La Cruz de Cristo nos abre siempre un horizonte lleno de esperanza, pues nos habla de una eficacia que no viene de nuestras obras, sino de la fuerza redentora de la muerte y resurrección del Señor. La Cruz de Cristo es el sacrificio vivido con amor, que nos hace tomar nuestros trabajos diarios desde una dimensión más profunda: vividos desde el amor a Dios, como Jesús al Padre, todo se puede convertir en fuente de redención y de esperanza. Las asperezas de la vida han sido aliviadas por la esperanza. Contemplemos al Señor Crucificado y adorémosle.

Cuando lo hacemos, no hacemos un teatro. Con la fe hacemos un acto de aceptación de un misterio de amor que nos envuelve y nos transforma:

Mirando la Cruz de Cristo somos curados de tantos egoísmos que nos encierran en nosotros mismos y nos alejan de Dios y de los demás. Mirando la Cruz de Cristo, somos elevados a otro nivel en el que aprendemos a dar la vida, como hizo Él. Mirando la Cruz de Cristo nos sentimos movidos a compartir el sufrimiento solidariamente con quienes tienen más necesidad que nosotros. Mirando la Cruz de Cristo contemplamos este mundo dolorido con otros ojos, con ojos de misericordia sanadora. Jesús nos enseña que la vida es don de uno mismo. Es tanto el dolor, la incertidumbre, el sufrimiento de tantos, que ni siquiera somos capaces de ser solidarios. Fácilmmente nos enroscamos en nuestra impotencia, indiferencia y egoísmo: ¡No te cierres a tu propia carne! (Cf. Is 58, 7) ¡No te desentiendas! Necesitamos la Cruz de Cristo que convierte el sufrimiento propio en esperanza y el sufrimiento ajeno en ocasión de solidaridad fraterna

Cuando levantéis en alto al Hijo del Hombre, sabréis que Yo soy” (Jn 8, 28). En este diálogo con los Fariseos, Jesús se nos releva en su naturaleza divina, evocando el nombre de Dios, “Yo Soy” (Cf. Ex 3, 14). Pero el poder de Dios en su máxima “eficacia” se manifiesta precisamente en la Cruz: “cuando levantéis en alto al Hijo del Hombre“. Jesús levantado en el Gólgota, en su humanidad sufre para redimirnos con todo el poder de la divinidad. Sólo la Cruz nos redime y nos salva del pecado y de la muerte. Dentro de cada acontecimiento, de cada vivencia humana, mirando la Cruz de Cristo y creyendo en Él, somos introducidos en el gozo de la vida eterna. Podemos vivir desde y con el amor de Dios, el mismo que derrama en su Cruz, toda circunstancia, incluso las más difíciles, y darnos fortalecidos a los que nos rodean. Mirando la Cruz del Señor, quedaremos sanados para amar, como aquellos israelitas que, presos del pecado y de la muerte, miraron el estandarte de la serpiente en el desierto (Cf. Nm 21 4,9). Porque Dios, “al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios” (2 Cor 5, 21).

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