Un cristiano si no es revolucionario en los tiempos actuales, no es cristiano”, nos dirá el Papa Francisco. Actualmente ya no se puede ser cristiano como una simple consecuencia del hecho de vivir en una sociedad que tiene raíces cristianas: también quien nace en una familia cristiana y es formado religiosamente debe, cada día, renovar la opción de ser cristiano, dar a Dios el primer lugar, frente a las tentaciones que una cultura secularizada le propone continuamente, y frente al juicio crítico de muchos contemporáneos.

Las pruebas a las que la sociedad actual somete al cristiano, en efecto, son muchas y tocan la vida personal y social. No es fácil ser fieles al matrimonio cristiano, practicar la misericordia en lo ordinario, dejar espacio a la oración y al silencio interior; no es fácil oponerse públicamente a opciones que muchos consideran obvias, como el aborto en caso de embarazo indeseado, la eutanasia en caso de enfermedades graves, o la selección de embriones para prevenir enfermedades hereditarias. La tentación de dejar de lado la propia fe está siempre presente y la conversión es una respuesta a Dios que debe ser confirmada varias veces en la vida.

La recompensa es el amor de Dios que llena el corazón y llena de sentido la existencia. A la luz del amor de Cristo se abren los ojos de los cristianos y se entiende el sentido de la vida, del dolor, de la propia vocación, de las persecuciones, de las enfermedades, de la muerte… Que importante conocer el sentido. Es la característica quizás más notoria del cristiano. Tienen la mente de Dios y conocen lo profundo de la vida.

Hoy, nuestra sociedad secularizada, pierde cada vez más esta luz de Dios y por eso cae en el sinsentido y las más terribles contradicciones. Sucede hoy, en la tramitación de la ley sobre la eutanasia, queriendo proponerla como un derecho, incluso como un derecho humano, cuando en realidad es un tremendo atraso que no tiene que ver con tener derechos. Pensar que podamos disponer así de la vida de los hombres supondrá, ya supone, un gran peligro. Nosotros entendemos que la vida es un don del amor de Dios, que no nos hemos dado, de manera que no somos dueños, tampoco de la de los demás. El otro se convierte así en terreno sagrado con una dignidad suprema e inviolable, al igual que uno mismo. Y conocemos el destino glorioso de la vida con el que se identifica el Señor, muerto y resucitado.

No tiene sentido aborrecer el suicidio, dándonos el permiso al mismo tiempo para matar, lanzando el mensaje de que la salida al sufrimiento inevitable es, no ser más amado y cuidado, sino quitarse la vida. Pone de manifiesto escasa solidaridad, fracaso en el amar, y, consecuentemente, un individualismo del “sálvese quien pueda“. Mientras tanto clamamos el mantra de la compasión para justificar lo injustificable.

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