EXHORTACIÓN PARA VIVIR LA CUARESMA

Hemos comenzado ya la Cuaresma, unos “días santos” donde el pueblo cristiano se prepara para celebrar la Pascua y renovar su participación en este misterio, un tiempo privilegiado para recuperar el amor a Dios. Tomando a Cristo como modelo y uniéndonos a Él en su retiro en el desierto nos disponemos a seguirle en el misterio de la cruz para participar en la gloria de la resurrección.

En este tiempo marcado por la pandemia y sus consecuencias, donde parece que se han derrumbado tantas cosas, el Señor nos repite “Mira, hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5). El hombre, encerrado en sí mismo y oprimido una realidad hostil, busca una mano amiga, busca un redentor, un salvador, que rompa sus cadenas, que le permita transitar por los espacios del amor, de la verdad y de la vida. Firmemente asentados en el Amor de Dios encontraremos su consuelo, el vigor de la fe y la fuerza de la esperanza con la que superar las dificultades. Dios está cerca de nosotros, a vuestro favor, y nunca nos abandona en las pruebas para que podamos decir en nuestra propia situación: “todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Fil 4,13).

La Cuaresma es un camino de fe para profundizar gradualmente en nuestra vida de bautizados siguiendo a Jesucristo en su vida y doctrina como itinerario de salvación. La respuesta que Jesús espera es la conversión y la fe: Convertíos y creed al Evangelio” (Mc 1,15). Al imponernos la ceniza recibimos una primera llamada que pretende sacarnos de la rutina, hacer un giro en la marcha de nuestra vida, un cambio de dirección. El Señor nos invita a comenzar de nuevo, a despertar y vigilar para renovarnos y vivir mejor. Buscar sinceramente la conversión sabemos que supone aceptar una constante suma de conversiones a lo largo de la vida y volver un año más con Jesús al desierto –lugar privilegiado del encuentro con Dios cara a cara—, donde vence la tentación, anticipando la victoria en ese permanente duelo entre la luz y las tinieblas en que se debate el mundo y en nosotros mismos. Pero vale la pena luchar contra el mal que no sólo nos acecha, sino que tanto nos contamina y altera, hiriéndonos con su huella.

Se trata de la purificación del corazón con la ayuda del examen de conciencia, el combate espiritual y la lucha contra el pecado. La persona renace en el encuentro con Cristo muerto y resucitado si rechaza en si al “hombre viejo” y emprende seriamente la búsqueda de la santidad. El pecado siempre rompe la comunión y la fraternidad –con Dios y con el prójimo— y nos encierra en nosotros mismos.  Dado que la Cuaresma es un camino sacramental hemos de acudir al sacramento de la penitencia que otorga todo su valor a las prácticas penitenciales y nos asienta en la gracia de Dios, nos auxilia y fortalece para participar del misterio de la salvación. Cristo, lleno de misericordia, nos reconcilia y alienta diciendo: «quiero que vivas, quiero que tu vida sea feliz, que tu vida sea vida». Además, conocemos bien la “medicina del alma”, los remedios saludables, las condiciones de este proceso penitencial que nos mostró Jesús: la oración, el ayuno y la limosna son los cauces imprescindibles para volver a lo esencial, renovar el espíritu, dejar lo que nos sobra y ejercitar la caridad ayudando a los necesitados.

Volvamos a escuchar a Dios para sentirnos en su regazo como hijos amados, y superar el miedo y la oscuridad: Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo”. Solo podemos ser discípulos si escuchamos con atención. Nada mejor para dejarnos seducir, para acrecentar nuestra fe, para confiar. ¡Tiene tanto que decirnos, tanto amor que transmitir, tanta intimidad que desvelar! Dejemos que resuene cada día en nosotros la voz del Maestro que nos invita a progresar en la virtud siguiendo su ejemplo de humildad, de paciencia y mansedumbre, para dar gloria al Padre con auténtica decisión. Hagamos, pues, oración. Que la familia sea escuela de piedad y que la participación en la Misa Dominical alimente nuestra plegaria. Siguiendo a Cristo orante, modelo de docilidad y obediencia, veremos cómo se fortalece y ensancha nuestra fe.

Levantado en la Cruz, nos atrae el Señor, vencedor del mal y de la muerte, y con su silencio obediente reclama nuestra respuesta: “Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,20-33). Cuesta entender cómo conciliar la fe en un Dios bueno con el hecho del sufrimiento que nos acecha por el simple hecho de ser humanos, más aún en un mundo hedonista como el nuestro. No obstante, el Hijo de Dios, entró en la vida de los hombres asumiendo el sufrimiento como parte integrante de su misión. También nuestro sufrimiento, unido a la cruz de Jesús, dará paso a la gloria. La sabiduría de Jesucristo brilla con una fuerza particular en la locura de la cruz. Esta es la clave que nos ayuda a llevar la cruz de cada día e ilumina nuestro camino en la noche. La confianza en el Hijo de Dios que asume nuestro dolor nos permite transformar el miedo a sufrir y a morir, y a aceptar el sufrimiento desde una perspectiva nueva, esperanzada y llena de sentido. Su entrega por nosotros nos enseña a servir y a sufrir con gratuidad.

