La relación nos constituye. En una sociedad fría y herida por el pecado, en el que “estar en la red” significa no pocas veces esconderse detrás de un perfil, la inautenticidad, la frivolidad que utiliza al otro, el yo-contra-el-otro, la expresión de mi ego narcisista, los cristianos estamos llamados a manifestar esa comunión que define nuestra identidad de creyentes y necesita el mundo. Somos miembros unos de otros, somos para los demás. Efectivamente, la fe misma es una relación, un encuentro; y mediante el impulso del amor de Dios podemos comunicar, acoger, comprender y corresponder al don del otro.

La comunión a imagen de la Trinidad es lo que distingue precisamente la persona del individuo. De la fe en un Dios que es Trinidad se sigue que para ser yo mismo necesito al otro. Soy verdaderamente humano, verdaderamente personal, solamente si me relaciono con los demás. En virtud de nuestro ser creados a imagen y semejanza de Dios, que es comunión y comunicación-de-sí, llevamos siempre en el corazón la nostalgia de vínculo y pertenencia a un nosotros: familia, comunidad, amistad, solidaridad….

La pesadumbre la distancia social nos hace aún más conscientes de que necesitamos ser amados por un Amor que no tiene límites, por un Dios que es amor. La santidad consiste en entrar de lleno en esta corriente de amor que brota del Corazón de Jesús. En el encuentro personal “de corazón a Corazón” es donde el hombre vive “arraigado y edificado en Cristo” (Col. 2, 7), con la perspectiva de la vida cristiana como una llamada a la santidad, experimentada como el deseo profundo del corazón humano de entrar en comunión íntima con el Corazón de Dios, y desde Él, en relación auténtica con los demás.

La fraternidad es al tiempo don y tarea para cuantos participan en la vida de Dios. La comunión con el Señor es la fuente y el dinamismo para la comunión con nuestros hermanos, para vivir en el amor a Dios y al prójimo, y amarnos y servirnos, viviendo en comunidad. Por consiguiente, todo esfuerzo es bienvenido para fomentar la unidad, pues la división es diabólica. Damos gracias a Dios por la Iglesia, por ser la familia de los hijos de Dios y hermanos en Cristo. “La sabiduría de la experiencia cristiana nos recuerda la importancia de aprovechar cada minuto para amar, para perdonar y perdonarse, para encontrarse con Dios.”. (Carta a los sacerdotes, 17 de noviembre de 2020).

Tender las manos no es algo opcional, sino la expresión de una fe auténtica.

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