MI HOMILÍA DE DOMINGO DE RAMOS. Este domingo es la puerta de la Semana Santa. Cristo, el Señor, entra en Jerusalén para consumar su Misterio Pascual. La pasión, crucifixión y muerte de Jesús son el momento de la máxima manifestación de Dios en la vida de Jesús. Pero es también la hora del escándalo. ¿Cómo es posible que Dios hable así? Sin embargo, dice San Pablo, “nosotros predicamos a Cristo crucificado” (1Cor 1,22ss).

Ha llegado por fin su hora, anunciada varias veces antes a sus apóstoles, disgustados por ello. Pero el fuego inextinguible de su amor por nosotros se transforma ahora en sufrimiento. No hay amor sin dolor. Jesús había recordado a unos peregrinos en Jerusalén que querían conocerle que “si el grano de trigo no muere no da fruto” (Jn 12,23). ¡Más nos vale que nos abracemos a su cruz si queremos participar con el de su vida!

En este momento, manifestando nuestra fe, le hemos acogido en nuestra vida como los niños hebreos cuando entraba en Jerusalén: “¡Salve, Rey nuestro, Hijo de David, Redentor del mundo!” A quien los profetas anunciaron como el Salvador que había de venir. “¡Hosanna al Hijo de David!”  Como vemos, fue recibido allí con vítores fugaces que anunciaban tímidamente su triunfo final, pero que enmudecieron enseguida ante la traición y el dolor que se presagiaba.

Nosotros ahora, al escuchar la narración de la Pasión, podemos identificarnos fácilmente con muchos de los personajes. Dado que estamos reflejados en ellos no podemos permanecer indiferentes. Fijémonos en los apóstoles, en Caifás, el sanedrín, Pilato, Barrabás, los soldados, el Cireneo, los escribas y ancianos, José de Arimatea y las santas mujeres, los bandidos crucificados con el… Allí se inicia un desfile humano que se prolonga hasta el día, pues todos pasamos ante el crucificado y nadie se sustrae de su mirada. A cada uno le retrata su respuesta al amor que da la vida para salvarle.

Fijémonos en los apóstoles que le rodeaban y le dejan, aunque no andan muy lejos. Entre ellos adquiere un desdichado protagonismo Judas, el traidor, víctima de su propia soberbia y avaricia, que atenta contra Dios y le entrega con un beso perverso. Sin embargo Pedro, también infiel, abre el camino a los pecadores que llorando amargamente su culpa, lavan su pecado con lágrimas de arrepentimiento y recuperan la amistad de su Señor. No debemos olvidar que siempre nuestra vida se juega ante Cristo en estas lágrimas que abren la puerta de la misericordia.

Pero, por encima de todo, resplandece la entrega voluntaria, decidida y total de Jesús: “Aquí estoy, oh, Dios, para hacer tu voluntad”» (Heb 10). Es la mayor declaración del amor de Jesús al Padre y a nosotros, un amor verdadero purificado de si mismo, motor de entrega y servicio, revelación de la vía maestra para cualquier desarrollo verdaderamente humano, personal o social. Jesucristo se rebajó hasta la muerte, y una muerte de cruz, pero Dios lo exaltó como primogénito de la humanidad (cf. Flp 2, 6ss). La cruz revela la plenitud del amor de Dios, el poder incontenible de la misericordia del Padre celeste que para conquistar el amor de su criatura acepta entregar a su propio Hijo Unigénito. La muerte, que entró por Adán en el mundo, digno de su impotencia y soledad, es transformada en el supremo acto de amor y de libertad por el nuevo Adán, Cristo.

Dice San Agustín: “Él hizo, pues, con nosotros este admirable intercambio: tomó de nuestra naturaleza la condición mortal, y nos dio de la suya la posibilidad de vivir. Por tanto, no solo no debemos avergonzarnos de la muerte de nuestro Dios y Señor, sino que hemos de confiar en ella con todas nuestras fuerzas y gloriarnos en ella por encima de todo: pues al tomar de nosotros la muerte, que en nosotros encontró, nos prometió, con toda su fidelidad, que nos daría en sí mismo la vida que nosotros no podemos llegar a poseer por nosotros mismos”.

Hermanos: ¡Gloriémonos también nosotros en la cruz de nuestro Señor Jesucristo! “¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo!”, dice San Pablo. En su corazón traspasado encontraremos la respuesta a tantos interrogantes, el consuelo de tantos dolores, la capacidad de servir hasta dar la vida. 

Señor: Tu que dijiste “cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí”, escúchanos ahora y bendícenos. Nos acercamos a ti, Señor y te imploramos: Tu cruz adoramos y te bendecimos, porque con tu cruz has redimido el mundo. Tu cruz adoramos y veneramos tu pasión gloriosa: ten piedad de nosotros, tú que has muerto por nosotros.  Escucha a tu Iglesia que se une a ti. Renueva nuestra fe y caridad para anunciar a todos los hombres el amor y la salvación que viene de tu Cruz. Concede a cuantos hoy sufren la enfermedad y la muerte a causa de la epidemia que tanto nos aflige y contemplan tu Pasión encontrar consuelo abriendo el corazón a tu gracia y misericordia.

Queridos hermanos: Hagamos nuestros los sentimientos de Cristo meditando su Pasión y demos gracias a Dios porque siendo inocente se entregó a la muerte como un criminal para destruir nuestros pecados, hacernos hijos de Dios y llevarnos al cielo.

Amén.

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