MI MENSAJE EN EL DÍA DEL DOMINGO DE LA PALABRA DE DIOS

El papa Francisco instituía el pasado año el DOMINGO DE LA PALABRA DE DIOS con la firma de la Carta apostólica Aperuit illis La Iglesia cuenta a partir de ahora con una jornada dedicada a profundizar en las Sagradas Escrituras. El Santo Padre firmó esta Carta coincidiendo con el 1600 aniversario de la muerte de San Jerónimo, gran estudioso de la Sagrada Escritura y traductor de los textos originales al latín. Con esta jornada el Papa ha querido subrayar la importancia que la Palabra de Dios debe tener en cada uno de los cristianos y en el poder evangelizador de los textos sagrados, que ayudan siempre a estar mas atentos a las necesidades de los demás. De modo práctico nos invita a mejorar la liturgia, preparar buenos lectores, cuidar las homilías, promover la celebración comunitaria de Laudes y Vísperas, como «una ocasión propicia para profundizar en el vínculo entre la Sagrada Escritura y la Liturgia de las Horas, la oración de los Salmos y Cánticos del Oficio, las lecturas bíblicas». Por supuesto, no debería faltar la entrega o bendición de la Biblia, y una recomendación especial en ese domingo de su lectura, profundización y oración en la vida diaria y, en especial, en la lectio divina, que hay que practicar para gustar la Palabra del Señor. “Dedicar concretamente un domingo del Año litúrgico a la Palabra de Dios nos permite, sobre todo, hacer que la Iglesia reviva el gesto del Resucitado que abre también para nosotros el tesoro de su Palabra para que podamos anunciar por todo el mundo esta riqueza inagotable”.  Se trata, pues, de hacer evidente que Dios habla en su Palabra y formar a los fieles para que la lean, la conozcan y sean animadores de su escucha.  

¡Qué importante es la Sagrada Escritura para la vida de los creyentes, especialmente en la liturgia, pues los adiestra en un diálogo vivo y permanente con Dios! Dios habla a su pueblo y Cristo mismo proclama su Evangelio. Cristo revela el sentido completo de las Escrituras. “Cuando se lee la Escritura es Cristo quien habla”, dice San Jerónimo. Cuando así oramos, contemplamos y celebramos, lo hacemos siguiendo a Cristo orante. Lo esencial que nos revelan las Escrituras es Jesucristo: el es el Verbo encarnado, la verdadera Palabra de Dios, el Logos, el Hijo de Dios. Jesucristo es quien da el último sentido a todas las acciones humanas, pues en Él Dios ha dicho la última y definitiva Palabra. La Escritura es Palabra en la que se contempla al Verbo encarnado, y el itinerario para encontrar al que es el Camino y la luz para hallar la Verdad.

Que nadie olvide que cualquier acción de la Iglesia ha de encontrar su inspiración en el Evangelio. Esta invitación está dirigida a los numerosos catequistas que siempre han de tener la Palabra como fuente y referencia del mensaje que transmiten, a todos los cofrades de nuestras parroquias; también a los voluntarios de Cáritas, que sin la Palabra no encontrarán la motivación que necesitan para encontrar a Cristo en el hermano necesitado; a los que animan la vida litúrgica, porque su formación y vida es esencial a este servicio; a los que visitan a los enfermos para encontrar la palabra de esperanza, que solamente Dios puede otorgar; a los monitores de grupos en infancia y juventud, para que la Palabra de Cristo les adentre en un encuentro vital con el Señor; a los que animan los grupos de mayores, y la pastoral familiar con el servicio a la vida y a la dignidad de la persona; a los padres si quieren educar cristianamente a sus hijos; a quienes están cerca de los marginados sociales; a los que están llamados a ser apóstoles en el mundo del trabajo… y, sobre todo, a cuantos comparten el sueño misionero de llegar a todos.

La vida interior y la misión apostólica exigen escuchar al Señor, y, por tanto, una lectura continua de la Palabra de Dios. Quien ama a Dios, guarda la Palabra de Dios. Quien ama a sus hermanos, les habla con Palabra de Dios. Quien ama a Jesucristo, en Él reconoce la Palabra viva de Dios. Dichosos, pues, los que escuchan la Palabra de Dios y la guardan, porque no morirán jamás (Cf. Jn 8, 15). Qué bien si pudiéramos decir con el salmista: “Hazme vivir conforme a tu Palabra” (Sal 119), o como Jeremías: “Tus palabras eran para mi gozo y alegría” (Jer 15, 10).

Hemos de tener siempre entre las manos la Palabra de Dios, llevarla en la cartera, en el bolso, en el móvil, y en el corazón –como María—, y dejarse conducir por esta sabiduría en todos y cada uno de los momentos de la existencia, recordando a Jesús: “Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen” (Lc 11,28).

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