Junto al Corazón de Cristo –nos decía San Juan Pablo II-, el corazón humano aprende a conocer el auténtico y único sentido de la vida y de su propio destino, a comprender el valor de una vida auténticamente cristiana, a permanecer alejado de ciertas perversiones del corazón, a unir el amor filial a Dios con el amor al prójimo”.

Dice el apóstol San Juan: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él». Nuestra fe subraya que en el origen de la vida cristiana está el encuentro con una Persona (Cf. Deus Caritas Est, 1). Porque Dios se ha manifestado definitivamente a través de la encarnación de su Hijo, se ha hecho «visible» en Él, y en la relación con Cristo podemos reconocer quién es verdaderamente Dios (DeusC, 12-15). Pero, además, el amor de Dios ha encontrado su expresión más profunda en la entrega que Cristo hizo de su vida por nosotros en la Cruz. Cuando contemplamos su muerte podemos reconocer, pues, claramente el amor sin límites de Dios por nosotros: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16).

Sólo podemos ser cristianos mirando a la Cruz de nuestro Redentor, “traspasado” (Jn 19, 37; Cf. Zac 12, 10) de amor por nosotros. En el Corazón traspasado de Cristo reconocemos el único amor capaz de transformar nuestras vidas. Así les ha sucedido a multitud de buenos cristianos y tantos santos, porque así es como nos abrimos a una verdadera confesión de fe y a una correspondencia de amor.

Queremos, pues, experimentar el amor de Dios dirigiendo la mirada al Corazón de Jesucristo. Sabemos que si hacemos esta experiencia personal El mismo nos llevará con suavidad a la más generosa disponibilidad. Quisiéramos pues acercarnos al Señor crucificado, amante, con la actitud humilde de quien adora en silencio, para pedirle, con todas nuestras fuerzas, que nos llene de sus gracias.

¡Enséñanos Señor a amar tu amor! ¡Derrama tu amor en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Cf. Rm 5, 5)¡ Porque abrirnos a su amor significa que su entrega y su devoción a la voluntad del Padre va a modelar nuestro propio corazón. Que si El ha dado la vida por mi, yo voy a querer entregar la mía incansablemente por amor a los demás cargando con sus sufrimientos, anhelos y esperanzas. Que el ejemplo de su amor sacrificado por nosotros romperá nuestro propio egoísmo para posponer mis intereses a la salvación del prójimo.

Acerquémonos en adoración a este gran misterio que da Vida. Recordamos las hermosas palabras del Papa Francisco pronunciadas en aquel Ángelus del 9 de junio de 2013: “La misericordia de Dios da vida al hombre, lo resucita de la muerte. El Señor nos mira siempre con misericordia, nos espera con misericordia. ¡No tengamos miedo de acercarnos a Él! ¡Tiene un corazón misericordioso! Si le mostramos nuestras heridas interiores, nuestros pecados, Él nos perdona siempre. ¡Es pura misericordia! No olvidemos esto: es pura misericordia. ¡Vayamos a Jesús!

Sagrado Corazón de Jesús: el amor de Dios apasionado por todos los hombres

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