MI MEDITACIÓN PARA EL SÁBADO SANTO.

En el Sábado Santo nos envuelve el silencio. Una vez enterrado el cuerpo de Jesús es el día del ocultamiento de Dios, el motivo de la mayor soledad. Se dice que nuestro tiempo se parece a un largo Sábado Santo que experimenta la oscuridad de haber perdido a Dios por lo que se encuentra en un lúgubre sepulcro, sin la luz de la esperanza. Jesús, sin embargo, desciende a los infiernos de la más profunda soledad, allí donde sentimos más miedo, donde parece que no existe el amor ni la esperanza, para dar la mano a los más postrados y rescatarlos del fondo del abismo llamándolos con su voz para rescatarlos.

Mientras, María, sencillamente, confía, ora, espera. Enmudecieron los gritos de las masas vociferantes pero no en María, que guardaba todas las cosas en su corazón. Aun siente como puñales aquellos gritos —“¡crucifícalo!”— y aquel “si no fuera un malhechor no te lo habríamos traído” (Jn 18,30) que dijeron para condenar a Jesús. Y la desolación de escuchar: “¡a este no, suelta a Barrabás!” (Jn 18,40). ¿Porqué tanto odio? ¿para qué tanto dolor? María sabe que Jesús pasó por el mundo haciendo el bien, que todo lo hizo bien, que es bienhechor de todos. Entonces recordó las palabras del ángel en la anunciación: “El salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21). Aunque en la soledad del sábado le lapidan interiormente los recuerdos de insultos, golpes y clavos, comprende que la cruz no es la victoria del odio humano, sino la victoria del amor divino. Siente entonces que las últimas palabras con que Jesús se dirige a ella —“mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19,26)— son una llamada a creer en la victoria de su Hijo divino que le ponen como madre a disposición de cada hijo de Dios —de todos nosotros, rescatados por su sangre— y de toda la humanidad. En el corazón de María se enciende —en medio de la tenebrosa noche del mundo— una primera luz. De nuevo acepta, acoge y espera.

La Madre del crucificado, siempre a su lado, prefería haber sido ella misma crucificada y sepultada. Es el icono de la iglesia que asiste a la auto-donación del Hijo sin poder hacer nada más. Pero no está pasiva, ni mucho menos. Está dándolo todo y dándose con Jesús. De nuevo pronuncia su “fiat” —“hágase”— y se despoja de todo. Consiente sin reparos a la voluntad de Dios haciéndose solidaria con el y con nosotros, y nos muestra el camino de la unión de la Cabeza y los miembros de la Iglesia. Es la Madre de la Iglesia y su primera hija. Es la Esposa fecunda, la esclava del Señor, que renueva su entrega todas las noches de las incomprensiones posibles, pero con una fidelidad imperturbable. De esta profunda comunión nacerá el testimonio y el martirio de la Iglesia, y la capacidad de iluminar las tinieblas del mundo con un poderoso consuelo. La Iglesia recuerda que el Señor “miró la humillación de su esclava” —como reza el Magnificat— y que ha de soportar también en el tiempo los desprecios de la gente para hacer suyas las heridas del Señor y transformarlas en un nuevo potencial de amor. La comunidad cristiana ora hoy en silencio y, con María, abraza con amor la soledad del mundo hasta que regrese, con Cristo, la luz triunfante de un nuevo día.

MI MEDITACIÓN PARA EL VIERNES SANTO

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