MI ARTÍCULO DE NAVIDAD, PUBLICADO EL 24 DE DICIEMBRE EN EL DIARIO DE CÁDIZ

La Navidad celebra que Dios vino a morar entre nosotros, que puso aquí su morada y se presentó como uno más. Incluso quiso hacer de este acontecimiento su propio nombre: “Enmanuel”, y definirse como “Dios con nosotros”. En efecto, Dios está con nosotros, está del lado del hombre, quiere ser su amigo y aliado contra las fuerzas del mal. ¿Hay una noticia más consoladora en este mundo dominado por los miedos, la incertidumbre, donde tantos viven en la oscuridad, a veces anestesiados para poder sobrevivir a la angustia? Nuestra cultura ha construido demasiados ídolos, una visión utilitarista de la vida y una cultura fatal de la muerte, un descomunal egoísmo, una abrumadora soledad, un colapso de la conciencia moral, la prepotencia sin freno del mal y multitud de falsos profetas que enturbian nuestra capacidad de captar la presencia de Dios en el mundo. Por todas partes aflora la nostalgia.

Dios ha visitado a su pueblo”, ha escogido como domicilio este mundo inhóspito sembrado de muerte y lo ha convertido en su propia casa para que así sea también nuestro hogar. Sin duda es sorprendente e insólito, pero hay un Dios bueno que nos ama, nos conoce y quiere estar con nosotros. Que Dios se ha hecho hombre es “la única cosa nueva bajo el sol”, afirmó san Juan Damasceno. Esta es, por consiguiente, la buena noticia –el evangelio para el mundo—, una palabra de redención que supera el miedo, los tabúes, los tiranos y los demonios que nos rodean.

Quien contemple con admiración que “el Verbo se hizo carne” encontrará la razón fascinante de esta “encarnación”, algo absolutamente impensable que sólo Dios podía realizar y en la que sólo se puede entrar con la fe: un amor desmedido que con-padece con nosotros y suscita compasión. En el corazón de la Navidad se encuentra un afecto gigantesco, excesivo, inmenso y gratuito que abraza nuestra carne y envuelve al hombre en su realidad concreta, en cualquier situación en la que se encuentre. Hay que recuperar el asombro ante el misterio y dejarse envolver por la magnitud de este acontecimiento. Está muy cerca de nosotros porque la “cercanía” de Dios no es tanto una cuestión de espacio y de tiempo, sino más bien una cuestión de amor:  el amor nos aproxima y nos hace compartir todo lo nuestro.

La Navidad es Jesús mismo que con su nacimiento disipa las tinieblas del pecado y nos envuelve en su luz. Él nos salva en medio de las pruebas de la vida con este realismo sin precedentes del amor divino. El sacrificio o el dolor no deben hacernos perder esa alegría. Al contrario. Jesús viene a salvarnos de nuestros egoísmos, vanidades y ambiciones, de las falsas ideologías, de ilusiones artificiales que no pueden darnos la verdadera esperanza, de economías inhumanas que nos hacen esclavos. Nadie quiere naufragar, pero no existen formulas mágicas de felicidad, ni siquiera en las publicaciones de “autoayuda”. Decía Zygmunt Bauman que en el mundo actual todas las ideas de felicidad acaban en una tienda. Cierto, pero no nos sacian las posesiones, ni crear escondites artificiales, ni se camufla el vacío del sinsentido blindándose del enfrentamiento en los conflictos. Jesús, implicado y comprometido con nosotros y todo lo nuestro, nos trae un júbilo que proviene de la unión con Dios, aventurándonos así en la búsqueda del bien y superando con desprendimiento y valor los disgustos de la vida o la tristeza de los contratiempos.

La alegría es el verdadero regalo de la Navidad. El compromiso de quienes creemos en ella es llevarlo a los demás. Este gozo, cargado de caridad, de perdón y de paz retorna a nosotros y engrandece a la sociedad, y permite que nuestros ojos se asombren al ver su rostro. Cuando nuestra mirada se encuentra con la suya nos regala el maravilloso hecho de descubrir a Dios en nuestra propia realidad y la invitación a vivir una vida digna y buena.

La Navidad es la fiesta de la humildad de Dios. Podemos acoger a este Niño y amarle, aunque es Él quien abraza al hombre en su totalidad. Nadie puede quedar indiferente, pero experimentarlo de verdad requiere hacerse pequeño para poder entrar por la puerta de la sencillez de los niños, y recuperar la mirada limpia de quienes se acercan a Dios. “Si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino de los cielos”. Podría suceder entonces que el milagro de la encarnación vivido por la Virgen María se diese en cada uno de nosotros por la fe. No hay que dudar, pues todo es sorprendente con el Todopoderoso: El Verbo de Dios es hijo de un carpintero, y la Sede de la Sabiduría, ama de casa. No obstante, afrontar la grandeza de la verdad nos desvela también su desafío: compartir la vida, salir de nuestra zona de confort, involucrarse sin miedos ni prejuicios, y que nuestro compromiso se refleje en el mundo con creatividad. No podemos renunciar a ser testigos de un amor que nos salva, menos aún en la situación histórica en que vivimos. ¿Hay algo más potente para sostener la vida de los hombres?

Evangelio del Día

Celebración de la Noche Buena en la Cárcel de Botafuegos

Dios viene a nosotros como hombre, para que nosotros nos hagamos verdaderamente humanos

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