Fiesta de la Transfiguración del Señor, jueves 6 de agosto

1 Seis días más tarde, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. 2 Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. 3 De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. 4 Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». 5 Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».
6 Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. 7 Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». 8 Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. 9 Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

DEL OBISPO:  Homilía Segundo Domingo Cuaresma y ministerios laicales a Seminaristas en la S. A. I. Catedral de Cádiz

“Como veis, nosotros, a pesar tener la cruz como signo que llevamos incluso encima, en nuestro cuello, nuestro Rosario, en el bolsillo, teniendo las claves de la vida cristiana y conociendo al Señor, nos sigue costando aceptar la cruz, nos rebelamos, no sabemos ser dóciles, hay algo dentro de nosotros que se resiste. La Cruz es la piedra de tropiezo donde se estrellan los hombres, antes que el evangelio: ¿Cómo creer en este Dios que permite el sufrimiento? Jesús no ha querido dar respuestas filosóficas sobre el valor del sacrificio. Sencillamente siendo Dios, porque siendo Dios se puede entender el valor de nuestro sacrificio unido al suyo, Jesús acepta la Cruz para llegar a la Resurrección. Desde ese momento es compañero de camino nuestro que va por delante de nosotros enseñándonos a vivir, a sufrir, a morir, pero sobre todo a resucitar. Nos enseña, como tantas veces repetirá San Pablo, la centralidad del conocimiento de Cristo, que es, más que teoría, relación e identificación con su pasión, muerte y Resurrección para ser capaces de dar nosotros mismos la propia vida. De esta forma, Jesús deja claro a los apóstoles que va a dar la vida por nosotros, y la Transfiguración ilumina su muerte, y su resurrección, porque es el Hijo de Dios el que va a dar la vida por nosotros, y es Dios el que Resucitado nos lleva con Él a la gloria, y nos invita a escuchar la voz del Padre: “este es mi Hijo, el amado, escuchadle”. Cf.  Homilía Segundo Domingo Cuaresma y ministerios laicales a Seminaristas en la S. A. I. Catedral de Cádiz

San Juan Pablo II. Mensaje Cuaresma 2011

[…] El Evangelio de la Transfiguración del Señor pone delante de nuestros ojos la gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y que anuncia la divinización del hombre. La comunidad cristiana toma conciencia de que es llevada, como los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan «aparte, a un monte alto» (Mt 17, 1), para acoger nuevamente en Cristo, como hijos en el Hijo, el don de la gracia de Dios: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle» (v. 5). Es la invitación a alejarse del ruido de la vida diaria para sumergirse en la presencia de Dios: él quiere transmitirnos, cada día, una palabra que penetra en las profundidades de nuestro espíritu, donde discierne el bien y el mal (cf. Hb 4, 12) y fortalece la voluntad de seguir al Señor.

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