experiencia de los primeros testigos, cuyos efectos están al alcance de todo el que cree. Como recuerda San Pablo a los cristianos Colosenses (Cf. Col 3, 1-4), las consecuencias para nosotros son claras y determinan la vida. Gracias a su resurrección hemos resucitado nosotros. En el bautismo fuimos “sepultados para resucitar” con Él (cf. Rm 6, 4), y vivimos ciertamente para resucitar, por lo que no podemos vivir ya a un nivel puramente humano y material, “carnal”, sino como ciudadanos del cielo que somos, anhelando otros bienes, “los de arriba”, esto es, la caridad de Dios, vivir en esperanza, en la fe que da horizonte y sentido a la existencia. No se trata de espiritualismo alguno sino, por el contrario, del mejor modo de abrazar la realidad personal y todo cuanto nos rodea.

Queridos amigos: Jesucristo resucitado es quien conduce la historia, nuestras vidas, nos hace testigos inauditos de la gracia de Dios, personas en quienes se ha de transparentar la gloria de Dios. Cristo nos hace felices pues Él vive para siempre, ha resucitado, está junto al Padre y estamos con Él, vivimos en Él. Esta verdad nos aferra y nos hace entender que esta vida resucitada está por encima del sufrimiento y del dolor humano, de las guerras y divisiones, y nos enseña a vivir con horizonte de eternidad y a amar.

Que disparatadas suenan ahora las palabras de F. Nietzsche: “Hermanos, yo os conjuro ¡sed fieles a la tierra!”, cuando invitaba al hombre, el supuesto “superhombre” a vivir sobre su voluntarista voluntad de poder, como poderoso enfrentado con Dios. La cultura marcada por su consigna no ha hecho más que un mundo más desgraciado, de huérfanos, perdidos y enfrentados en esta tierra que no puede salvarse por si misma, porque la tierra es caduca e impotente. Solo Cristo nos hace fieles a la tierra por amor, animándonos a acercarnos al mundo con la caridad que da la vida y enseña a vivir con grandeza y humildad. Las bienaventuranzas son la verdad de la vida cristiana, que nos hace amar la tierra, a sus afligidos moradores, anhelantes de bien y de perdón. Dejemos que estalle la vida en nuestro corazón y que se desarrolle en el mundo con todo su poder.

¿Creemos, experimentamos, vivimos que su amor supera los obstáculos, nos hace vivir plenamente? Esta es la certeza de su victoria, que nos hace vivir en esperanza, que se da en medio del sufrimiento, en medio de la agonía del mundo. Pero esto nos obliga a examinar si nuestro seguimiento del Señor nos hace vivir un amor con el que se supera la dificultad, da sentido y alegría, da la paz. Decía Chesterton, con su agudeza habitual, que los primeros cristianos sabían que tenían una llave diferente y única que podía abrir la prisión del mundo entero para encontrar la luz de la libertad. Esta ha de ser nuestra certeza unida a la experiencia del conocimiento personal de Cristo vivo que puede seducir al mundo relativista, más aún en este momento de confusión, pues –como también recordaba este autor—el hombre está hecho para dudar de si mismo, no de la verdad, aunque hoy se han invertido los términos.

Dejémonos atrapar por este misterio de amor para ser hombres nuevos, invadidos de eternidad, para cantar el amor de Dios sin temor. Aunque debamos dejar el pequeño ídolo que cada uno se construye de si mismo a su propia imagen, para crecer a imagen de Dios, sin miedo a Su acción poderosa. Cristo resucitado sigue actuando en la Iglesia, nos habla en su Palabra siempre actual, viva y eficaz, nos fortalece y alimenta en los sacramentos, se hace tangible en la comunidad. Vivamos felices por cuanto ha hecho y hace el Señor por nosotros, tengamos la valentía de proclamar su amor en toda nuestra vida.

Que esta Pascua sea la fiesta del paso para salir de nosotros mismos y volver a Dios. La Pascua nos regala un tiempo largo para saborear numerosos encuentros con Cristo Resucitado, como lo vivieron los apóstoles, para afianzar la fe, para renovarnos interiormente, para experimentar la fuerza de la esperanza. Pidamos la felicidad de la Pascua, fruto del amor de Dios, que nos llena de esperanza. ¡Que nos conceda el Señor a todos una Pascua llena de su gozo! ¡Feliz Pascua! “Rey vencedor, apiádate / de la miseria humana / Y da a tus fieles parte / en tu victoria santa”. Amen.

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