MI ARTÍCULO EN DIARIO DE CÁDIZ PARA ESTA SEMANA SANTA. Iniciamos una Semana Santa insólita, en crisis. Una semana de cruz, como pocas, y de silencio impuesto —más por el dolor de los corazones heridos que por las autoridades—, que nos exige asumir lo profundo del misterio que celebramos sin adornos, ni siquiera con la liturgia compartida. No obstante, gracias a las posibilidades de los medios de comunicación, cada hogar será un templo donde seguir unidos como Iglesia, orando e intercediendo por todos.

Estamos en crisis, que etimológicamente es “separación” o “ruptura” de algo, que obliga a pensar, a razonar con criterio, a discernir, a interpretar, a elegir. Los tiempos de las crisis —por ejemplo, la política o económica— son para tomar decisiones, para la inteligencia y la valentía, todo lo contrario a aceptar un destino inevitable. Una anterior crisis contemporánea, cultural y moral, provocó una sacudida en la fe, pero esta epidemia imprevisible ha ofuscado ya su fascinación y autosuficiencia. Volver a la Pasión del Señor nos reconforta. El puso en crisis el mundo y la vieja religión, y permanece asombrosamente actual ante los problemas y decisiones que nos exigen actuar desde lo más profundo, respondiendo a los interrogantes más hondos de la existencia. La Semana Santa nos ubica a su lado en el camino de la vida.  

Padre, ¿por qué me has abandonado? —dice Jesús— ¡Que pase de mí este cáliz, pero que se haga lo que tú quieres, no lo que yo quiera!”. ¡Qué lección de humildad! La pandemia pone de relieve la verdad de nuestra condición humana que es precaria, débil y, sobre todo, incapaz de controlar su destino. La fragilidad humana —que teníamos arrinconada y disfrazada de prepotencia técnica— sale de su escondite en la desgracia, nos amedranta y desespera. Pensar que cada cual ha de afrontar antes o después en su vida esta experiencia nos hace temblar, por mas que miremos hacia otro lado o queramos maquillar la realidad. Pero el Hijo del Hombre responde por nosotros a Dios, participa de nuestra carne y sangre “para librar a los que por el temor a la muerte estaban sujetos a esclavitud durante toda la vida” (Hebreos 2,14s).

Jesús sufre con nosotros y por nosotros, “cargó con nuestras heridas y dolores”. Una vez más su via-crucis se une al nuestro y lo hace suyo porque no es ajeno a nuestro dolor. Responde así divinamente al individualismo radical en el que está cimentada nuestra sociedad —que la misma pandemia pone en entredicho—, y nos llama a una auténtica libertad humana que tiene que ir siempre unida a la responsabilidad, arrumbando la liberación relativista que sostiene tantos egoísmos y justifica cualquier desorden. Nadie puede vivir solo para si mismo, ajeno a los demás. Nunca hay actos individuales que no tengan consecuencias sociales. La solidaridad —que afortunadamente brota ahora tan espontánea y generosa—, nos hace ver que somos capaces de lo mejor, lo que nos puede sostener para resistir, lo que nos hará de nuevo crecer. ¿Aprenderemos que la epidemia desafía al mundo para que modele la cultura con este espíritu humanitario? El vínculo social se ha puesto a prueba. De estar interconectados a la deseada solidaridad hay un buen trecho, y se demanda más responsabilidad, un “plus” de solidaridad entre nosotros y a nivel mundial para afrontar los retos y socorrer a los más débiles.

Jesús reina como Rey porque vive en la verdad. “Y ¿Qué es la verdad?”—le pregunta el acusador Pilatos con nuestros contemporáneos—. Nos cuesta mirar de frente la verdad, pues hay que liberarse de los engaños del corazón y tener un corazón puro, una mirada limpia, que es consecuencia de  un camino de purificación interior. Nuestro peor enemigo está, sin embargo, escondido dentro de nosotros mismos. Necesitamos convertirnos al Señor después de reconocer la influencia del mal que hay en nosotros, para dejarnos conducir con docilidad por el Espíritu Santo. Es el camino de maduración que abrió finalmente los ojos a los discípulos de Emaús, a costa de renuncia y sinceridad, para recuperar la dimensión espiritual, que nos lleva a la oración y la caridad. No es fácil mirar de frente la verdad, despreocupados de nuestra imagen, y superar el materialismo excluyente, y reconocer al hombre como espíritu encarnado que ha de dejar en su vida el necesario espacio a Dios.

La Semana Santa descubre nuestra la sed de bien y la misericordia de Dios. El nos sostiene, nos abre un camino de liberación que dura toda la vida y nos prepara al encuentro definitivo con el Señor. Gracias a la ofrenda de su vida que abrazó nuestra carne dio valor a nuestro cuerpo llamado a resucitar. “Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”, dice San Juan. Ningún desastre puede apagar la luz de Dios. Nuestro estremecimiento llega siempre hasta el cielo y conmueve a Dios, pero no lo derriba. Al contrario, desde allí nos sostiene con un amor eterno que nunca pasará, que nos acompaña y espera siempre. A través de las pruebas y las purificaciones de la vida, nos permite seguirle con la inmensa alegría y la paz verdadera que nos regala el Resucitado. Y nos hace sus testigos. “Grábame como sello en tu corazón, porque es fuerte el amor como la muerte”. Dios hace su obra en nosotros, nos sostiene y consuela.

La resurrección de Jesús abre en la historia un proceso dinámico de salvación que nos llega por la fe, nos saca de la tristeza y de la nostalgia del pasado y nos abre las puertas del futuro. Venció la muerte y nos dio su gloria, en la que podemos habitar desde ahora gozando de su perdón y su paz. Ahora, a su lado, “nosotros anunciamos un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos” (1 Cor 1,23) —como para los sabios de la modernidad y sus fracasadas utopías—, pues sostiene la esperanza y sigue dando vida. La historia no está sometida a la fatalidad del mal ni a la desesperación, sino abierta a una nueva creación. Con Cristo triunfamos nosotros, pobres mendigos, si la crisis se convierte en oportunidad, la fe se hace vida nuevamente confesada y vivimos la caridad.

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