El Papa Francisco nos invita a celebrar de nuevo las “24 horas para el Señor”. En medio de este tiempo fuerte de Cuaresma, tiempo de oración y de conversión, el Papa Francisco llama a toda la Iglesia a acrecentar la fe, la esperanza y la caridad a través de las prácticas de la oración, el ayuno y la limosna, y que todas las comunidades cristianas pasen 24 HORAS CON EL SEÑOR, que se celebrará de nuevo este año el próximo viernes y sábado, los días 12 y el 13 de marzo. Es precioso ver a toda la Iglesia orante a los pies del Santísimo, expresión de comunión y de fraternidad, de intimidad con Cristo en la intercesión por la salud del mundo. Esta apertura extraordinaria de la iglesia, que ofrece orar y confesarse en un contexto de adoración eucarística, tiene gran significado. Desde hace años este alto en el camino cuaresmal nos ha unido en la adoración del Santísimo y en la renovación del corazón a través del sacramento de la penitencia. Aunque este año las limitaciones horarias del toque de queda no permitan mantener las horas de la noche, esta iniciativa, en la que os animo a participar, nos unirá de nuevo en una profunda experiencia de fe.

Somos conscientes del valor de la oración, más que nunca en esta cuaresma marcada por la pandemia, y de la importancia de la intercesión que nos une en un mismo deseo de bien para nuestros amigos y cercanos, en un impulso de caridad, y nos hace presentar a Dios nuestra súplica humilde. Orar ha impulsado nuestra esperanza, nos ha abandonado en la providencia de Dios, nos ha hecho más solidarios, y ha puesto nuestra mirada en nuestro destino, relativizando tantas cosas terrenas que habíamos casi idolatrado, pero que, como es evidente, no pueden salvarnos. Nuestro mundo está sediento de esperanza, lo está cada hombre y mujer, cansados de las frustraciones y de los fracasos de su historia personal y colectiva. El noble empeño de construir un mundo mejor se transforma en fatiga insuperable, en escepticismo salvaje o en fanatismo violento si no está abrazado por la certeza del futuro que nace de un Amor que ya está presente. Sólo esa esperanza que nace del encuentro con el Dios que se ha encarnado, que ha padecido y que ha resucitado de la muerte, nos da el valor de apostar nuevamente por el bien, a pesar de todos nuestros fracasos y cansancios. En las pruebas verdaderamente graves es necesaria esta gran certeza, que, incluso en el sufrimiento, puede convertirse en «escuela» de esperanza haciéndonos madurar y encontrar sentido a la tribulación, mediante la unión con Cristo que ha sufrido con amor infinito. Entrar en su revolución de amor, realizada ya en su Cruz y Resurrección, nos libera de la ilusión de autosuficiencia y nos adentra en su Reino de justicia, de amor y de paz.

El Santo Padre pone mucho interés en la reconciliación y nos invita a recibir el sacramento de la penitencia. Cuando meditamos cómo Jesús acoge a los pecadores, come con ellos, revela su compasión a los enfermos, y desvela las entrañas de Dios rico en misericordia, recordamos que también nosotros somos pecadores, necesitados de la misericordia y el perdón de Dios. Cristo “murió por nuestros pecados” (1Cor 15,3) y abrió así una corriente de amor entre Dios y los hombres, renovando nuestra relación con Dios y con los demás. Por eso es tan importante confesar los pecados. Aunque aspirar a una santidad que parece imposible puede llevarnos a desánimo y falta de lucha por la santidad, la experiencia del perdón, sin embargo, nos estimula, nos hace misericordiosos para con nosotros mismos y para los demás, cambia nuestra forma de relacionarnos y nos ayuda a ser pacientes y más comprensivos con los fallos ajenos.

Es frecuente en las ideologías modernas identificar el mal en una causa exterior, haciéndonos creer que con eliminar algunas injusticias reinará ya la justicia. Son miradas ingenuas y miopes porque que el mal tiene también su origen en el corazón humano donde encontramos cierta convivencia con el, una extraña fuerza de gravedad que nos cierra en nosotros mismos o nos lleva a la autosuficiencia, al egoísmo y al poder. El salmista, sin embargo, nos recuerda: “Mira en la culpa nací, pecador me concibió mi madre” (Sal 51,7). La confesión de los pecados y la gracia del sacramento de la reconciliación nos hace salir de esa cerrazón y contrarresta el impulso egoísta que nos cierra al amor. Siempre debemos pedir como mendigos la misericordia que ordena los impulsos del corazón, pone los deseos en Dios y se deja amar. “Él perdona todos tus pecados” (Salmo103,3).

Aprovechemos pues las “24 horas con el Señor” que nos propone el Santo Padre. Nos acercaremos más al Señor, recibiremos la paz de la reconciliación y podremos aportar mejor el consuelo de la esperanza y de la misericordia a cuantos nos rodean, algo que tanto necesitamos.

El 12 y 13 de marzo celebramos las «24 horas para el Señor»

Cuaresma 2021

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