La cruz es la puerta de la vida por la que derrama sobre nosotros el Espíritu que nos permite gozar de la comunión con Dios y evangelizar. Aplastado con nuestras culpas da la vida por salvarnos, conoce nuestro mal y lleva sobre sí lo que el hombre no tiene fuerzas para cargar él solo, como muestra aquel sobrecogedor Crucificado de Grünewald –lleno de heridas y llagas—, colocarlo en un hospital donde los apestados podían clavar en él su última mirada, sabiendo que el Hijo de Dios se compadecía de ellos. Nada podrá destruir esta Alianza de amor si acudimos a El con un corazón quebrantado y humillado. Acoger el Reino de Dios como norma de vida para vivir como bautizados exige rechazar el mal y cualquier complicidad con el odio y la injusticia, dejándonos empapar por el sentir del evangelio.  Jesucristo es permanente novedad –“todo lo hace nuevo” (Jn 2, 13-25)—. El es la fuerza que renueva y vivifica la realidad y nos da la esperanza para vivir. Confiar en la misericordia divina nos establece en la esperanza.

La vida de Jesús nos revela también su profunda compasión, su deseo de consolar a todos, de perdonar los pecados e introducir al hombre en la comunión con Dios. El amor de Jesús que nos salvó mediante su muerte e intercede por nosotros desde su trono a la derecha de Dios nos descubre la caridad. Cristo prefirió servir a ser servido. Este Amor misterioso, paradójico, de Dios que no perdonó a su propio Hijo, antes bien lo entregó a la muerte por todos nosotros (Rom 8, 31-34), nos da la gracia de identificarnos con Cristo como fuente de felicidad y vislumbrar algo de su grandeza. Hemos de convertirnos al Amor de Dios que actúa en nosotros acogiéndolo con gozo para vivir por la fuerza de la caridad, que desciende hasta lo concreto de la vida de modo eficaz para ser comunicado después a otros.

La limosna y el ayuno cuaresmal son una privación voluntaria de efecto medicinal y reparador, un remedio que atempera nuestros excesos y nos fortalece interiormente, una prueba de auténtica religiosidad, expresión del dominio de sí, actitud de apertura hacia el otro. Nos dispone a compartir lo nuestro con los necesitados, nos educa en la austeridad y predispone para hacer obras de misericordia Jesús hace de la limosna una condición del acercamiento a su reino (cf. Lc 12,32-33) y de la verdadera perfección (cf. Mc 10,21). Si falta la limosna, nuestra vida no converge aun plenamente hacia Dios.

Basta recordar la imagen del juicio final que Cristo nos ha dado: «Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis…”. La apertura a los otros, que se expresa con la «ayuda», con el «compartir» la comida, el vaso de agua, la palabra buena, el consuelo, la visita, el tiempo precioso, etc., este don interior ofrecido al otro lo recibe Cristo directamente, decide el encuentro con Él. En este camino de conversión llegamos a comprender que la verdadera “limosna” del cristiano va más lejos, no está en dar sino en darse. Dar es un acto de generosidad, pero que se queda vacío y carente de sentido si no viene acompañado de la donación de sí mismo. 

Entremos, pues, en la Cuaresma que es fuente de gozo. Solo recorriendo el camino de la Cruz con Cristo, muriendo con Él, y resucitando con Él, podremos “contagiar”, el gozo y la esperanza, la luz y la vida que sólo Él puede dar y que el mundo necesita. La alegría es ese “secreto gigantesco del cristiano” (Chesterton) que afianza en nosotros la presencia de Dios y nos permite acoger la gracia del Espíritu Santo y todos sus dones. Este consuelo no lo pueden alterar ni las lágrimas de los sufrimientos ni las adversidades presentes. Con Cristo todo se ilumina y nos alienta a recomenzar. Vivamos este tiempo de gracia hasta renovar nuestras promesas bautismales en la Vigilia Pascual para participar con renovada intensidad en la en la vida nueva de Cristo, en tensión hacia la plenitud del que ha de venir.

Oremos unos por otros. Recurramos a la intercesión de los santos, nuestros amigos. Ellos son esa nube de testigos que nos estimulan a correr hacia la meta puestos los ojos en Cristo.

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Del Obispo.

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