Jesús ha venido al mundo para ser Luz (Cf. Jn 12,44-46). Hemos de descubrir su presencia en nosotros. El Señor debe llegar a ser nuestro tesoro, nuestro principal bien, lo único que basta. La oración nos ayuda así a descubrir el valor de las cosas y a usarlas como escalera para alcanzar la morada de Dios. El mundo se auto-destruye por el sin sentido, porque sólo Cristo llena la vida de sentido. Perseveremos en la oración para ofrecer la vivencia, la experiencia, la presencia amorosa de Cristo Resucitado.

La oración, el trato íntimo y diario con Cristo Resucitado, es la esencia cristiana, lo que representa el corazón de la misión, el centro del anuncio y de todo testimonio evangélico. Todos nuestros afanes han de sostenerse en la oración, pues si no, pierden todo sentido. En ella acallamos y moderamos nuestros deseos, “como niño en brazos de su madre“, pues sabemos que Dios sabe más, y nuestra esperanza se ve siempre fortalecida (Cf. Sal 130).

En presencia de Dios depositamos los proyectos de la humanidad y el mundo, en intercesión constante, para que puedan ser transfigurados por la misión de Cristo y de su Iglesia, para gloria de Dios Padre. Nuestra oración es la voz de tantas personas que sufren y no saben orar, mostrar su dolor e impotencia, para que llegue a ellos la misericordia divina. Solamente Dios sabe cuantos frutos de nuestro trabajo se deben a la vida de oración. ¡Busquemos constantemente el rostro de Dios!

La cercanía de Jesús a nuestro lado…

#EvangelioDelDia

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