El cristiano tiene una misión particular, siempre y más cuando parece que la inquietud es generalizada. No puede dejarse llevar por el desaliento, sino vivir del consuelo de Dios para poder consolar, con el amor de Dios, a tantos contemporáneos nuestros. Compartir el sufrir con Jesús, por amor, nos lleva al buen ánimo (Cf. 2 Cor 1,1-7): “Reconoce, cristiano, tu dignidad y, puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. Piensa de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. No olvides que fuiste liberado del poder de las tinieblas y trasladado a la luz y al reino de Dios.” (San León MagnoSermón en la Natividad del Señor.).

Cada día el bautizado, a través de su relación íntima con Cristo, en la oración y sobre todo en los sacramentos, es rehabilitado, liberado, resucitado, llevado a mayor plenitud por la fuerza de Dios. No pensemos que podemos pasar sin Dios, sin ponerlo en el centro, los que hemos sido llamados, elegidos y ungidos por el bautismo.

Los Sacramentos subrayan nuestra cristificación: estamos ungidos, como Cristo, llamados a vivir su relación íntima con el Padre, llenos del Espíritu Santo, y fortalecidos como Él, para cumplir nuestra misión. Este misterio de gracia dimana de la muerte y la Pascua del Señor al que nos acercamos en la Eucaristía. Aquel acontecimiento de hace dos mil años sigue hoy presente a través del cuerpo de Cristo, y hace que Jesús sea contemporáneo nuestro porque la Iglesia sigue siendo su sacramento tangible. Como dice San León Magno: “Lo que era visible en nuestro Salvador ha pasado a sus sacramentos”.

Esto nos permitirá anunciar, en medio de las tribulaciones del mundo, a Cristo el Redentor y esperanza de todos. Sigamos a su lado, vivamos confiados, porque el mal no tiene la última palabra de la historia, y la esperanza no defrauda (cf. Rm 5,5). Mientras dejemos que el Señor Resucitado manifieste su fuerza en nosotros, a pesar de nuestras debilidades y pecados, no hay motivos para rendirse al despotismo del mal o del cansancio. Vivamos “aguardando la feliz esperanza y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo” (Tt 2,13) y que su unción llegue a todos para poder alabarle y darle gracias por toda la eternidad. El Señor resucitado es “aquel que nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino, y hecho sacerdotes de Dios, su Padre, a Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén” (Ap 1, 5-6).

Nota actualizada de las normas para el culto y actividad catequética en la Diócesis

#EvangelioDeHoy

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