MI MENSAJE PARA LA JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO.

El próximo día 11 de febrero, memoria de Nuestra Señora de Lourdes, se celebra la Jornada mundial del Enfermo. Es un momento privilegiado para encomendar a cuantos sufren en todo el mundo la pandemia del coronavirus. “Cuidémonos mutuamente”, nos dice el lema de este año, urgiéndonos a atender a las personas enfermas y a quienes cuidan de ellas, tanto en los hospitales como en sus domicilios.

Aunque la enfermedad forma parte de la experiencia humana, no logramos habituarnos a ella, porque a veces resulta verdaderamente pesada y grave, pero también porque hemos sido creados para la vida, para la vida plena. Cuando somos probados por el mal surge en nosotros la duda y nos preguntamos angustiados: ¿Cuál es la voluntad de Dios?

El sufrimiento humano encuentra su significado más profundo en la muerte y la resurrección de Jesús. De la paradoja de la cruz brota la respuesta a nuestros interrogantes más angustiosos ante la enfermedad y el sufrimiento. Cristo sufre por nosotros, para salvarnos y redimirnos a todos. Cristo sufre con nosotros, dándonos la posibilidad de compartir con él nuestros sufrimientos. Así el sufrimiento humano, unido al de Cristo, se transforma en medio de salvación. Este es el mensaje esperanzador que la Iglesia ofrece a todas las personas que sufren. El dolor, si es acogido con fe, se convierte en puerta para entrar en el misterio del sufrimiento redentor del Señor. Constantemente hemos de pedir a Dios esa mirada de fe, a la luz de la resurrección, y un corazón nuevo para transmitir esperanza en medio del dolor.

Sin embargo, la enfermedad es siempre una prueba, que puede llegar a ser larga y difícil. Cuando se prolonga el sufrimiento podemos quedar abatidos y desanimados ¡Que momento tan importante para recordar las palabras de Jesús: “¡Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”! (Mt 11, 28).  En el Evangelio leemos que «Jesús curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios» (Mc 1, 34); y que Jesús enseñaba y proclamaba la buena nueva del Reino, curaba toda enfermedad y toda dolencia (cf. Mt 4, 23). Quiere dejar claro que es el Dios de la vida, que nos libra de todo mal, que estas curaciones son signos que nos guían hacia el mensaje de Cristo, nos orientan hacia Dios y nos dan a entender que la verdadera y más profunda enfermedad del hombre es la ausencia de Dios, que es la fuente de verdad y del amor. Para vencer la prueba de la enfermedad hemos de tener nuestro corazón inmerso en el amor de Dios. Jesús nos da su fuerza en los sacramentos porque sanan nuestro corazón y nos dan la verdadera vida, porque una vida sin amor y sin verdad no sería vida. Todos conocemos personas que han soportado tremendos sufrimientos, porque Dios les daba una profunda serenidad. 

Recordemos también que en la enfermedad todos necesitamos calor humano: para consolar a una persona enferma, más que las palabras, hace falta la cercanía serena y sincera. Pero recordemos también que las personas enfermas son un camino privilegiado para encontrar a Cristo, acogerlo y servirlo. “Curar a un enfermo, acogerlo, servirlo, es servir a Cristo: el enfermo es la carne de Cristo” (Papa Francisco). Cada uno de nosotros debería llevar la luz de la Palabra de Dios y la fuerza de la gracia a quienes sufren y a sus familiares, médicos y enfermeros, para que el enfermo esté atendido con más humanidad, con entrega generosa, con amor evangélico y con ternura. La Iglesia madre, mediante nuestras manos, acaricia nuestros sufrimientos y cura nuestras heridas, y lo hace con ternura de madre, partiendo del amor profundo a toda persona. Cada uno sabrá como encontrar el modo de realizar este servicio con la sabiduría del corazón para aliviar el sufrimiento, pidiendo siempre a Dios: “Danos, Señor, un corazón misericordioso como el tuyo”.

Oremos por todos los enfermos, por cuantos sufren, especialmente los más graves, los que no pueden valerse por sí mismos, cuantos dependen de los cuidados de otros: que cada uno de ellos experimente la fuerza del amor de Dios y la riqueza de su gracia, que nos salva, en la solicitud de quienes están a su lado. Que bendiga a todos los enfermos, a los profesionales de la salud y a los voluntarios en todas las partes del mundo. Invoquemos la intercesión de Nuestra Señora, la Virgen María, Salud de los enfermos, para que pase esta pandemia.

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