Cuando Jesús utiliza la expresión “el Buen Pastor” para describirse no hace referencia a la imagen bucólica que enseguida imaginamos. Se refiere más bien a una imagen que Él toma de expresiones de la Biblia conocidas por sus interlocutores, los judíos de la época. En sus mentes no estaban nuestras imágenes románticas del pacífico pastorcillo paseando aburrido por la meseta. La imagen del pastor en Israel es durísima. Recorrían interminables caminos buscando un oasis, frecuentemente en medio del desierto, peleándose con otros pastores por el agua, frecuentemente con bandidos, defendiéndose de las fieras del entorno. De hecho, el mejor piropo que se le podía decir a un rey es que era pastor de su pueblo, porque el pastor tenía más de guerrero que de poeta, de defensor de los suyos y de la seguridad de los demás.

Por eso el Buen Pastor es el que da la vida por sus ovejas. Cristo en la Cruz da su vida por cada uno de nosotros…. – ¡Por cada uno, por su nombre!- con esta Pasión que quiere provocar una respuesta: escuchar su voz. San Juan de la Cruz quiere expresar esta Pasión de Cristo que nos busca incansable:

(…) Que sólo de pensar que está olbidado
de su vella pastora con gran pena
se deja maltratar en tierra agena
el pecho del amor muy lastimado!

Y dize el pastorcito: ¡Ay desdichado
de aquel que de mi amor a hecho ausencia
y no quiere gozar la mi presencia
y el pecho por su amor muy lastimado!

Y a cavo de un gran rato se a encumbrado
sobre un árbol do abrió sus braços vellos
y muerto se a quedado asido dellos
el pecho del amor muy lastimado.

El anhelo de este Buen Pastor es ése: que gocemos de su presencia. Lucha por cada uno de nosotros, y quiere hacernos partícipes de su victoria resucitada sobre el pecado, el diablo y la muerte, para que entremos en su descanso: “El Señor es mi Pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas” (Sal 23, 1-4).

El que es suyo conoce Su voz, conoce Su Palabra, sintoniza con el Pastor no en un silbido, sino en su Revelación, en lo que nos manifiesta de Dios, de nuestra vida y de la suya, en la intimidad. Jesús nos dice que tenemos que entrar por su puerta. No hay mayor explicación de esa puerta que cuando Pedro, haciendo su discurso de Pentecostés, dice a todo el auditorio que aquel al que han matado y asesinado, es el Pastor de las ovejas que ha sido glorificado y el que nos da la vida (Cf. Hch 2, 14-41). Pero para tener esa vida hay que entrar por Él a través del Bautismo. El Bautismo es la primera puerta para entrar en Cristo, cuyo rito significa y realiza nuestra incorporación a la vida divina.

Pero el Bautismo nos incorpora a la vida de discípulos. Esta es también la puerta: vivir como Él vivió, hacer lo que Él hizo. El que quiera recibir esta vida de Dios tiene que entrar por la puerta del Bautismo y la fe, pero después seguir sus pasos. Ser verdaderos discípulos, seguidores de Jesús, imitadores suyos. En la devotio moderna hubo toda una espiritualidad basada en la imitación de Cristo. -todos conocemos la obra clásica “La imitación de Cristo” de T. Kempis-. Esa imitación, que sigue siendo válida por supuesto, es pensar como Él, sentir como Él, actuar como Él, y ésta es la puerta. La puerta es el mismo Cristo que nos alienta con su presencia a dar pasos.

¡Y ocurre el milagro! El Señor no solo nos da buenos consejos, sino que nos da su propia vida y nos regala el acceso a ella, a la vida sobrenatural, a la vida de Dios. Entrar por su puerta es abrirnos a esa vida de Dios que hace que podamos ser hijos de Dios y vivir unidos a la Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. La inhabitación del alma en la Trinidad, entrar en la vida de Dios y vivir en ella, nos hace superar el pecado, vivir para el bien, ser receptores de la vida sobrenatural que se abre al mundo a través de Cristo el Pastor.

La intimidad diaria con el Señor tiene que llevarnos a compenetrarnos con Él, a escuchar su Palabra, a vivir su Evangelio, a rumiar en nuestro interior pidiéndole gracia y luz para hacer nuestros sus sentimientos y su vida. Y ésto nos lleva a otra consecuencia importante: una enorme confianza. Él es quien nos da la vida, nuestro Pastor.

Y todo se expresa en nuestro apostolado, con el que Jesús cuenta. El Señor en la parábola no habla tanto de que tengamos que ser ovejas, sino parecernos a Él como Pastor; de cómo nosotros, que entramos por su puerta, tenemos que vivir las condiciones de Cristo Buen Pastor. No nos llama tanto a ser nosotros ovejitas inútiles y gregarias, sino a tener corazón de pastor valiente, magnánimo y servicial.

El Señor nos trasmite ese corazón pastoral por el que cada uno de nosotros ha de responder a la llamada de Dios y a su propia vocación.

Orientaciones diocesanas para el culto y pastoral durante la desescalada

#EvangelioDelDia (textos para la oración).

El Rosario nos ha hecho intercesores, amigos de María y de Jesús, luchadores del bien, obedientes a la voluntad de Dios

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