Hay que “examinarse cada uno antes de comer el pan y beber el cáliz; porque quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo“, dice San Pablo (cf. 1Cor 15, 28-29). No es Eucaristía cristiana la que no es capaz de romper los esquemas de divisiones, para plantear un Cuerpo nuevo del que todos somos miembros, los pobres y los pequeños en primer lugar.

El deseo permanente del Dios-Amor sobre las criaturas se llama “comunión“, obra que se realiza especialmente por la participación en la Eucaristía. No puede ser de otro modo porque un Dios-Amor engendra hijos capaces de establecer vínculos y redes en el amor.

La eucaristía diaria nos salva del mal, del egoísmo, del pecado y de la muerte eterna. Y todo ello sigue sucediendo también en su presencia eucarística después de terminada la Santa Misa. En cada Sagrario Cristo se entrega “para el perdón de los pecados“. Sabe muy bien por quién y a quién se entrega, conoce que somos pecadores. Pero ha venido precisamente para quitar el pecado del mundo. El Señor, en la Eucaristía, anhela borrar nuestro pecado y hacernos santos. Para eso se ha entregado. Y para eso se queda en el pan y el vino, ¡para ser alimento de pecadores! Necesitamos acudir a comer y beber nuestra redención, también espiritualmente mediante la adoración eucarística. Él tiene sed de nuestro amor, compañía y entrega por los demás. ¿Cuál es nuestra respuesta?, pues como dice San Agustín: “Si vosotros mismos sois Cuerpo y miembros de Cristo, sois el sacramento puesto sobre la mesa del Señor, y recibís este sacramento vuestro. Respondéis Amén (es decir, sí, es verdad) a lo que recibís, con que, respondiendo, lo reafirmáis. Oyes decir El Cuerpo de Cristo y respondes amén. Por tanto, sé tú verdadero miembro de Cristo para que tu amén sea también verdadero.”

La sangre de Cristo podría purificar nuestra conciencia (Hb 9,11-15). Debemos suplicar constantemente al Señor que la Sagrada Comunión a la que nos acercamos siga siendo nuestro alimento permanente y produzca en nosotros una unión íntima con Cristo; que conserve y renueve cada día la vida de gracia recibida en el Bautismo sin la que no podemos vivir como cristianos; que nos purifique de nuestros pecados y fortalezca la caridad; que refuerce nuestra amistad con Cristo; renueve, fortalezca y profundice la unidad con toda la Iglesia; que nos comprometa en favor de los más pobres, en los que reconocemos a Jesucristo; y que empecemos a gustar ese amor infinito de Dios que nos haga aspirar a la vida eterna, al Amor de Dios que no pasa.

El mundo nos espera porque le espera a Él. Que la Eucaristía nos haga su sacramento, que transformados ofrezcamos su intenso amor a todos, especialmente a los necesitados, que vivamos en su presencia y seamos presencia suya, Cuerpo entregado por amor, Iglesia, Comunión.

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