La Solemnidad de la Epifanía del Señor es un día de júbilo, de fiesta, que se expresa en las diversas manifestaciones populares. Esta fiesta va envuelta en la fascinación de los regalos, fundamentalmente aquella en la que vive el alma cristiana después de conocer que Dios se ha regalado a sí mismo por nosotros. Cuando parece que ya declina la intensidad de todos estos días de celebración, es como el resurgir de nuevo de la Navidad. De hecho, como sabéis, la Epifanía es la fiesta de Navidad en Oriente, que se une a nuestro calendario litúrgico, de forma que es como si reviviésemos de una manera distinta la misma celebración de Nochebuena y Navidad. Si entonces nuestra mirada estaba puesta más especialmente en la Encarnación del niño, que es el Hijo de Dios, pero débil, endeble como cualquier bebé en nuestras manos, en este momento la mirada se pone en el misterio que esconde este niño, adorado por los Reyes Magos de Oriente. Es nada menos que Dios hecho hombre, y en Él resplandece la luz de Dios, y cuando nos ilumina su luz, el mundo se llena de luz.

La adoración de los magos, como hicieron antes los pastores y aquellos sencillos obladores de la región que fueron a adorarlo, nos plantea a nosotros también preguntas: qué buscamos, cuál es nuestra luz, a qué estrella seguimos. Al mundo de hoy le sobran las luces que le deslumbran. Casi ninguna le encamina a su verdadero fin, a reconocer su camino. Nosotros también estamos deslumbrados por la luminosidad de tantas ideologías, propuestas políticas, pensamientos, pero tenemos que plantearnos si realmente nos guía la luz de la estrella, que es la luz de la fe. En la estrella de Belén se ha simbolizado para todos los hombres esa luz de la fe que nos hace ver en la oscuridad de la noche, que a veces también se puede perder, que nos hace preguntar, investigar, estar en camino, tomar decisiones. Y también nosotros debemos preguntarnos si nuestra actitud es la de los magos, que son capaces de moverse hasta llegar a su destino y adorar al niño. Porque puede ser la de Herodes, que la quiere utilizar a su servicio.

¿Cuántas personas a lo largo de la historia y en el día de hoy han conocido las verdades del Evangelio, del mismo Cristo, y sin embargo están en la oposición y el mal, en la persecución a la Iglesia, a los cristianos, en el rechazo de la verdad de Dios que hace al hombre feliz, por otros intereses, por su sed de poder, por su avidez de dominio o de placer.?

Nosotros debemos caminar, no estar quietos. No nos sirve de nada tener nuestro conocimiento de fe, nuestra educación cristiana, nuestra catequesis, si no avanzamos en el seguimiento de Cristo, si no llegamos a adorarle.
Estos reyes se han convertido en el símbolo y en el signo de la misión de la Iglesia. La Adoración, como a los Magos, nos impulsa a volver a nuestra casa, a nuestras ocupaciones, a nuestros lugares de encuentro para ser misioneros de la fe en el mundo. La Iglesia no puede renunciar nunca a su misión.

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