Honrar al Corazón adorable de Jesucristo, símbolo del amor de Dios para nosotros, mirar al Sagrado Corazón, abrasado de amor por los hombres y al mismo tiempo despreciado por ellos, nos ha de mover a amarle nosotros y a reparar la ingratitud de que es objeto.

Jesús mismo decía a Santa Margarita María Alacoque, descubriéndole su Corazón (16 de junio de 1657): «He aquí este Corazón que ha amado tanto a los hombres, que no ha omitido nada hasta agotarse y consumirse para manifestarles su amor, y por todo reconocimiento, no recibe de la mayor parte más que ingratitudes, desprecios, irreverencias y tibiezas que tienen para mí en este sacramento de amor.»

La mejor manera de reparar y saciar la sed de amor del Corazón de Cristo es el amor concreto al prójimo. Quien acepta el amor de Dios queda necesariamente marcado por él. Quien llega a experimentar el amor de Dios queda tocado por una llamada especial de Dios que le pide vivir para amar. Este amor misericordioso de Dios es el que nos revela a Cristo como el verdadero Buen Samaritano de los hombres, heridos por tantos sufrimientos materiales y espirituales. El es quien verdaderamente “cargó con nuestras enfermedades” (Mt 8, 17). Es imposible dejarse empapar de su amor sin prestar atención al sufrimiento y a las necesidades de los demás.

Este es, sin duda, uno de los efectos pretendidos por el mismo Jesús a aquellos que le aman: que lleguen a amar como Él, que lleguen a participar con Él de la salvación del mundo, perdido sin Dios. Su amor misericordioso nos provoca el deseo de participar en su obra de salvación y nos convierte en sus instrumentos, hace que nuestra vida se convierta también para los demás en manantial del que manan “ríos de agua viva” (Jn 7, 38; cf. Deus Caritas Est, 7). “En esto hemos conocido lo que es amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos” (1 Jn 3, 16). Necesitamos hacer esta experiencia hondísima y viva del amor dado por Dios (cf. Deus Caritas Est, 14) para convertirnos en verdaderos creyentes capaces de amar hoy hasta dar la vida.

Ante un mundo que se agota en la civilización de la muerte, presa de su egoísmo vertiginoso, no podemos –hoy menos que nunca- replegarnos en nosotros mismos sin hacernos disponibles a vivir para los demás. Nuestra entrega amorosa nos reclama dar la vida en cada casa, en cada trabajo, en la responsable entrega de cada estado de vida, y en el testimonio patente de vida cristiana que, unido a la palabra oportuna, muestre el reconfortante amor de Dios.

La vocación contemplativa: «escondida» de todo y de todos, pero presente en todo y en todos

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