Cada persona, a su modo, busca la felicidad, e intenta alcanzarla recurriendo a los recursos que tiene a disposición. Pero tenemos que reconocer –y lo comprobamos a diario en este tiempo de pandemia— que no nos salvamos por nuestras propias fuerzas, sino que dependemos, en lo más profundo del ser, de Dios y de los demás. Según el Evangelio, la salvación comienza con la aceptación de Jesús: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa» (Lc 19, 9). Comprobamos, en efecto, que nada creado puede satisfacer al hombre por completo, porque Dios nos ha destinado a la comunión con Él y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Él (cf. San Agustín, Confesiones I,1). El nos rescata del pecado y nos hace hijos de Dios, partícipes de su naturaleza divina (cf. 2 P 1, 4) y regenera nuestras acciones, de modo que, asimilados a Cristo, podamos hacer “buenas obras” (Ef 2, 10). Sin embargo, pecando, abandonamos la fuente del amor y nos perdemos en formas espurias de amor que nos encierran cada vez más en nosotros mismos. Esta separación de Dios – de Aquel que es fuente de comunión y de vida – sólo conduce a la pérdida de la armonía entre los hombres y de los hombres con el mundo, y provoca más disgregación y dolor (cf. Rm 5, 12).

La Cuaresma nos recuerda por ello que cuando el camino se vuelve más difícil se suceden las caídas y podemos abandonar el amor a Cristo, pero también que la gracia del sacramento de la Penitencia puede reintroducirnos en el orden de relaciones inaugurado por Jesús, para caminar como Él (cf. 1 Jn 2, 6). Porque estamos llamados a una vida nueva existencia conforme a Cristo (cf. Rm 6, 4) que nos introduce en las relaciones concretas que Él mismo vivió: en ellas tocamos la carne de Jesús, singularmente en los hermanos más pobres y más sufridos. En la Iglesia, que es una comunidad visible, Jesús Salvador nos introduce y empuja a los cristianos a la caridad con el prójimo, al cuidado de la humanidad sufriente de todos los hombres, a través de las obras de misericordia corporales y espirituales, y a la misión para anunciar a todos los hombres el gozo y la luz del Evangelio.

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